María nos sorprendió fuera de casa

Por: Dora María Irizarry Cruz

Historiadora y Antropóloga visual. Actualmente realiza estudios doctorales en la Universidad de Granada.  Es miembro del grupo Solidaridad para Puerto Rico desde Europa – Granada.


María nos sorprendió fuera de casa. Aún sin vivir físicamente el paso del huracán, María es nuestra triste rutina. ¡Sentimos dolor, impotencia y rabia!

Las llamadas fallidas a nuestros seres queridos, la desesperación por no saber cómo están nuestros familiares y las constantes preguntas dueñas de nuestro insomnio, se han convertido en nuestro pan de cada día. ¿Cómo quedó el barrio, la escuela, la Universidad? ¿Cómo se encuentran las amistades, los conocidos, los desconocidos? ¿Tendrán agua? ¿Comerán? ¡Ojalá no se enfermen! ¿Por qué la comida no llega a los lugares donde se necesita? ¿Cómo se permite el robo de las donaciones que llegan a los aeropuertos? ¿Cómo se permite el saqueo de los paquetes que con tanto sacrificio envían los boricuas en la diáspora a sus familiares? ¿Por qué la AAA repartió agua obtenida de un poso contaminado en el pueblo de Dorado? ¿Por qué tanta burocracia? ¿Por qué FEMA reparte comida insalubre (cuando la reparte) y cajas de alimentos se dañen a la intemperie? ¿Dónde están los toldos? ¿Dónde está la autoestima de quienes recibieron con beneplácito el papel toalla lanzado por Donald Trump? ¿Cuándo el Gobierno levantará los cientos de animales muertos que se encuentran en las calles? ¿Cuándo recogerán los escombros?

De 51 fallecidos a 911 cremaciones hay mucho trecho y demasiado silencio. ¿Por qué esconden a nuestros muertos?  ¿Cuántas vidas costará la incompetencia y las ansias de privatizar la AEE? 

Nadie más que los cientos de miles de puertorriqueños que viven el calvario de las filas eternas, los mosquitos, el baño a cubitos, la escasez de alimentos, el miedo a la incertidumbre, el pánico a enfermarse, las incalculables perdidas materiales y la tristeza de ver partir a sus seres queridos, conocen la realidad a la que se enfrentan. Nadie mejor que ellos saben que el sistema les falló y les seguirá fallando. Porque María no sólo nos dejó tragedia, también desveló el velo de la colonización y de la pobreza. Levantó la máscara al racismo institucional y nos enseñó que allá arriba no se preocupan tanto por nuestro bienestar como siempre nos hecho creer.

María fue feroz, pero lo que se experimenta en Puerto Rico es violencia. El no eliminar las Leyes de Cabotaje, ya es un crimen.

Pero María también abrió otra cortina y le mostró al mundo y a nosotros mismos que la esencia de nuestro pueblo se basa en la solidaridad. Decenas de organizaciones de base comunitaria y cientos de voluntarios en las comunidades han demostrado en el día a día que sólo nos tenemos a nosotros mismos. El lazo histórico entre los boricuas que habitan en Estados Unidos y los que viven en el archipiélago es ahora inquebrantable.

De la nueva diáspora puertorriqueña en Europa han surgido iniciativas, en diversos países para recaudar fondos para Puerto Rico: desde España hasta Eslovenia, desde Italia hasta Berlín. Porque aunque no vivimos en Puerto Rico, Puerto Rico vive en nosotros. Sabemos que vaciar el país y apropiarse definitivamente de nuestros recursos es la intensión maquiavélica de los poderosos.

Lo que los poderosos no saben, es que los boricuas que están en Puerto Rico seguirán resistiendo y muchos de los que nos encontramos en la diáspora volveremos. María nos sorprendió fuera de casa, pero algo seguro nos dejó: la historia ni olvida, ni perdona.