Así eran las tristes orgías de Hugh Hefner

El gran éxito que tuvo la revista Playboy hasta hace poco tiempo obedeció al carácter que transmitía su fundador, Hugh Hefner.

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El estilo de vida que encarnaba era el de un hombre sofisticado, siempre rodeado de mujeres bellas, conocedor de los mejores licores y tabacos, viajero internacional y amante de la buena música.

Desde el primer ejemplar, en 1953, se registraban cada semana las actividades de su creador. El lugar donde se desarrollaba ese mundo hedonista era la Mansión Playboy, situada en Los Ángeles.

Allí confluían las personalidades más famosas de Hollywood, millonarios, políticos y, sobre todo, mujeres sumamente guapas.

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Lo bueno

Hugh Hefner los recibía la mayoría de las veces en una finísima pijama sobre la cual vestía una bata corta de seda roja, y con su infaltable pipa en la boca. Proyectaba la imagen de un James Bond recién levantado.

Los lectores de Playboy, probablemente casados y con vidas rutinarias, seguían con envidia, semana a semana, el itinerario de este sultán del placer.

Eso requería convencer a la audiencia de que el matrimonio y la monogamia eran conceptos anacrónicos y que la libertad sexual ofrecía opciones de vida más abiertas y glamurosas.

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La prueba de que eso era posible era el propio Hugh Hefner, que alojaba a sus parejas de turno y pocas veces era una sola mujer; lo normal eran tres, cinco o hasta siete.

Lo sorprendente de ese arreglo es que todas tenían que acostarse con él simultáneamente, lo cual se le dejaba saber al público.

Dos veces a la semana, Hefner y sus compañeras iban a bailar a una discoteca hasta al amanecer y, de regreso a casa, participaban con él en una orgía.

Las novias del magnate aceptaban esas prácticas como contraprestación por el privilegio de vivir gratis en la mansión, recibir cada una 1000 dólares semanales para sus gastos y hacerse cualquier cirugía plástica que quisieran por cuenta de la empresa.

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Ellas eran, por lo general, conejitas que habían aparecido desnudas en las páginas de la revista y que se sentían honradas de ser invitadas a formar parte de ese mundo legendario.

Lo malo

Recientemente ha quedado claro que ese paraíso erótico no era tan ideal como parecía. Algunas de las mujeres que ya no viven ahí han publicado libros y artículos sobre el infierno que tuvieron que pasar.

Por primera vez se revelaron los detalles de cómo funcionaba la mecánica sexual de un hombre de 70 u 80 años que tenía que torear, él solo, a media docena de mujeres que no pasaban de los 25.

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Kendra Wikinson, una de las protagonistas del programa, contó su experiencia en los siguientes términos:

“Yo tenía apenas 19 años y como allá todo parecía normal, me sometí a las reglas del juego. Al fin y al cabo vivir con uno de los hombres más famosos del mundo, en una casa de ensueño, y recibir 4000 dólares al mes era mejor que ser mesera.

A &#39Hef’ le gustaba la pornografía y el lesbianismo, por lo tanto había dos pantallas de televisión enormes que pasaban películas sexuales. A nosotras nos tocaba imitar lo que aparecía en pantalla aunque no fuéramos lesbianas.

Primero, éramos siete chicas desnudas. Dada su edad, el Viagra no era suficiente y teníamos que excitarlo oralmente. Luego todas teníamos que pasar por turnos a la acción.

Una por una, teníamos que estar no más de dos minutos encima o debajo de él, antes de cederle el turno a la siguiente. Era como meter y sacar una tarjeta de crédito: cero sensación, cero placer”.

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Ahora

Sin embargo, Hefner, quien acaba de cumplir 90, pasó de las orgías al matrimonio con una de sus conejitas, Crystal Harris Hefner. Ella tiene 30 años y en la mansión no hay actores de cine, ni millonarios, ni mujeres topless, sino dos enfermeras y un tanque de oxígeno.

El magnate acaba de poner su casa en venta por 200 millones de dólares, con una sola condición: que el comprador permita que él siga viviendo allá hasta su muerte. Para el vendedor no es un mal negocio si se piensa que la compró en 1971 por un millón de dólares.