Monsanto... no es santo, pero tampoco tan demonio

Hace cinco años se inició Marcha Contra Monsanto como respuesta al fracaso de la aprobación de la Proposición 37 del Estado de California. En dicha propuesta los residentes de California eligieron por un estrecho margen no favorecer rotular los alimentos que contienen componentes o partes de alimentos genéticamente modificados. Monsanto junto con varias compañías multinacionales como Bayer Crop, Dupont, BASF, Dow Agrosciences y otras donaron grandes cantidades de dinero para apoyar el No.

Tamil Canal, residente de California, inició el movimiento March Against Monsanto a través de las redes sociales como respuesta a la derrota de la Proposición 37 y la aprobación del presidente Barack Obama del Farms Assurance Provision donde se incluía el derecho de los agricultores de sembrar plantas genéticamente modificadas en lugares donde las revisiones del impacto ambiental estuvieran en fases finales, sin importar la legalidad de sembrar dichos cultivos.

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Cientos de miles de personas a través del mundo se manifestaron en contra de Monsanto y la siembra de semillas genéticamente modificadas, demostrando un contundente rechazo a las prácticas de estas multinacionales y la generación de un rechazo acérrimo a la ingeniería genética.

Hoy día solo un puñado de manifestantes a través del globo se manifiestan en la Marcha Contra Monsanto. ¿Qué ha pasado en 5 años donde la oposición a Monsanto y cultivos genéticamente modificados ha mermado al punto de llegar a la irrelevancia?

La ingeniería genética es el proceso donde se modifica un fragmento del ADN a través del laboratorio para obtener un producto. Un transgénico es cuando se inserta o transfiere un gen de otra especie al genoma de otro organismo. Por ejemplo, la insulina es producida por una bacteria que contiene el un fragmento del gen humano que ayuda producir insulina humana.

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Este proceso ha ocurrido en distintos tipos de bacterias, animales y plantas. Múltiples productos y medicamentos como la vacuna para la hepatitis B, ébola, tratamientos para el cáncer, son producidos a través de la ingeniería genética. Incluso la primera vacuna aprobada para ensayos clínicos para combatir el virus del Zika utilizó la ingeniería genética.

El rechazo de la ingeniería genética a los cultivos de plantas se salió de su cauce al generalizar contra la ingeniería genética. Monsanto y otras compañías fueron astutas al insertar un gen de en plantas que las hace resistente a distintos tipos de pesticidas e insecticidas. Ellos crearon un sistema donde si compras sus semillas también tiene que utilizar sus químicos, donde generan la cantidad de su dinero. También crearon una sepa donde insertaron el gen de una bacteria que permite a esta planta produzca su propio insecticida.

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Varios opositores han pensado que todas las plantas que son genéticamente modificadas son dependientes de los insecticidas y pesticidas. Algunas personas han estado tan desinformadas que han ido al punto de destruir proyectos de plantas genéticamente modificadas que nada tienen que ver con pesticidas y que fueron financiados con dinero público. Cientos de institutos públicos y privados a través del globo utilizan esta técnica para sus estudios y generar productos para que atiendan varias necesidades. Aunque están en fases iniciales, se han generado plantas que puedan generar más nutrientes, resistentes a inundaciones y sequías y que pueden utilizar menos cantidades de agua y hasta pueden limpiar terrenos contaminados.

Uno de los debates caldeados sobre compañías que experimentan con semillas genéticamente modificadas en Puerto Rico, es que seleccionan las cepas que mejor se adaptan a los pesticidas e insecticidas, producen las semillas, primordialmente maíz y algodón, y las envían a Estados Unidos para que sean sembradas en ese país. Los alimentos producidos por esas semillas son importados a la isla, compitiendo a un precio más barato con los productos de locales. En adicción, estas compañías multinacionales han recibido $520 millones en incentivos contributivos y cerca de 900 millones de litros de agua gratis por un periodo de 10 años. A todo esto, en Puerto Rico no se siembra a nivel comercial plantas genéticamente modificadas y tampoco ha invertido en institutos locales para producir sus propias semillas.

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No todas las plantas genéticamente modificadas han sido exitosas en el mercado, tampoco van a resolver los problemas del hambre ni de acceso al alimento. Tampoco implica que vayan a ser superiores a los cultivos convencionales, orgánicos o agroecológicos. Pero van a ser necesarias, como los otros tipos de cultivos para combatir los efectos del cambio climático y el acceso de los alimentos. Puerto Rico, si desea tener algún grado de seguridad alimenticia, debe de invertir fuertemente en proyectos científicos que, además de las otras áreas, incluya la producción de semillas genéticamente modificadas resistentes a plagas, sequías e inundaciones. También hay que considerar el costo de producción local comparado con los países vecinos.

Países como Argentina, Chile, Brasil, Colombia, Canadá, Perú, Cuba, entre otros, nos llevan décadas de ventaja en producción de semillas transgénicas. Andamos en la marcha del lamento sin plan ni financiamiento para impulsar las ciencias y la agricultura. Estamos tarde y el cambio climático no espera por nadie.

El autor posee un doctorado en microbiología de University of Massachusetts Amherst. Trabajó como investigador científico en Massachusetts Institute of Technology  y ahora es consultor científico independiente.