Quiero ser jeva

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La alarma del celular sonó a las 5:50 a.m. Desayuné. Me puse unos pantalones cortos y una de esas t-shirts que usaba en mis tiempos de esgrimista en Ohio State University.

Ya eran las 6:30 a.m. cuando me monté en el carro. Prendí el radio, pero sentí que era muy temprano para escuchar las sandeces que dicen los locutores rampantes y la música reciclada que existe en nuestras folclóricas emisoras. Agarré el celular. Puse las coqueterías de PJ Sin Suela a sonar.

Y es que acabo de empezar a hacer Crossfit. Pero no lo estoy haciendo porque quiero ser una persona saludable. Lo hago porque quiero ser jeva. Quiero tener nalgas carnosas y anhelo tener la panza plana.

“Lo esencial es lo de adentro”, dicen por ahí, pero en mi industria (la de las comunicaciones) mientras mejor te ves, mejor cobras (y si no me creen, recuerden a Jackie Guerrido).

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Llego al lugar y paso unos minutos en el carro convenciéndome de entrar, porque cuando usted es tan orgulloso como yo, es bien difícil entrenar rodeada de gente que están más duros que tú.

Ya a las 6:55 a.m. en el espacio, que ahora sé que se llama “el box”, se respiran las ganas que tiene todo el mundo de verse como los famosos que salen en revistas, porque a mí no me vengan con que lo único que importa es estar saludable. Yo soy parte de la generación a la que le enseñaron que ser jeva es importante.

Recuerdo que muchas personas me han dicho: “el físico no es importante”. ¿Pero esa gente no se dan cuenta que estamos bombardeados todo el tiempo con Kim Kardashian (aunque Khloé es mi favorita), con JLo y con todas ellas que deben parte de su éxito a que son unas jevas?

A las 7:05 a.m. ya estoy corriendo. Carrera que hago mientras me arrepiento de la cantidad de alcohol que he ingerido en los últimos años y la cantidad de cigarrillos que he fumado. Sin embargo, la hago con la misma cara que corre Beverly Ramos. Me rehúso a llegar última.

Desde que comienza el entrenamiento estoy pensando una cosa: todo sea por estar como el queso: ricotta. Ah, y entiendo si para usted esto no es un issue. No la juzgo. Pero yo crecí en una casa donde si engordaba mi padre escondía el queso de papa y mi entrenador le decía a mi mamá que tenía una situación conmigo: “la nena come mucho”.

Yo no hago esos abdominales del infierno a las 7:20 a.m., ni levanto esa barra a las 7:40 a.m., para que me digan “Karla, qué bien te ves”. No, lo hago para que me digan: “Coño, Karla, te ves bien jeva”.

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A las 8 a.m., cuando el entrenamiento acaba y yo tengo náuseas pero me rehuso a vomitar porque hay más personas, me acuerdo de todos esos reportajes que he leído dedicados las nenas como yo: que no son ni gordas ni flacas. Que no sabemos qué size de mahón tenemos que comprar (mucho menos de sostén) y que les gustan las crop shirts pero no se las ponen porque les quedan bien hasta que se sientan y sale un chicho a saludar. Sin embargo, dos días más tarde te das cuenta que le dan un trabajo a alguien con menos talento pero con las batatas más marcadas.

Ya de camino a mi casa, cosa que comienza luego de que se me pase el temblequeo de las piernas y los brazos, comienza el dolor. Ese que la gente dice “es un dolor rico porque es de hacer ejercicios”. Mire, váyase al carajo. Este dolor no es rico. Camino y me duelen los muslos. Respiro y me duelen los abdominales. Escribo en la computadora y me duelen los hombros y hasta los dedos. Se me cae algo en el piso, y en el piso se queda porque no el mismísimo Dios puede lograr que yo me doble ahora mismo… Lo que me llevó a analizar que este dolor que tengo el cuerpo es reflejo de mi pobreza, porque yo le aseguro a usted que si fuera rica un bisturí hubiese resuelto todo esto.

Good effort”, me dijo el entrenador cuando terminé la última sesión.

Yo escuché: “Estás más cerca de ser jeva”.