"Todo poema carga una culpa"

El poeta Kidany Acevedo responde la pregunta: ¿Cómo se concibe la poesía?

A contraluz, tras un telón de sábanas, la mano se levanta para amenazar al lenguaje, arma blanca, como el vacío de quien no sabe cómo arrepentirse.

Así se concibe la poesía. Y quizás decir eso sirva de poco, pero es lo que se me ocurre al momento como respuesta.

A diferencia de cualquier otro intento, la poesía prescinde de insistir un hecho por medio de las palabras. Los versos buscan transmitir o causar emociones, no conocimientos. Es por esto que todo poema es una confesión incompleta, donde el lector es responsable de completar la culpa. Sí, todo poema carga una culpa, debido a que se recurre a quebrar palabras para crearlo, y como toda palabra es interpretación, hay un error justo en cualquier verdad compartida.

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Si fuese necesario definir un orden para la creación poética, pudiera intentarse el siguiente: primero urgencia, luego imagen y por último las palabras. Todo poeta reconoce que el lenguaje no basta para atestiguar siluetas fuera de los objetos, es por esto que recurre a la retórica de los sentidos. La urgencia emerge de la incapacidad para comunicarse y entonces aparece la musa, aunque incluso la palabra “musa” no signifique nada cuando no se está escribiendo.

Para cimentar un poema es imprescindible crear la imagen antes de preocuparse por cualquier otra propiedad volátil. Durante este acto no se considera ritmo, rima o estructura del texto. La imagen poética tiene una función muy semejante a la memoria: la memoria ata el presente con experiencias y queda en el individuo utilizar esta información para referir o reincidir. De igual forma, la imagen crea un nudo entre la urgencia, por decir algo, y la obligación de callar por la inutilidad del idioma; entonces queda en el lector sentir o descartar el simulacro.

Insistiendo en la imagen, tomemos como ejemplo la primera línea de esta columna —por hablar de algo que se pueda juzgar—: la imagen se representa con un juego de sombras donde se “amenaza” el lenguaje. Esta amenaza hacia el lenguaje viene a ser el proceso de creación poética ya que se recurre a anular la forma “correcta” de utilizar las palabras. El subverso “arma blanca” es una metáfora que representa un papel vacío, ese espacio vacante que los poetas cubren de inconformidad literaria, inconformidad que a su vez se compara con la melancolía de “quien no sabe cómo arrepentirse”. Este “no saber cómo arrepentirse” representa la impotencia del escritor ante el lenguaje, resignación revelada en un juego de sombras donde el lector es víctima y partícipe de su amenaza.

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Una vez se conciba la imagen, se recurre al ejercicio de escoger el resto de las palabras. Aunque este proceso es el menos severo contra el escritor, debe ser el más pausado de todos debido a que el esfuerzo puede convertir una metáfora abismal en un anuncio de periódico. Este requisito de sutileza se debe a que el proceso de remendar el lenguaje se lleva a cabo con el lenguaje mismo, por ende, conjugar un verbo a un tiempo innecesario es equivalente a descartar el manuscrito.

Hay que recalcar que mientras la mano está levantada, el poeta está sujeto al poema y no viceversa. En cambio, cuando se descuelga la sábana, el poema está sujeto al lector. Aquí la urgencia, las imágenes y las palabras no tienen otro uso que no sea servir de fosfenos cuando alguien cierre los ojos tras alguna metáfora que haya servido de lámpara. Porque la poesía es eso, un juego de sombras tras un telón, un par de manos pueden crear un ave, pueden declararse vuelos, aunque ya se sepa que fuera de cualquier luz el hombre solo sabe caer.

*El autor es poeta. Puedes conseguir su más reciente obra contactándolo a su email aquí.