Somos la generación que da pena

Por: La Karla Figueroa

Hace unas semanas estuve de viaje y, de regreso a casa, me tocó en la fila que queda al lado de la puerta de emergencia. Siempre he dicho que no soy la persona indicada para estar esos asientos porque si hay una emergencia y la vida de muchos depende de mí, yo les aseguro que todos van a morir porque no reacciono en momentos de pánico.

Me tocó el asiento al lado de la ventana, ese me gusta porque puedo recostar la cabeza para dormir o para pensar en cuánto odio estar sentada en un avión por muchas horas (siento que pierdo horas productivas de vida). En el otro extremo, se acomodó una señora de unos sesenta y pico de años. Exacta de pies a cabeza. Pelo regio, dos o tres cirugías estéticas, uñas acabadas de hacer (en sus dedos que evidencian el comienzo de una artritis), ropa de primera y zapatos coquetos.
 

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“Pensé que esta fila tendría más espacio para las piernas”, dijo. Por su edad, me di cuenta que, en efecto, ella necesitaba más espacio. “Siéntese aquí”, le dije, ya que (como se supone que en una emergencia yo ayudara a todo el mundo) mi asiento no tenía ninguno al frente, por lo que podía estirar las piernas completas. “¿Desde cuándo tú eres tan amable?”, dijo la que andaba conmigo. La miré mal y le dije que yo no era tan mala nah. Me cambié de asiento con la señora.

Ese acto fue suficiente para que la dama se quedara hablando con nosotras. Nos contó que iba a París a encontrarse con su esposo, para luego ir a un viaje de 45 días que hacen anualmente junto a sus amigos. “Siempre vamos a un lugar nuevo”, dijo antes de contarnos que una de las paradas que haría en este viaje sería Dubai. (Ya no nos quedaba duda de que esa señora tenía dos o tres pesos).

Y puede ser porque en esos días yo estaba más enamorá que Byankah Sobá, pero hubo algunas cosas en esa conversación que me hacían querer que ella me adoptara para que siempre fuera mi consejera amorosa (o, a lo mejor, quería que me adoptara por su dinero).
 

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Nos contó que tiene dos hijas. Una, la mayor, vive en Miami y se acaba de casar, la otra vive en Canadá y tiene un jevo hindú que conoció en la universidad.

Según nos contó la colombiana, su hija mayor tuvo un novio por cinco años y pensaba que se iba a casar. Cuando se dejaron, pasó por un mal de amores de película. De esos tan fuertes que ella iba a la iglesia a rezar para que su hija se encontrara con un hombre que le quitara la pendejá. Dentro de esa misma histeria la muchachita se mudó para Miami y su mamá le aconsejaba solo una cosa: “Con quien vayas a salir, tiene que ser latino”. Le pregunté por qué. Me dijo que el hombre latino era romántico, detallista y patriarcal. “Los latinos son calientes, y tú sabes a lo que me refiero”, me dijo. Me pasmé pero, después de haber convivido con un gringo, yo sé de lo que ella estaba hablando.

Y fue ahí que llegó a mi parte favorita (y sé que lo estoy haciendo leer un montón para llegar a esto, pero fluya, coño): “Tú generación a veces me da pena”. Le pregunté por qué decía eso, aunque ya sabía por dónde iba.

Con las piernas estiradas y hablándome como si recordara sus años de juventud, me dijo que le dábamos pena porque siempre estamos conectados a la tecnología. Me dijo que nosotros no sabíamos lo que era una buena carta escrita a mano o una conversación larga, porque todo lo hacíamos por texto. “No saben lo que es ni una buena agarrá de nalga, porque la mayoría del tiempo ni se ven… Se escriben por el WhatsApp ese”, dijo y agregó que somos la generación que no pasa el trabajo de buscar a una persona para darle un beso, porque enviamos caritas que los dan por nosotros.
 

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Después me habló de su otra hija, con la que no está muy feliz porque está enamorada de un indio (ya les dije que ella quiere a sus hijos con latinos) que tiene mucho dinero, “y un joven con mucho dinero no es bueno… Después se acostumbran a tenerlo todo y no trabajan duro”.

Las semanas han pasado y esa conversación no se me sale de la cabeza. Me quedé pensando en que en mi mente acaparada por la tecnología me creo que un nene debe entender que me gusta cuando le envío un emoticón de una pizza y que yo creo que le gusto si él me responde con el de las papas fritas, un muslo de pollo o un flan. Tuve que estar de acuerdo cuando dijo lo de los besos, si desde que tengo celular la mayoría de los que he recibido han sido a través de textos.

Mano, es una mierda aceptar que somos la generación a la que ella mira con pena. Una generación que no toca a la puerta para sorprender con un ramo de flores, porque enviamos un texto que dice “estoy aquí” (y si compramos flores no son las que nos nace comprar, son las que, según Google, representan sensualidad o algo así). Es más, si alguien cercano muere, no compramos el lazo negro, lo ponemos en nuestra foto de perfil en Facebook.

Somos la generación que se comunica mejor de lejos. Que si se sienta a conversar dice solo algunas cosas. Pero cuando llega a su carro envía un texto gigante “porque es más fácil si te lo digo por aquí, en persona no me atrevo”. Somos los que nos hemos olvidado de que decir palabras bajitas al oído es rico… Nos olvidamos porque cambiamos esto por un texto.
 

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Me creo que borro a alguien de mi vida cuando los elimino de Facebook y que si borro una conversación de mi bandeja de mensajes de textos puedo actuar como si nunca hubiese ocurrido. Soy parte de la generación que hace que otros sean famosos basándonos en videos de 15 segundos.

Me duele aceptar que soy parte de la generación que no sabe lo que es guardar una flor dentro de un libro para que perdure para siempre. Si no que le toma una foto a la flor con el mismo iPad en que está leyendo su libro y, un día limpiando el aparato, borra la flor.

Sí, la señora del avión tenía razón… Somos la generación que da pena y que se le está pasando la vida frente a la pantalla de un celular.