Turista imprudente le tiró trago a boricua en silla de rueda por pedir que use mascarilla (video)

"Lo más indignante de todo esto es la inacción de la policía ante los desastres que hacen los turistas en Puerto Rico. El agente se atreve a insinuar que “quizá tú le agarraste o algo así y esa gente son así…bien agresivos. Esos “morenos” [porque negros les parece ser una palabra ofensiva] vienen de allá…de unos ambientes bien feos y vienen y hacen lo mismo acá”. Su comentario me dejó en una pieza..."

Un video en el que se aprecia a una turista lanzándole un trago en  la cara a una puertorriqueña en silla de ruedas que le reclamaba que usase mascarilla para entrar al complejo de vivienda donde ubica su alojamiento de AirBnB ha causado gran conmoción en las redes sociales.

turista

 

 

Y si las imágenes son indignantes, peor es la narración que la joven atacada hace de lo sucedido. En un documento titulado 'Puertorriqueños vecinos de turistas en Airbnb’s', que es compartido a tutiplén en las redes sociales, Cristina M. Carrasquillo, directora de desarrollo del Colectivo Ilé, quien vive en uno de los condominios que ubican en la zona turística de Condado.

A continuación el texto íntegro:

"Siento el frío de pedazos de hielo dándome duro en la frente. El líquido bajando por mi pecho apesta a alcohol y mi vista está nublada. ¡Me tiró su trago en la cara! Empapada de alcohol y desorientada, me quito los espejuelos sin poder reaccionar; me quedo inmóvil. Ella entra a mi edificio y sube en el elevador, mientras yo sigo afuera. Son turistas quedándose en uno de los tantos Airbnb’s en mi condominio.

"En la tarde del viernes 29 de enero, bajo al lobby del condominio dónde vivo, a recoger la comida que ordené para cenar. Salgo del elevador en dirección a la puerta de cristal que da entrada al condominio. Me percato que hay tres mujeres recostadas de la puerta que tengo que abrir. Abro la puerta con mi silla de rueda, usándola para que aguante la puerta. Las mujeres se quedaron cerca de mí sin llevar mascarilla puesta. Así que les pido que por favor se pongan la mascarilla. Como se rehusan a ponérsela, les pido que mantengan seis pies de distancia de mi. No lo hacen. Los gritos comienzan. La mujer a mi izquierda, me grita, escupiéndome al hablar: “Speak English”! Me siento impotente y con miedo mientras espero por mi pedido y sigo aguantando la puerta con la silla de ruedas para que no se cierre.

Veo de lejos al muchacho con mi comida que no parece atreverse a acercarse a entregármela. Muevo la silla de ruedas, soltando la puerta para llegar a él; quiero agarrar la comida y subir rápido a casa. Agarro la bolsa, me volteo rápido para ver si logro llegar antes de que se cierre la puerta, que es pesada y no la puedo abrir sola. Entonces, observo que las tres mujeres y el hombre que anda con ellas están entrando, con su propia llave a mi edificio. Sí, las mismas que se resisten a usar mascarilla en la calle, entran a mi edificio, donde vive mi ¡madre!, donde hemos pasado un año entero encerradas para no exponernos, donde el “reglamento” es inexistente para cumplir con la orden ejecutiva que obliga a utilizar mascarillas en áreas comunes en todo momento. Cuando me voy acercando, le digo a la que está abriendo la puerta (quien a la misma vez está aguantando un trago de alcohol en su mano), que estoy detrás de ella, que por favor aguante la puerta para yo poder entrar. Se voltea, me ve y me grita algo que no logro entender. Acto seguido, siento su bebida a toda velocidad restrellarse en mi cara.

Alguien llama a la policía, que, a su vez, prefiere evadir los incidentes con los turistas en Puerto Rico. Llegaron y tomaron mi querella, pero me dicen que no pueden hacer nada al respecto porque son turistas y “fiscalía lo ignoraría porque son turistas”, pues los turistas aquí son los que mandan. Le digo al agente que el edificio es pequeño y de seguro me toparé con ella en algún momento. Le explico lo obvio: que no me siento segura hasta que se identifique en qué apartamento del edificio están y las saquen. Los agentes se me quedaban mirando como si no se les ocurriese nada que hacer. Les insisto que toquen en las puertas, pero como no tienen orden de un juez, no los pueden obligar a salir, me dicen. Entonces dónde queda mi seguridad. La seguridad de todos los que vivimos aquí.

Esto no es un incidente aislado. Gracias a los Airbnb’s, el condominio donde vive mi mamá (donde me he estado quedando durante la pandemia para acompañarla), se ha convertido en un motel de mala muerte, expuestos al COVID -19 por quienes precisamente traen el virus a la isla—los turistas, en su mayoría estadounidenses que no siguen el protocolo de usar la mascarilla. Este edificio tiene cámaras de “seguridad” que nadie mira hasta que ocurre el incidente, como me pasó a mí. Más de la mitad de los apartamentos son Airbnbs, y unos cuatro apartamentos son de titulares. Mi mamá y yo hemos estado quedándonos dentro de la casa para no exponernos durante todo el año. Inclusive, yo decidí mudarme con ella para poder ayudarla con gestiones y que ella solo salga para sus citas médicas. Pero ha sido imposible que la orden ejecutiva se cumpla en este edificio. Al salir del apartamento, siempre me encuentro con un huésped de Airbnb sin mascarilla en el elevador, los pasillos (que para colmo son sumamente estrechos), el lobby…por todos lados. Si se les llama la atención, responden con agresividad y actitud retante. Ha sido un año drenante para mí en este edificio en el que no parece haber un reglamento establecido de sana convivencia con reglas estrictas para los huéspedes de los Airbnb’s. El miedo de infectarme o de que mami se infecte me petrifica. Tengo los pulmones comprometidos y mami es mayor de edad, con complicaciones de salud que la hacen sumamente vulnerable.

Lo más indignante de todo esto es la inacción de la policía ante los desastres que hacen los turistas en Puerto Rico. El agente se atreve a insinuar que “quizá tú le agarraste o algo así y esa gente son así…bien agresivos. Esos “morenos” [porque negros les parece ser una palabra ofensiva] vienen de allá…de unos ambientes bien feos y vienen y hacen lo mismo acá”. Su comentario me dejó en una pieza. El agente no sólo estaba insinuando que mis manos paralizadas pudieron haber causado el que ella se enojara y me arrojara el trago en la cara, sino que se le salió lo de racista. “¡En serio!”, le contesto, “agente, ¿usted se escucha? le estoy informando el comportamiento agresivo de una persona, no que la persona es negra o ‘morena’, como le llama usted”. ¡Un agente de “ley y orden” racista, ya sabemos, lo peligroso que es!

Los turistas en este archipiélago se merodean con tal arrogancia como si pudiesen hacer lo que les venga en gana en este país. Si les pides que se pongan su mascarilla o mantengan seis pies de distancia, se ponen agresivos; inclusive, gritan que no creen en el COVID. Y pues, cómo no actuar de está forma, si se ve a leguas que las autoridades en este país no hacen nada por mantener un orden mínimo, en especial ahora que estamos en medio de tratar de controlar una pandemia. Le permiten todo por ser turistas. ¿Será que estamos tan colonizados, por ende, tan sumisos ante la presencia de los gringos y el dinero que traen con su turismo? Si un boricua le tira en la cara un trago a alguien en EE.UU., estaría en la cárcel en un abrir y cerrar de ojos. La fealdad del “americano”, se siente a flor de piel en el ambiente del turismo en Puerto Rico y muchos boricuas se la tragan con gusto".

¡Indignante!. ¿Hará algo al respecto el Departamento de Justicia con esa querella? ¿Miguel Romero? ¿Pedro Pierluisi?

Mira el video, directo de las cámaras de seguridad del edificio:

 

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