Sí al aborto, porque hay que abortar los miedos

Por: Ileana Ayala


En esta guerra campal sobre cuál es la mejor opción para la mujer embarazada al momento de decidir sobre detener un proceso de gestación o continuarlo, nadie ha ganado.

Y es controversial decir que nadie ha salido por la puerta ancha, porque en el “tira y jala” de lo que está bien o no, se encuentran miles de mujeres que dudan sobre su poder decisional. Mientras un sector busca el empoderamiento y la libertad para que sea la propia mujer quien decida sobre su cuerpo, hay otro en contra, utilizando el sentimiento de culpa como método educativo.

La iglesia, la voz con más volumen entre las diversas comunidades, se atreve a promover una reflexión sobre la vida, a la vez que intentan resolverse entre miles y miles de casos de abuso sexual a la niñez. En un mundo utópico pudiéramos respaldar la idea de que por cada niño/a que nazca no faltarán los recursos necesarios para la obtención de calidad de vida, pero en el estado crítico en el que se encuentra Puerto Rico, asimilar la idea de tener tan siquiera un hijo/a, cuesta trabajo.

541654aeb320dfull1200x600-cf6aa8a400c6173cbe1274a45f9ac40b.jpg

Las propuestas son varias. Y claro, la abstinencia como el mejor método anticonceptivo, olvidando que en el sistema reproductor existen zonas pre-dispuestas al placer y el uso de otras alternativas que científicamente no poseen un 100% de seguridad al momento de su uso. Esto sin mencionar el sistema opresor en el que vivimos, en donde el hombre tiende a no entender lo que es un "NO" y toma por derecho violar.

Los movimientos en pro de que la mujer no piense por sí misma y una vez más tenga que sentirse presa, culpable o pertenencia de algo o alguien, son cada vez más rigurosos y reproductores de miedo. La mujer y todo ser humano debe considerarse libre, para evitar malgastar tiempo y dinero atacando o tomando decisiones por otros.

La petición es clara, queremos un aborto seguro en donde no se oprima a la mujer. Exigimos un proceso liderado por profesionales y en el que la iglesia y el Estado no tengan espacio alguno para jugar a mamá y papá. 

Nos queremos vivas, pero no muertas ni presas por abortar.