La migración y la muerte son sonoras en El Silencio del Viento

La muerte. La migración. Desarrollar estos temas en el cine puede ser complicado, tiquismiqui, clichoso.

O no.

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Álvaro Aponte presenta su opera prima en largometraje. (suministrada)

O quizás a la hora de hacerlo es mejor evocar a Tego y dejar que estos temas – la muerte y la migración – fluyan como un boogieen los marullos… sin prisa pero sin pausa.

Así que, cuando el director y guionista Álvaro Aponte decidió vestir de muerte y de migración a Rafito, el personaje principal de El Silencio del Viento, lo hizo con la misma calma que lleva el diálogo del film. En baja. Cómo un tatuaje, que desde que lo impregnan se queda para siempre.

Después de todo, la historia de “Rafito”, que interpreta magistralmente Israel Lugo, puede ser la historia de cualquier chamaco de la costa norte de Puerto Rico. Sí, porque por allí, por Aguadilla, por Vega Baja, hasta por Loíza, llegan yolas llenas de sueños que, algunas veces, se vuelven pesadillas.

“Yo me mudé pa’ Aguadilla un mes antes de empezar a filmar. Y te digo, yo soy de Cabo Rojo. Pero el que vive en Puerto Rico sabe las múltiples diferencias que pueden haber de un pueblo a otro”, subrayó Israel luego de una presentación a la prensa y amistades hace unas semanas.

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Y es que El Silencio del Viento, aunque nunca se dice en la trama, es una película universal pero bastante aguadillana. Es la ópera prima en el formato de largometraje de Álvaro, quien viene hace rato matando la liga con cortometrajes como Luz (2010), Mi Santa Mirada (2012) y Yahaira (2015). Álvaro es de Aguadilla, así que no pare mucho más: sus propias historias y el flow de lo que allí se vive iban a quedar plasmados, aunque fuese sin querer queriendo. Claro, que aunque en esta película hay muchas cosas que salen de forma natural, hay otras que estuvieron bajo estudio durante algún tiempo. Porque, al fin y al cabo, El Silencio del Viento es una película que trata sobre la muerte y la migración, la carencia de vida y el derrumbe de las fronteras. Y el final… el final es una de las escenas más duras que hemos visto en el cine puertorriqueño.

“La primera imagen que me llegó a la cabeza fue la última escena”, dice sin tapujos Álvaro sobre esta coproducción con Francia, República Dominicana y Qatar que se filmó mayormente en Puerto Rico.

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La actuación de Amanda Lugo, en el rol de Wally, es uno de los puntos más brillantes del film. (suministrada)

“Y de ahí di un salto al principio y empecé a construir de forma cronológica. La imagen mas ponderosa era ese final, pues ahí es que viene el reto de trabajar con las fronteras mientras recogemos todo lo que se ha visto a través de la película. De nuevo, aquí vemos muchas cosas que salen de como nuestros gobiernos son cómplices de las olas migratorias, de otras problemáticas que ocasionan la muerte. Creo que es necesario fomentar el derrumbe de las fronteras”, explicó Álvaro, recordando que “cuando estaba escribiendo la película escuchaba mucho El Requiem de Mozart y El Requiem de Bach”, dos piezas magnánimas de música clásica escritas bajo la premisa de la muerte.

Nada, que estamos ante una película muy poderosa, con muchas herramientas para tocarte con limón. Israel hace un gran trabajo en el papel principal, pero eso no hubiese sido posible sin que la joven Amanda Lugo hubiese hecho lo propio en el personaje de “Wally”, hija de “Rafito”. O sin que Elia Enid Cadilla, en el rol de “Tata”, fuese una madre puertorriqueña. O sin que Kairiana Núñez Santaliz, como “Carmen”… bueno, mejor vaya al cine. El Silencio del Viento ha ganado cuatro premios internacionales: los Le Grand Prix Coup de Coeur (mención) y Le Rail Dóc-Prix des Cheminots en el Festival de Cine de Toulouse, Francia; el Astor, que es un premio especial del Jurado a la actriz Kairiana Núñez Santaliz, y una Mención Especial de la Asociación de Cronistas Cinematográficos de Argentina, ambos durante el festival Internacional de Cine de Mar del Plata-Argentina 2017.