#ProhibidoOlvidar: A los hipócritas del PPD

Era uno de los momentos mas importantes de la administración, Fortaleza llevaba meses tratando de vender una reforma contributiva que para muchos era la panacea. Para otros, ni tanto. En esa lucha aparecía un novato representante, con voz fuerte levantando serias dudas sobre lo que proponía el gobernador y su equipo de tecnócratas. A Carlos Vargas lo tildaron de todo. Los fotutos y asesinos a sueldos de reputaciones sacaron lo mejor de su arsenal para tratar de mancillar la reputación de un legislador nuevo en este juego, sin ataduras a ninguna de las estructuras de poder.

Salieron las crápulas de José Báez, gatillero deluxe de la Fortaleza y Rolando Ortiz, alcalde de Cayey a pedir la cabeza de la disidencia dentro de un Partido que se hace llamar el Partido Popular Democrático.

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Vargas era una nueva voz. De esas raras estrellas fugaces que proponía y radicada medidas legislativas con causa y propósito. Se metió con el cuco de las remesas extranjeras para financiar proyectos de interés social. Además, jamaqueó el palo, hasta ahora intocable, de las pensiones alimentarias injustas y a veces inhumanas. Sin contar que estuvo siempre del lado de los mas desventajados, como la comunidad LGBTT.

Por ello, muchos lo tildaron de loco, machista, el fundamentalismo religioso le cayó encima por ser una voz dentro de la Cámara conservadora a favor de los derechos humanos de la comunidad gay. Y a pesar de estas violentas turbonadas, el tronco se mantuvo firme.

Recuerdo las conversaciones, tanto para récord como fuera de, donde la angustia del representante era evidente. No era para menos, tenía a toda una maquinaria política que luchaba por sobrevivir excusando sus errores e ineficiencia contra un político que a todas luces quería hacer las cosas bien. Vargas tenía el corazón roto, un Partido en el cual había confiado y en el cual creía era el faro de esperanza para muchos, lo había desterrado y tenía una recompensa sobre su cabeza.

Vargas no era de esos que quería caerle bien a la gente sonriendo, cargando bebés en las caravanas y prometiendo villas y castillas. No, era un hombre de convicciones y principios.

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Más allá de cualquier alegoría y honor a Carlos hay que señalar a aquellos que con sus palabras, faltas de respeto y contubernios le causaron a el y a su familia un dolor enorme. Sobre todo, dentro de su mismo partido.

Ya los veremos, son aquellos que pasarán por el féretro llorando pero son el estiércol puro de la política puertorriqueña.

Hoy el PPD no perdió un representante. El País perdió un gran hombre. Honremos su memoria exigiendo calidad en las próximas primarias, castigando con el voto a aquellos que hoy lloran pero intentaron a apagar un voz fuerte, un hombre que quería hacer las cosas bien.

De lo que le pasó a Carlos, tenemos mucho que aprender. De nosotros está escoger entre dos caminos; seguir con lo mismo o abrir paso a candidatos con nuevas ideas, de otra generación. Con principios y criterio propio. Y sobre todo sin miedo.

Carlos, gracias por enseñarnos tanto. Lástima, que no te valoraron.