Mi esposa se convirtió en un caculo... y me gustó

Un comentario por Josué Montijo

No suelo soñar a menudo.

No me pregunte por qué, desconozco las razones para ello. No padezco de insomnio ni tomo pastillas para conciliar el sueño. Duermo bien y descanso lo adecuado. El asunto es que simplemente sueño poco.

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Sin embargo, cuando lo hago casi siempre sueño cosas raras. Disparates que, al menos para mí, carecen de algún sentido. Y si lo tienen, pues vaya usted a saber, no me veo buscando qué significan. Pero a veces esos disparates que sueño resultan ser interesantes, escenas simpáticas y hasta graciosas.

No hace mucho, por ejemplo, soñé que mataba dinosaurios de todas clases y colores con una carabina Colt M4. Estaba en una ciudad (inidentificable) y los había enormes, pequeños, medianos, negros, blancos, grises, azules, rojos, verdes, amarillos, violetas. Algunos tenían la piel tersa y otros la piel mustia.

De esos últimos había muchos, por cierto. Mientras los aniquilaba, en mis audífonos escuchaba a The Doors. La canción The End sonaba una y otra vez, como una nana relajante. En ese sueño la vida era hermosa. La angustia no tenía cabida. Un paraíso. Un remanso de paz. Matar dinosaurios fue una experiencia liberadora.

A la mañana siguiente (despierto, por supuesto) tomé café tarareando una y otra vez la canción de Morrison. La tenía pegada en mi cabeza. Lo loco es que nunca he sido su fanático ni nada por el estilo. Pero, inadvertidamente, me sabía la canción completa. El subconsciente es la hostia.

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Anoche me acosté tardísimo.

Comí casi a las nueve de la noche y eso me obligó a retrasar la hora de dormirme. Cosas del estómago. Entonces me entretuve leyendo algo de Daniel Silva, el escritor de novelas de espionaje, con su agente secreto Gabriel Allon. Es uno de mis favoritos. Y cuando vine a ver eran casi las dos de la mañana, me ardía la vista y el cansancio ya me estaba venciendo.

Me dormí rapidísimo, y soñé. En el sueño mi esposa era un caculo.

Un caculo de esos normales, de los marroncitos que entran por la ventana de la casa y dan vueltas por ahí hasta que se tropiezan con algo que los tumba. Pero mi esposa no volaba si no que estaba tirada en el suelo de la sala patas arriba. Deduje que había chocado con el abanico de techo que estaba prendido. No estaba herida, al menos no que yo pudiera percatarme a simple vista.

Ella me miraba desde el piso y movía las patitas desesperadamente. Quería virarse, trataba y trataba como si la vida se le fuera en ello. Dijo mi nombre e imploró ayuda. Yo la observé con detenimiento, mas no hice nada. Es que no quise. No se me antojó darle una mano y virarla. Honestamente, me resultaba divertido verla así, como un caculo patas arriba. No suelo burlarme de la gente, y menos de mi esposa, pero su imposibilidad resultaba chistosa.

Algo reconfortante.

 

 

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Al ver que no movía un dedo para ayudarla, se quedó mirándome a los ojos. No evadí su mirada. Lo curioso es que no había furia en sus ojos sino frustración, esa frustración que embarga profundamente a los resignados.

De repente pitó el microondas anunciando que los veinte segundos que le había dado a mi almond croissant culminaron. El olor a azúcar, mantequilla y almendras tostadas me aguijoneó el apetito mucho más. Y es que en el sueño me encantaba la idea de comer algo dulce al tiempo que veía esa escena tan entretenida.

Me comí el croissant lentamente, saboreándomelo de esquina a esquina. No le ofrecí a mi esposa, todos saben que los caculos no comen croissant. Chupé mis dedos para quitarme los residuos de azúcar y almendras. Fui a la cocina y fregué el plato. Odio las cucarachas, y ella también.

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Cuando apagué la luz de la sala todavía movía sus patitas. Con menos fuerza, por cierto. Ya no imploraba mi ayuda ni me miraba, aun sabiendo que yo estaba allí. Su voz era un hilito de sonido. Una voz deshilachada que repetía algo indescifrable. Pero no me interesó preguntarle.

¿Para qué?

La miré por última vez en la oscuridad. Era un bulto en el suelo. Apagué el abanico y me despedí. Buenas noches, Gregoria, que descanses. Y le tiré un besito de lejos, porque eso de besar insectos me da asco.