OPINIÓN: Después del 1ro de mayo, una breve reflexión de la violencia

De chamaquito era loco con salir de la escuela pa&#39 llegarle a casa y tirarme a la calle descalzo, sin camisa y en pantalones cortos con Jael, mi vecino.

Su pai (Arnaldo) es policía y pa&#39 aquel entonces era parte de la unidad motorizada. Cada tarde el gozo mayor era esperar la motora cuando las manecillas del reloj se acercaban a las seis. Después de cada jornada el agente Matos cerraba su día regalando trillitas y enseñando todo tipo de vainas policiacas que, pa&#39 cualquiera de los nenitos de la calle, era tremenda aventura.

Por eso, tengo que decir que en Arnaldo siempre reconocí el rostro de la entrega, del cansancio y el sacrificio. Igual con mi tío materno, que cuando llegaba de sorpresa a casa en la patrulla era casi un superhéroe ante mis pupilas.

Es precisamente esa memoria la que produce frustración e impotencia en el ejercicio de reflexionar la violencia de ayer. Una violencia compleja que no se limita a las piedras, los tubos, las macanas, el gas pimienta, los gases lacrimógenos, las balas de goma, los arrestos, las mentiras y el uso desmedido de la fuerza y los medios para adelantar agendas particulares, sino que enmarca la insuficiencia de un Estado crudo que día tras día reproduce una crisis profunda donde la mayoría se encuentra sumergida y, a la vez, perdida.

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Carlos Giusti / AP

Y es en ese imaginario donde, pienso, se encuentran las desilusiones colectivas, donde los roles de los protagonistas terminan redefiniéndose entre la desinformación, la manipulación y la seducción de los poderes que dictan las pautas sociales en la colonia. La gente habla, reacciona, comenta, pero, ¿cuántos entienden? ¿Cuántos contextualizan la coyuntura histórica y problematizan sus respectivas circunstancias como ciudadanos? ¿Alguien sabe?

Confieso que, entre la ignorancia y la indiferencia, no me quedan claras las nociones de pueblo. Se me hace difícil internalizar cuán latente está esa conciencia entre los &#39trabajadores’ que no logran encontrar puntos de convergencia para encarar a los que siempre miran desde arriba, los que generan y coordinan la opresión.

Hoy se habla de paz en las plataformas mediáticas, pero —de nuevo–, ¿hasta qué punto ese discurso trasciende la ignorancia de la violencia invisible —pero más que evidente— que a diario azota a la mayoría? Es fácil pasar juicio contra lo visible. Sin embargo, ¿por qué resulta tan difícil una reflexión más amplia que revierta ese orden tan lineal de las cosas? ¿El asunto no puede ser más complejo que una condena a los disturbios en las calles de la zona bancaria de una colonia en quiebra?

Yo no sé. Quizás el problema sea yo y todo sea cuestión de más macanazos por la espalda a los imprudentes que intentamos abrir nuevos surcos mentales con nuestro trabajo. Tal vez la memoria de la infancia sea otra forma de entender el infortunio. Pero seguimos.