Periodista en los tiempos que todo el mundo escribe

Esta es la "Semana del Periodista", y mi columna no había salido porque la cantidad de trabajo no me había permitido sentarme a escribirla (y es que vivir contra el reloj es parte de esto).

Después de que como a los seis años mi abuela me regañó cuando le dije que cuando fuera grande quería ser “sirvienta”, de nena siempre supe que quería dedicarme a escribir (quizás porque eso es lo único que sé hacer: yo no canto, no soy buena en matemáticas, fui mesera tres días y no podría ser abogada porque si me gritan lloro).

Ya entrando a la Universidad, estaba 100% segura de que quería dedicarme al periodismo. Sin embargo, sabía dos cosas: número uno, que es un campo competitivo y saturado, y número dos, que dedicarse a esta pendejá era algo más que dar noticias con faldas incómodas como las muchachitas de Primer Impacto.

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De una cosa estoy convencida: la Universidad no te prepara para esto. En los salones aprendes a contestar las “Cinco W” (who?, what?, where?, when? and why?), te enseñan todos los elementos que tiene que llevar una buena investigación y aprendes lo que, en teoría, es ser un buen periodista… Pero las aulas no te preparan para que la mejor noticia te la den “fuera de récord” o para perderte la mayoría de las actividades familiares porque tienes que estar en la redacción.

En los salones de clase no te dicen que ese “faranduleo” que nos venden los periodistas de las películas no existe. En lo único que nos parecemos a los periodistas del cine es en que (muchos de nosotros) tomamos más café que agua, comemos mal, nos gusta beber, recibimos e-mails de lectores que nos odian y la mitad del tiempo estamos en altos niveles de estrés.

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Cuando estás entrando en esto, nadie te dice que la industria está en un momento en el que han despedido a muchos y los que quedamos tenemos que jugar todas las bases. Nadie te deja claro que vas a trabajar largas horas, pero que hay semanas que vas a tener que comer tuna porque el sueldo no da para mucho.

El que quiera ser periodista debe saber que estamos en momentos en los que hay que reinventarse. Que lo que aprendimos en la Universidad es bueno, pero no suficiente, porque hoy todo el mundo tiene medios sociales y un celular en la mano, así que pueden informar tanto como nosotros.

Sin embargo, aunque les digo todo esto, que parece una queja, pero no, es la verdad (y la verdad es hija de Dios), jamás cambiaría de profesión. Si tuviese otra vida, volvería a ser periodista; volvería a escribir. Es más, lo haría todo exactamente igual: volvería a dejar al gringo con el que era de lo más feliz en Estados Unidos para poder escribir en Puerto Rico, tendría las mismas peleas, las mismas rabietas, las mismas paveras en la redacción, los mismos triunfos y los mismos errores que me han llenado de vergüenza por varios días.

Y es que quizás es por el miedo que le tengo a la muerte, pero lo haría todo otra vez porque pienso que escribir es la única manera que tengo que ser eterna.

Cuando decidí dedicarme a escribir, en una época en que todo el mundo escribe, me di cuenta de que para sobresalir me las iba a tener que inventar y que las coqueterías que escribía cuando estaba "enamorá" no iban a ser a suficiente. Decidí hacer esto: escribir de lo que me da la gana y con el tono que me da la gana. Decidí hacer entrevistas en las que le pudiera poner pasión y escribir columnas que levantaran pasiones.

Y es que nos enseñan que para ser aceptados en el campo del periodismo (y en la sociedad en sí) no podemos opinar, hay que decir, o en mi caso escribir, lo que las personas quieren escuchar, lo que están listos para procesar y lo que los hace feliz… Pero no. Hoy me atrevo a celebrar la "Semana de la Prensa" porque (al igual que mis colegas) sé que mis letras son lo único eterno que tengo, por eso lo pongo todo en cada escrito; por mis letras es que me van a recordar, y quiero que me recuerden como me leen: algo irreverente, con pasión y sin miedos.