Te vencimos, María


Era la tarde gris del martes 19 de septiembre. Había mucha ansiedad y lo único que rompía el inusual silencio de Cupey eran los marronazos de los vecinos dándole a las tormenteras.

La cita con María era inminente, no sabíamos qué esperar, pero sí entendíamos que no seríamos los mismos después de que ella tocara la isla. Puerto Rico enfrentaba su peor crisis económica y todo indicaba que habíamos tocado fondo, pero como me dijo un pana hace tiempo: “cuando creas que estás jodío, siempre hay una nueva forma de caer más abajo”… y tenía razón.

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Esa noche los vientos comenzaron a sentirse, y luego del último buche de cerveza fría que me di (y que me daría por buen tiempo), me acosté por unas horas pa’ estar listo pa’ la pelea…¿pero quién podía dormir tranquilo cuando el temporal ya te está respirando en la nuca?

“Al menos yo estoy en un piso bajito en este condominio”, me repetí pa’ ponerme una enema de paz mental, una movida típica de esa generación que se crió con “el casi ganador” del Tío Nobel. A las 6:00 a.m. del miércoles las puertas de cristal comenzaron a temblar, María había llegado y no vino con ánimos de simplemente darnos un susto, sino que andaba con la misma actitud del Invader cuando se topó con Bruiser Brody en aquel camerino. Tres, dos, uno… el apocalípsis María se había desatado.

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Solo bastó unos minutos para que cogiera la pesada puerta del balcón (fue tan impresionante como ver a Toni Costa levantando a Adamari López) y la hiciera añicos frente a mis ojos. El viento se apoderó de la sala y parecíamos cucarachas tratando de hacerle frente a un vacuum cleaner. No tuve otra reacción que coger un matress para cubrir el espacio que antes era de la puerta, lo agarré con todas mis fuerzas, y mi esposa agarró más fuerte que yo.

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(AP Photo/Gerald Herbert)

Así estuvimos por horas, aferrados a aquel matress con la misma destreza que el ejército espartano aguantaba el escudo durante la guerra. “Tonight we dine in hell!”, grité para recordar que ese sería el primer día de muchos que comeríamos galletas Ritz y salchichas Carmela. El huracán escupía unas ráfagas que hacían un sonido más aterrador que los susurros de Satanás a las dos de la mañana. Los vientos nos daban golpes, pero nuestro espíritu seguía de pie. El tubo de lo que fue una cortina de lona hacía de la verja un timbal, y aquel ruido anunciaba que había un proyectil a los servicios de una encabroná María. Estábamos cansados, tristes, y asustados, pero solo teníamos una opción: resistir.

“Esto se acaba ya mismo”, decía yo con el mismo positivismo de José Nogueras a la misma vez que observada los carros del frente bailar con las manecillas del reloj. Y cuando creíamos que el implacable viento había terminado su &#39performing’, comenzó a enviar más ráfagas desde el lado contrario… y ahí nos cogió un par de horas más viendo todo irse al carajo. Nosotros fuimos de los que corrieron con buena suerte en esa burbuja de la capital, no podía ni imaginar cómo estaban pasándola en el campo con el festival de planchas de zinc volando y las gallinas dando su última trilla.

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Miércoles en la tarde la parte más brava de María ya había pasado por nuestra área, y con el alma aún aturdida por los cantazos, salimos a ver el desastre en el vecindario. Ni una hoja quedó de pie, los árboles cerraron el paso (algunos cayeron sobre carros), los boquetes en los apartamentos eran la norma, y había una alfombra hecha con los pedazos de los cristales que explotaron. Lo único que seguía igualito eran los changos jodiendo.

¿Qué diantre pasó aquí? Esto no fue un huracán, esto fue una bomba que Gaia nos tiró sin pena. El escenario era tan tétrico que ni ISIS quiso tomar responsabilidad. Hasta Georges ahora parecía una tormenta platanera. De este lugar tan bonito solo quedaría el recuerdo, y a pesar de que todo estaba en el piso, todavía nos teníamos a nosotros. Cuando veíamos a alguien, la pregunta obligada era si estaba bien e intentábamos dar nuestra mejor sonrisa aunque estuviésemos rotos por dentro. Ese día la vida nos sacudió tan fuerte que todavía estamos mareados. Sin comunicación, sin saber si nuestros padres estaban bien, y esperando escuchar alguna noticia en Wapa Radio, nos sentimos más aislados que nunca en esta isla que una vez pensó que -a diferencia de sus hermanas caribeñas- estaba bendecida por Dios. Nos tocaba en este momento vivir la desgracia, no mirarla a través de una pantalla y creernos que éramos los nenes lindos de las divinidades.

 

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Jueves en la mañana despertamos con el sonido de la sierra y los machetazos picando los palos que obstruían el camino, así que nos pusimos los tenis y nos tiramos a hacer nuestra parte. Tantos siglos en la lucha, y con la bravura del que no quiere cargar con el mote de vencido, todavía no hay nada que derrumbe nuestro corazón cuando las cosas están más jodías. No nos quedamos esperando la ayuda, salimos nosotros mismos a meter caña. Aquí nadie dio instrucciones desde la comodidad de una butaca, aquí todos ejecutamos, coño.

“Mera, cuida’o ahí”, nos decíamos para protegernos de las ramas que ahora eran lanzas. Ninguna mano era pequeña, ningún brazo era débil, todos estábamos con el mismo plan en la chola: ayudarnos. “¿De dónde tú eres? Yo soy de Ponce”, decía yo con la majadería de esas criaturas sureñas que creen que esa línea debe ser su carta de presentación. Pasaron las horas, y con el cuerpo cortado por las ramas que cayeron o por algún imprudente cristal, metimos mano hasta que todo quedó “limpio”… o por lo menos se veía un poco mejorcito.

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Cansados, abatidos y con hambre, no nos quedó de otra que hacer un BBQ y celebrar que estábamos vivos. Esa noche, un grupo de extraños que residen en un mismo lugar y que no se hablan por el constante apuro con el que se vive en este lado del país, comimos y bebimos como una sola familia. Hasta el vecino que antes del apocalipsis María nos daba su peor cara, ahora estaba dándose un palo de ron con nosotros; también descubrimos que el vecino no nos daba su peor cara, sino que simplemente era bien feo. Esto no volvería a pasar, en eso estábamos claros, pero en ese preciso momento todos fuimos hermanos. No necesitamos una noche para descubrir que éramos gente porque eso ya lo sabíamos, necesitamos un huracán pa’ demostrar lo que es la cría boricua.

Los días pasaron, y el café ya no era con leche, ahora era negro y escaso, pero suficiente pa’ pompearnos y tirarnos a la calle a seguir metiendo mano. No sabíamos si había trabajo, ni qué íbamos a comer, solo entendíamos que esto iba a ser un día a la vez. El calor castigando en el día, y la noche era tan seca que no nos dormíamos, sino que básicamente nos desmayábamos llenos de sudor en la cama. Ya los palos no bailaban, la abejas se convirtieron en las nuevas inquilinas de la casa (el alado escuadrón del pánico), la paciencia se iba acabando… pero seguíamos respirando. Había una fila para la gasolina, fila para sacar cash, fila para comprar comida, y hasta la maldita fila se convirtió en una línea pa’ quejarnos, pa’ escucharnos, pa’ entendernos y pa’ apoyarnos.

Lloramos… lloramos mucho.

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No pudimos llorar bajo la ducha porque el agua era limitada y la familia apuraba. Muchos estuvimos días sin saber de nuestros familiares, sin escuchar esa voz que nos dijera que estaban bien, y la preocupación se convirtió en desesperación. Un día (ya perdí hasta la cuenta de cuándo fue porque todos los días ya eran iguales) prendo el radio y dicen que un puente donde vive la familia de mi esposa colapsó y estaban incomunicados… y yo ya no pude mirarla con firmeza y decirle que “estaba seguro que ellos estaban bien” porque la impotencia también me había arropado. Desde ese momento las horas se hicieron más lentas, y una mañana bajo el Sol que ahora castiga mi nuevo balcón, y mientras ponía la bandera para recordarnos lo que somos, mi cuñado llegó a San Juan desde Morovis. Al verlo abrazar a su hermana fue uno de esos momentos en que toda la pureza del amor se manifiesta. Su mamá perdió la casa, su tía también, no quedó una mata de plátano de pie… pero se tenían. Lo material viene y va; el amor sigue siendo la zapata de la familia.  

Las semanas pasaron, no ha llegado la luz, ni el agua y ni siquiera tenemos señal, pero hay cerveza tibia pa’ matar las penas, y cada vez que miro a mi mujer le doy gracias a Dios por darme una compañera tan brava. En la oscuridad de la noche me he desesperado, pero también agradezco que sea con ella que he vivido este momento, porque sé que cuando me quede sin fuerzas, ella va a agarrarme… como hizo con el matress. María nos quitó mucho, pero nos dio un nuevo sentido de lo que es la vida. Este huracán nos rompió el País, pero no nos arrancó el amor que tenemos por él.

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No somos un pueblo mongo, somos resilientes; no fue Yokahú el que nos protegió, fuimos nosotros mismos que somos capaces de enfrentar lo que sea, solo necesitábamos demostrarlo. Aguantamos vientos de ciento y pico de millas por hora, y aunque María nos dio con todo, no pudo con nosotros. Quedó claro que somos más que 100×35, porque nuestros hermanos en la diáspora sintieron y padecieron con nosotros, y cuando nos caímos, ellos salieron a rescatarnos con su ayuda. Puerto Rico no se va a levantar, nosotros estamos para’os desde que el huracán nos zumbó sus mejores puños. El verde ya está volviendo, las filas ya están bajando, el infernal tapón ha vuelto y los changos siguen siendo los mismos cabrones de siempre. Ahora lo importante debe ser ayudar a nuestros hermanos en la montaña, esos que se acuestan con hambre y ni un toldo tienen pa’ cubrirse.

Hay que aprender de esto, y aunque nuestra memoria es corta, no podemos olvidarnos de este suceso. Nosotros somos más grandes que las divisiones políticas, que nuestras diferencias y que nuestros temores. Nosotros somos más fuertes que cualquier huracán. María fue nuestra épica, y en esta batalla no nos enfrentamos a otra gente, sino que superamos el poder de la naturaleza y eso nadie no los puede arrancar. Te vencimos, María; quizás nos destrozaste la isla, pero no pudiste con nosotros. Puertorro, ahora te vamos a reconstruir.