¿Por qué una boricua marchó en Washington por las mujeres?

El sábado me levanté y antes de salir por la puerta agarré mi t-shirt rosada, mis orejas de gato rosadas – con matching cover de celular -,mi bufanda rosada, lipstick rosado y mi bulto de “girls just wanna have fun-damental rights” de la tienda de campaña de Hillary Clinton. Quería que no existiese duda sobre mi destino. 

Ese día gris, y mucho más frío que el clima tropical de mi hogar, salí con mi mejor amiga con la intención de ir al rally, que se congregaba en la esquina de la avenida Independence y la calle 3. No pudimos pasar de la Independence y 14 por el mar de gente que nos encontramos. Allí, pacientemente esperamos que llegara la hora de salida de la marcha entre la multitud más grande que he visto en mi vida. Nos dimos cita, con carteles en mano y entre gente muy diversa – de todos los colores, de todas las edades, hombres, mujeres, en transición -, para el Women’s March, en Washington D.C.

A la misma vez, millones de personas en diversas partes del mundo hacían lo propio. 

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Mi interés en marchar surgió tan pronto como supe del plan de las organizadoras. Reconozco que en un periodo muy triste post-elección, en el que durante varios días lloraba a la menor provocación ante la derrota de Hillary, la marcha me parecía un espacio perfecto para juntarme con gente con visiones y sentires afines.

Luego de debatir unos días si ir o no, tenía mi pasaje y llegado ya el jueves, 19 de enero, con mucho miedo, una Benadryl y un poco de &#39in-flight wine’ – le tengo mucho miedo a los aviones – partí a Washington.

Yo quizá no soy el estereotipo de una “manifestante liberal”.

He vivido en un ambiente de privilegio, mis padres costearon la mayor parte de mi existencia, techo, educación, servicios de salud, transporte y la oportunidad de viajar desde muy joven. Me casé mucho más joven que la mayoría de mis amigas y, contrario a los prejuicios trillados, me baño, gasto más de lo que me gustaría admitir en Sephora, y toooodos los días me afeito las axilas (sí, hasta en Washington donde por razón de ser invierno nunca estuvieron expuestas a ojos ajenos). 

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Ese sábado marché, por mí, por mis dos hermanas, mis amigas, mi sobrina, las hijas que algún día espero tener, mi mamá que me enseñó a ser libre pensadora pero, sobre todo, por todas las que no pudieron marchar. Las que no podían marchar porque trabajan de sol a sol para mantenerse a sí o a su familia, las que no tienen acceso o les niegan el derecho a servicios de salud general y reproductiva, las que no saben que pueden luchar y alzar su voz, las que dejaron de estar entre nosotros porque alguien se sintió en la libertad de apagar sus vidas.

Marché porque tuve la gran bendición de nacer donde nací y tener acceso a muchas cosas que muchas no tienen, algunas en lugares muy lejanos y recónditos, algunas tan cerca como en Juana Díaz.

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Por todo eso, por todas ellas, y por muchas más, marché.