Nunca fue sobre Fernando Picó

Por: Juan Miranda


Fue una tarde lluviosa, un viernes frío en el que paramos a comer luego de un fructuoso día de clases tanto en la universidad como en la cárcel. Con copa de vino en mano, nos deleitábamos de dar clases en Corrección y ver el desempeño de los confinados.

Sorprendidos quedamos, al ver cómo los reos se lucían discutiendo la Odisea en su totalidad cuando solo se había acordado la discusión de los primeros dos cantos. ¡Lo mejor de todo es que se les dio solo una semana de anticipación!

Otro viernes, mientras cenábamos me contó sobre los confinados en los noventas. Me dijo que el tabú del Sida estaba muy presente al punto de que los empleados trataban a distancia aquellos que lo tenían. Eran entre ellos mismos quienes por convivencia tenían que romper con el estigma. Pasó a contarme sobre este confinado con Sida, que irrumpió en la clase gritando que iba a matar a un empleado que tanto lo martirizaba por estar enfermo y por ser desobediente.

La clase se detuvo y uno de los estudiantes se levantó, lo abrazó y le preguntó sobre sus humores. Luego, Fernando me explicó que el confinado pasaba sus horas de recreo sentado, contemplando el vacío del horizonte. En esa ocasión, no se quiso levantar a petición de ese guardia, quien procedió a ridiculizar su fatídica condición.

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“Él estaba solo, no tenía amigos ni familia que lo visitara,” me dice Fernando entristecido. Resultó que el futuro confinado en su ignorancia había derramado su sangre en el jugo de china en la casa de sus padres al enterarse de que lo habían delatado a la policía. “El desconocimiento se dio en todos lados, el Sida era un tabú grande en la cárcel, temían el mucho contacto físico con los afectados creyendo que iban a contagiarse, así como lo creyó éste confinado cuando por disputas familiares derramó gotas de sangre en el jugo de china en la nevera.”

Cuando el confinado abrazó al paciente, le dijo con tono de niño consumado por la agonía: “Chico pero, ¿por qué tú nos haces esto? Tú sabes que por eso ahora nos van a castigar a todos y vamos a sufrir, nosotros que te queremos y te cuidamos.” Entre sollozos calmaron al muchacho, quien fue acompañado por los estudiantes de Fernando a la celda. Poco después, la enfermedad pudo más y falleció.

No todas las anécdotas las contaba Fernando. Le conté otro viernes sobre un guardia que le comentaba a otro creyendo no ser escuchado, de que no creía posible cómo un matón que ni en la comunidad lo quieren, podía estar cogiendo clases universitarias mientras el guardia se mataba trabajando como un perro y ni un grado asociado tenía. Ellos, al igual que los confinados, fueron transformándose a medida que veían el fruto de la rehabilitación por medio de la educación.

No todos los viernes se podía salir, ya que luego de sus complicaciones médicas, su condición económica empeoró. Eso es parte de la verdad; por su propia voluntad, optaba por no tener ningún arreglo económico con la institución, posición que lo llevaba a costear todos los materiales que usamos durante los tres años que trabajamos en la cárcel. A eso le sumamos que nuestros estudiantes de azul devoraban los textos como si no hubiese un mañana, como mencioné arriba.

Tener grilletes y sostener libros no es fácil, pues no hay Google, no hay una biblioteca como la Lázaro, no hubo cuadro de honor para muchos de ellos, e incluso algunos ni diploma de escuela superior tenían. Muchos fueron de la escuela pública como yo, no gozamos de una calidad de enseñanza que goza la escuela privada, así que ni de su escuela se podían confiar. Ni se diga del hábito de lectura, del cual muchos me confesaban que su método era que alguien más les leyera, ya que retenían mejor escuchando que estar regresando a la página anterior porque ya ni recordaban lo que habían leído.

En todo este proceso se han roto los límites y paradigmas que hemos encontrado en el camino. Las clases de pronto transformaron a los guardias, quienes ahora se refieren a los muchachos como universitarios cada vez que hablan por radio. La biblioteca de la institución ya no está llena de tomos aburridos que están allí para el confinado aventurero, que busca cualquier ley o jurisprudencia para radicar revisión de sus casos. Ya no están solas las revistas Atalayas en los anaqueles; ahora hay Platón, Galeano y Zizek que las acompañan.

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Este hombre, que se amparaba en el amor hacia el otro y el desprecio a todo lo negativo, no estuvo ajeno a miedos, fobias, inseguridades y pérdida de fuerzas en días más fríos. Empero, la lección aquí es no quitarse ni darle espacio a nada de eso; es darle la vuelta al enfocarse sobre la resolución de los problemas, no el desglose de fallas.

Ya no son palabrerías ni esperanzas utópicas las que muestran lo factible del proyecto, son aquellos estudiantes graduados de la primera generación, quienes hoy día son profesionales, quienes, sabe Dios, usted conoce. Así que si conoce algún ex confinado que entienda griego antiguo, sepa que estudió con Fernando.

Nunca fue sobre Fernando Picó ni su fruto, sino aquellos que lo motivaron a echar la fruta. La calidad del fruto vino por el brillo que vio en todos y todas. Fuimos a los que él dedicó su vida, su trabajo y sus guayaberas.

No es en sus méritos donde veo su lección, sino en sus motivaciones, su perseverancia y el anteponerse aquellas cosas humanas que todos tenemos. Es por esto que confío en mi profesorado y colegas para que su legado viva, que la acción esté en aquello que honramos, aquello que, con mucha lágrima todavía lloramos.

Que su muerte sea terreno fértil para continuar la labor y no la catarsis.

Hasta luego Fernando.

(El autor es estudiante del Programa Graduado de Historia de la Universidad de Puerto Rico Río Piedras y fue asistente de cátedra del profesor Fernando Picó)