Un aeropuerto, un gran amor y un adiós que no pude decir

Llegó el momento que hace meses atormentaba mi cabeza.

Mientras caminaba a su destino, ponía mi mejor cara como el más fuerte espartano que va directo al matadero. Mi esposa solo se limitó a tomarme la mano, pues aunque comprendía que yo estaba haciendo el mejor de los esfuerzos, también sabía que era inminente que yo me derrumbara.

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En ese frío monumento a las despedidas, donde se han dicho los “te amo” más sinceros, sería el lugar donde tendría que dejar ir a mi hija para que se mude con su mamá al norte. Me fijaba en el que iba y venía, y no dejaba de pensar que uno puede notar quien es un simple viajero y quien se marcha pa’ buscar un futuro mejor, porque esos se van con la maleta 'á’, pero el corazón hecho pedazos. A esos que se unen en la diáspora se les puede percibir que harían lo imposible por quedarse, pero ellos saben que aquí no hay oportunidad para todo el mundo.

En el protocolo de verificar maletas, no dejaba de mirar a mi niña, porque todo papá sabe que cada segundo es eterno si miramos el hermoso rostro de nuestros hijos. No dejaba de recordar la primera vez que la vi en aquella vitrina miniatura y me enamoré a primera vista, la primera vez que me vomitó el hombro decorando con leche la camisa de aquel trabajo que tanto odiaba, y aquella ocasión donde el baby food de sweet peas provocó el Festival de la Mierda en las butacas de mi carro.

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Habían muchos nervios… más míos que de ella… incluso, más míos que los que tenía su fotogénica e inquieta perrita. En su mochila no solo estaban sus juguetes y su libreta de dibujo, sino sus sueños y las ansias de un mundo nuevo por conocer. No hay nada más duro que ver a tu hija mudarse a otro destino, llena de felicidad e ilusiones, y uno saber que “allá estará mejor”, aunque eso le cueste una herida mortal a mi corazón. “Donde voy a vivir hay piscina”, me comentó lucía, y yo con celos daba una sonrisa pasmá, porque yo sé que no puedo competir con eso ni aunque me mude pa’ la falda de Gozalandia.

Nuestros “sábados de Monopolio” y “domingos de playa” habían terminado, ahora solo le pedía a Dios que ella no se olvidara de esos momentos. Para no provocar que mis lágrimas llegaran antes de lo acordado con mi corazón, corté el momento diciéndole que no olvidara ver “El Principito” en Netflix. Ella afirmó, aunque sé que “Violetta” tendrá prioridad ante el más dulce de los cuentos.

Y llegó la peor parte: la del “último” abrazo. Solo bastó alejarme un poco para quebrarme… y desde ese momento no soy el mismo. Me limité a decirle “te amo” muchas veces, porque otras palabras eran imposibles que salieran de mi boca. Una vez leí que las madres olvidan la última vez que llevaron a su hijo al hombro, y lo pusieron en el piso para nunca más volverlo a cargar; pero yo no olvidaré la única vez que no pude decirle “adiós” a mi hija, porque no estaba seguro cuando la volvería a ver.

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La dejé con su abuela, y me fui con un nuevo dolor. No había nada que me calmara, porque la vida no te prepara pa’ despedirte de tu cría y verla crecer lejos de tus brazos. No solo se me fue una hija… se fue la mujer que estuvo conmigo en mis peores momentos, la mujer que hizo que yo me convirtiera en un hombre medianamente decente, mi eterna compañera de road trip, y como dije antes, la única que podía ajustar el par de tornillos que tengos sueltos en mi cabeza.

No puedo creer que hayan papás que se olviden de su prole, y se escuden con la excusa de que “algún día el chamaquito va a entender el porqué de todo”. A veces queremos tener una charla con nuestros hijos, y pensamos que dentro de un tiempo sería mejor, sin saber que esa charla el destino no la asegura. Muchas veces damos la vida por sentado, creemos que ese mañana va a llegar, sin saber que cada suspiro cuenta, y que cada beso que le damos a nuestros hijos puede ser el último. La vida no te garantiza un nuevo día, y por eso hay que aprovechar cada minuto, cada beso y cada “te quiero”.

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Me guardé las lágrimas pa’ después, y escondí mi dolor y enojo en el cajón con las trizas del hombre que una vez fui. Llegué a casa y veo en la televisión muchos políticos y analistas hablando del exilio, de lo que se debe hacer y el bla, bla, bla del “intelectualismo” vacío… lo curioso es que esa misma gente tiene la torta pa’ faltar al trabajo y coger avión cuando les dé la gana si es que uno de los suyos se va, porque todos sabemos que la diáspora no pega igual de duro en todas las clases sociales.

Desde mi esquina, cuando un avión despega la familia se rompe y siempre queda alguien más dañado. Viviendo del cheque a cheque no te da pa’ montarte en la nave y abrazar a tu gente cada vez que los extrañas, así que tu necesidad de ellos la tienes que llenar de frente a una pantalla, deseando con todas tus fuerzas estar a su lado.

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Nos vamos quedando sin hijos, sin familia y sin amigos, entonces nos volvemos a la reflexión pesimista de “para qué echar pa’ lante a la isla”, si ya los tuyos no estarán más aquí, y las probabilidades de que vuelvan son ínfimas. Cuando voy a mi pueblo ya no queda nadie conocido, solo el recuerdo de lo que una vez fue y ya no volverá. En mi caso, se han ido casi todos mis primos, tías, mi hermana, mi mejor amigo y ahora mi chiquita… y pronto se irán los de otra gente.

¿Pa’ qué seguir luchando si lo más sagrado, la familia, ya no está? Y los políticos y analistas pueden decir un discurso populista amarrado al “sentimiento patrio” pa’ empujar su agenda y sus propios intereses, pero es que sin familia no hay Patria. El hogar es donde la gente que uno ama está… y todos se están yendo.

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Prendo la radio y “los genios” hablan de lo que se debe hacer para frenar la ola de gente buscando cumplir sus metas en los Estados Unidos, pero hace mucho tiempo atrás nadie pensó que la pésima administración, la corrupción y el nepotismo iban a joder una generación, y somos nosotros quienes estamos pagando el precio.

Desempleo, empleos con poca paga, falta de oportunidades (si eres pobre o clase media, porque pa’ cierto grupito sí hay break) y una politiquería sembrá en cada lugar del país que no le da mucha esperanza pa’ los que se quedan. Y aún así, tienen el descaro de ofrecer cosas con mentiras porque todavía piensan que nos creemos que con el mañana todo será mejor… ujum, así porque sí. Pero qué va a saber de dolor cierto grupo, si algunos ni la crisis han sentido.

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En un año electoral de promesas y cuentos, lo único que me queda pensar es quién será el siguiente en marcharse, y si soy el próximo al que le toque el turno. Por ahora, al igual que el zorro de El Principito, solo me queda resignarme a esperar con ansias a quien me domesticó. Si la ven, díganle que desde hace siete días estoy mirando las estrellas esperando el momento en que ella vuelva a mis brazos.