Mapas movedizos: la lucha boricua por el territorio en Filadelfia

En la segunda ciudad estadounidense con la mayor población puertorriqueña, la diáspora enfrenta la inequidad y la gentrificación

CPI

Conduciendo desde Kensington, un barrio al noreste de Filadelfia, la palabra que más usó Gilberto Gónzalez fue “era”.

“Vamos a ir para Spring Garden. Ese era básicamente el barrio más grande para los boricuas, el barrio más grande por décadas de los boricuas. Y ahora quedan pocos”,  dice, con la boca y la nariz tapadas por una mascarilla quirúrgica, gafas oscuras y una gorra negra.

Señala por la ventana de su carro un edificio alto que está a la derecha.

“En esto aquí ellos quieren hacer un apartment building con commercial que va a ser como diez pisos de alto. Yo tengo fotos de aquí, de todo esto aquí cuando estaban los edificios dañados, abandonados. Y mira todos los edificios que están poniendo ahí. Pero toda esa zona, todo esto aquí, era boricua, one hundred per cent”.

Son casi las diez de la mañana y el cielo está despejado, un viernes de otoño en Filadelfia, la ciudad principal de Pensilvania, un estado de más de 12 millones de habitantes. En Filadelfia viven un millón 500 mil personas. Aproximadamente 135 mil son boricuas. Es la segunda ciudad con la población puertorriqueña más grande, sobrepasada solo por su vecina Nueva York. Llegaron desde principios del Siglo XX como migrantes en busca de trabajo en la industria del tabaco. En la década de 1950, cuando el Gobierno de Puerto Rico abandonó la industria agrícola y promovió la migración masiva a Estados Unidos, la comunidad se consolidó en Spring Garden, en donde nació y se crió Gilberto, de padre y madre puertorriqueños.

“Todo esto, imagínate, todo esto era de boricuas”.

“Estas [casas] de la Philadelphia Housing Authority son básicamente de APM, ‘Asociación de Puertorriqueños en Marcha’, pero la mayoría de la gente que ellos le rentan no son boricuas. Y esto, todo esto, era un barrio latino”.

“Quedan pocos, están en lo que se llaman pockets, bolsillos de boricuas, pero a la mayoría los han sacado”.

Mural en la calle 5 de Fairhill

 

 

 

 

 

 

 

 

Ahora el barrio con la mayor concentración puertorriqueña en Filadelfia es Fairhill, al noreste. Fairhill también es la zona con el índice de pobreza más alto en toda la ciudad: 55%. Esto la hace el polo opuesto de la parte más rica, Center City, en donde, en 2018, la media de ingreso por hogar era de $101,834, mientras que la de Fairhill era de $18,722.

Fairhill está a casi seis millas del centro, más de una hora a pie. Estar lejos del centro de la ciudad, con su combinación de tiendas por departamento, boutiques, restaurantes de comida rápida y de alta cocina, rascacielos modernos y edificios coloniales, significa más dificultades para acceder a trabajos, consumo, transportación y servicios. Desde Spring Garden, el viejo barrio boricua, se llega en menos de media hora caminando.

Mientras guía, Gilberto va recordando como era Spring Garden antes de que la comunidad puertorriqueña se desplazara al noreste porque hubo motines raciales, porque se fueron las compañías que daban empleos, porque llegó la epidemia del crack y la cocaína, porque los persiguió la policía, porque subieron los precios de las casas, porque lo incentivó la Autoridad de Vivienda de Filadelfia.

“Después de aquí, es 64 North Broad Street, eso es vivienda cara, pero eso era American Bell Company y otras compañías”.

“Había una compañía de hacer gorras, había muchas diferentes compañías ahí y la mayoría de los trabajadores eran boricuas”.

“Y esa era otra factoría de gorras que se hizo condominio, ahí cuando joven mi papá trabajaba ahí y ahora son viviendas”.

“Aquí yo me recortaba el pelo en este edificio de la esquina. Esa era la entrada de la barbería, eso ahí; y el dueño era boricua”.

“Eso era una bodega boricua; son apartamentos ahora”.

“Eso era otra bodega ahí”.

“¿Viste qué grandes los edificios? Arriba de las bodegas eran todo viviendas. Todos boricuas”.

Sigue Gilberto, penetrando en su antiguo barrio como viajando en el tiempo, desgarrando la superficie de los edificios para revelar su vida pasada. El padre de Gilberto, Teófilo González, oriundo de Aibonito, llegó a Filadelfia en 1950, luego de trabajar en los campos de Wilmington, en el estado vecino de Delaware.

Luego vino su madre, oriunda de Coamo.

“Mi mamá trabajaba en 640 North Broad, que es un edificio que era fábrica, pero ahora es condominio. Ella hacía correas. Se hizo supervisora y se llamaba Amelia González”.

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¿Por qué se mudaron a Spring Garden?

“Por muchas cosas. Primero, ahí estaba La Milagrosa, la iglesia más vieja [católica de habla hispana]. Fue fundada por una señora que vino de México. Pero también otra iglesia evangélica de latinos. Y por los trabajos, había muchas fábricas cerca. Y entremedio de las fábricas había casas de apartamentos”.

Gilberto nació en 1964.

“Había un señor que se llamaba Pet the Greek, Pedro el Griego. También estaba Mr. Sam, un judío, y Mr. Schaeffer, y mucha gente que eran dueños de los edificios. Mi papá era el que los manejaba. Cuando llegaban muchos puertorriqueños de la Isla, iban a donde mi papá, a preguntar por apartamentos”, recuerda Gilberto, quien ayudaba a su padre en esos menesteres de acomodar boricuas recién llegados. Los edificios eran de tres, cuatro o cinco pisos. En un edificio podía haber tres familias en tres apartamentos diferentes, cuenta Gilberto.

“Tooodo esto era boricua. You know, uno puede imaginar, cuando yo era joven, tanta gente, tanta gente en la calle, había tanta gente. Todos, janguiando y, you know, tomando, cocinando, viviendo su vida bien alegre”.

La nostalgia, sin embargo, no le hace olvidar a Gilberto la vida dura de comunidad  migrante, marginal, de minoría; en una zona predominantemente blanca, con otros grupos minoritarios, marginales, en un Estado policiaco y de racismo sistémico. Había gangas, de negros y blancos. Los puertorriqueños hicieron la suya. Se llamaban los G-20. Una de sus funciones principales era pararse en las esquinas para velar que los boricuas no fueran asaltados cuando salían de los trabajos con sus cheques o dinero en efectivo. Así lo cuentan los veteranos de la ganga, en un documental que filmó Gilberto.

Miguel Piñero, poeta nuyorican nacido en Gurabo, pueblo central montañoso de la Isla, retrata el ambiente de este barrio en los años ‘70 en tres líneas de su poema Spring Garden:

Police car has circled this barrio 5 times

screaming birth has been heard in apt 3

silent death has visited next door . . . O. D.

(Carros de policía han pasado por este barrio cinco veces

En el apartamento tres se escucharon gritos de un recién nacido

La muerte silenciosa ha visitado la puerta de al lado… O.D. [Overdose, sobredosis]).

 

“Esto era una barra de un primo mío, ahora es un restaurantito medio fancy”.

“Esto era la bodega de Faño, él vendía dulces y cervezas. Ahora es caro, un apartamento yo creo que empieza como en $200,000. Y alquilan caro”.

“Y eso ahí era una barra boricua, aquí fue que empezó, cuando hablan de los riots, esa era la barra donde empezó la pelea”.

 

La pelea

La noche del 17 de julio de 1953 hubo una pelea entre puertorriqueños y blancos de Spring Garden que generó una trifulca callejera. La pelea comenzó en un bar de Mount Vernon con la calle 16. Un hombre blanco llamado Charles Brooks fue apuñalado por alguien que no pudo identificar pero que suponía que era puertorriqueño. Luego del altercado, a eso de la medianoche, un grupo de 15 hombres blancos invadió la casa de una familia puertorriqueña y comenzó a golpear a sus habitantes. El recuento lo hace Carmen Teresa Whalen, en su libro From Puerto Rico to Philadelphia: Puerto Ricans Workers and Postwar Economies.

Un hombre que fue identificado por una mujer como uno de los que había entrado a su casa por una puerta trasera, comenzó a patear la ventana de una patrulla de policía cuando intentaron intervenir con él. En adelante, se desató un motín en el que hubo cuchillos, botellas y ladrillos volando por el aire. La pelea se extendió por dos bloques y dos horas. Intervinieron más de 40 policías, tres resultaron heridos. Hubo 15 arrestos. Durante la semana, hubo cuatro noches de peleas alrededor de un radio de cinco bloques.

“Las peleas callejeras revelaron la tensión que rodeaba a los asentamientos puertorriqueños y obligaron a las autoridades y a las agencias de servicios sociales a atender a los migrantes puertorriqueños”, detalla Teresa Whalen.

“Aunque era bastante evidente que las actitudes racistas de los vecinos blancos llevaron al conflicto, la recién creada Comisión de Relaciones Humanos de la ciudad trató el asunto como una falta de entendimiento entre los antiguos residentes [blancos] establecidos y los vecinos puertorriqueños [extranjeros] recién llegados. El incidente motivó el primer estudio de la comunidad puertorriqueña por parte de una agencia de la ciudad y dio lugar a la creación del Comité de Asuntos Puertorriqueños del Consejo de Salud y Bienestar, integrado principalmente por líderes de la comunidad puertorriqueña y funcionarios de la ciudad”, añade Víctor Vázquez Hernández, profesor de historia y ciencias sociales en Miami Dade College de Florida y autor del libro Before the Wave: Puerto Ricans in Philadelphia, 1910-1945.

“La barra donde empezó la pelea, ahora son apartamentos”, dice Gilberto, señalando desde su auto la estructura de ladrillo rojo que tiene un letrero blanco sobre una puerta que dice “Chatham Row Condominiums”.

Hoy el precio de alquiler típico de un estudio de 483 pies cuadrados comienza, en ese condominio y en viviendas similares cerca, en $1,702 y puede llegar a $4,183. Un apartamento con cuatro cuartos puede costar $8,290 al mes.

 

La barrida de Spring Garden

A finales de mayo de 1985, el oficial Thomas Trench fue asesinado con un arma de fuego. Su cuerpo fue encontrado en su patrulla de policía, en la calle 17 con Spring Garden. La investigación policíaca sobre este asesinato incluyó una práctica constante de acecho, rastreo, allanamientos, detenciones e interrogatorios con manos esposadas y sin causa probable, sospechas razonables u orden judicial. Más de cien puertorriqueños fueron arrestados y golpeados por la policía en una semana, según un memorando judicial de la demanda civil Spring Garden United v. City of Philadelphia.

“Todos los detenidos eran de origen puertorriqueño, ninguno fue acusado de un delito en ningún momento, ninguno tenía información material sobre la muerte del oficial Trench y todos fueron finalmente liberados después de que se tomara una fotografía y una declaración adjunta … Esta práctica solo puede ser descrita como una ‘barrida’ del barrio de Spring Garden”, dice el memorando.

El Tribunal del Distrito del Este de Pensilvania decidió a favor de la comunidad puertorriqueña de Spring Garden, en lo que se considera uno de los casos más grandes de abuso policíaco en Estados Unidos.

 

Rastros que quedan

“Y este es el mural que se salvó”, dice Gilberto, ahora frente a la pared lateral de un edificio en donde hay una pintura de la Estatua de la Libertad con la bandera de Puerto Rico en la frente. El mural precede a la protesta del activista Tito Kayak en el año 2000, cuando trepó la Estatua de la Libertad en Nueva York y colocó una bandera de Puerto Rico en su frente. El mural, titulado Puerto Rican Statue of Liberty, fue pintado en 1984 por Dietrich Adonis, Carlos Vásquez, Glenn BHill y Jane Golden.

“Ahora te voy a pasar por La Milagrosa. Otra vez, todo esto aquí era de boricuas”, recalca Gilberto.

La Milagrosa, iglesia católica fundada en 1912, fue uno de los polos de atracción de los boricuas a Spring Garden, según el profesor Vázquez. En 2013, un grupo de sacerdotes de Barcelona decidieron venderla. Ahora es un edificio de apartamentos.

“La importancia de Spring Garden es que allí fue donde se estableció la primera iglesia hispana en Filadelfia, La Milagrosa, en la calle Spring Garden con 19. Yo fui parte de esa capilla”, dice Vázquez en conversación telefónica desde Florida.

“La fachada es la misma, pero quitaron los símbolos religiosos, quitaron las puertas grandes de madera. Sacaron todos los stained glass, los sacaron y los vendieron. Mira, mira, se ve un poquito, dice Spanish, en el cristal de encima. Esta era la fundación, la ruta del pueblo. Esta era la entrada, mira mira, rectory, eso era donde uno iba a tomar café. Eso lo dejaron. Por aquí se entraba para abajo, estaba la oficina y después del servicio uno iba a tomar café”, dice Gilberto, parado frente a la estructura, antes de regresar a Kensington.

 

De Spring Garden a Kensington

A los 16 años, Gilberto recibió un regaló de su papá: una cámara fotográfica marca Olympus.

“Yo no estaba en una dirección buena, había tenido dos peleas donde me rajaron la cabeza con un pipe y una piedra. Y después di una overdose de droga. Y mi papá dijo ‘mira tú te vas a morir en la calle, te van a matar o algo te va a pasar’. Me compró una cámara y dijo: ‘toma’. Empecé a tomar fotos. Tengo la cámara, todavía la tengo. So, desde ese tiempo he estado tomando fotos. Yo he estado documentando la gentrificación desde los 16 años”.

Para entonces, Gilberto y su familia se mudaron de Spring Garden a Kensington.

Era el año 1980. El inicio de la era del presidente Ronald Reagan. Una época marcada por las secuelas del cambio de la industria a la economía de los servicios que desplazó a la mano de obra industrial y transformó zonas de fábricas en bloques en abandono. Filadelfia acababa de salir de la alcaldía de Frank Rizzo, enemigo de la vivienda pública, favorecedor de la segregación racial en las escuelas y propulsor de patrones de brutalidad policíaca.

Gilberto trabaja como diseñador gráfico en el Community College of Philadelphia. Cuando estuvo inhabilitado por un año por problemas del corazón, comenzó a pintar en pastel al óleo. En su apartamento y estudio en Howard Street, Kensington, en el área noreste de Filadelfia, a más de una hora a pie del centro y de su natal Spring Garden, tiene una pintura de colores rojos basada en una de sus fotografías. Representa a una fábrica en fuego: la quema de casas y edificios, cuenta, fue una de las estrategias que se usó para abrir el terreno a nuevas construcciones de alto costo en su barrio actual.

“Esto era una zona industrial, había muchas fábricas y las quemaron a propósito para empezar lo que están haciendo ahora, para tener terreno para hacer gentrificación”, dice Gilberto, mientras por la ventana del apartamento se cuela el ruido de una construcción que le queda justo enfrente.

 

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“Inmediato que compramos esta casa, en menos de un año empezaron a hacer casas por todo alrededor. En lotes vacíos. Tumbaron cuadras completas de casas viejas. Dónde vivían puertorriqueños, lo que hacía la Philadelphia Housing Authority era que dejaban que las casas se deterioraran y después las tumbaban, no las querían arreglar. So is like así es que ellos mantienen a la gente pobre. ¿Por qué no arreglan las casas? You know, ayúdalos a tenerlas cerca de donde están los trabajos. Pero no, eso no pasa. Yo tengo fotos de eso y tengo fotos de como está ahora”.

“La Autoridad de Vivienda de Filadelfia no está descuidando intencionalmente ninguna propiedad. La Autoridad recibe todos sus fondos del gobierno federal. Desafortunadamente, a lo largo de los años, la financiación ha disminuido y la Autoridad no recibe suficiente dinero para mantener todas sus propiedades”, dijo Nichole L. Tillman, Vicepresidente Ejecutivo de Comunicaciones de la Autoridad de Vivienda de Filadelfia (PHA en inglés).

Tillman añadió que “la ciudad de Filadelfia no está exenta de la crisis de viviendas asequibles que atraviesa todo el país y no puede resolverla por sí sola. Por eso colabora con organizaciones para ayudar a crear oportunidades de vivienda más asequibles”. En noviembre la PHA y un grupo de organizaciones sin fines de lucro vinculadas a la comunidad puertorriqueña y latina, entre ellas CEIBA, HACE, Esperanza, Norris Square Community Alliance y la Asociación Puertorriqueños en Marcha, anunciaron la identificación de 240 parcelas que incluyen estructuras vacantes para expandir la cantidad de viviendas asequibles.

A la vez, en el edificio nuevo que levantaron al lado de la casa de Gilberto, los apartamentos cuestan desde medio millón de dólares para arriba. En la misma calle hay otros que comienzan en $600 mil. En la calle de atrás empiezan en $699 mil. Su papá, Teófilo, compró una casa en la misma zona por $23 mil en la década de los ’80.

Cuando Gilberto llegó a Kensington, para esa época, casi no había latinos. “Acá, en un lado estaban los boricuas y en el otro los blancos”, recuerda.

La frontera la marcaba la calle North Front, por donde pasa el tren de la línea Market-Frankfurt. Es un corredor claroscuro, por la sombra que le hace la vía del tren, que se eleva por encima de toda la calle en donde hay bares, cafés, talleres de mecánica, bodegas, una casa de empeño con luces de neón y guardia de seguridad con fusil frente a la puerta, pizzería, una escuela, personas sin techo, edificios abandonados, salones de belleza y ventas de artículos usados sobre mesas en la acera.

“Hubo una época cuando los puertorriqueños empezaron a mudarse fuera de Spring Garden hacia Kensington, por un proceso de gentrificación, en los ’50 y los ’60. Pero había una calle que se llama Front que era como la frontera que los puertorriqueños no podían cruzar. Había puertorriqueños que tenían que ir a la escuela pública al otro lado y hay una gran cantidad de historias de gente que los corrían. Hasta que más puertorriqueños empezaron a mudarse. En los años ‘60 eso se convirtió en un área de contención entre los blancos, que eran muy pobres para mudarse, y los puertorriqueños que se mudaban para allá”, cuenta el profesor Víctor Vázquez.

“Cuando yo me mudé tuve muchas peleas con los americanos. Yo me recuerdo de una en que tres americanos me vinieron a caer encima y yo tenía un radio pequeño y cuando yo vi que se me iban a tirar encima yo cogí el radio y se lo pegué, le metí en la cara. Mi hermana, que yo creo que nunca había dicho una mala palabra en su vida, les dijo ‘mother fucker tú no ves que mi hermanito es tan chiquito y flaquito y tú eres grande’. Eran los early eighties”, recuerda Gilberto riéndose.

La tensión racial entre esa frontera cultural de la North Front, todavía es palpable en el 2020. De un lado de la vía del tren, por las casas obreras de E. Dauphin Street y York, la zona es predominantemente blanca y de clase trabajadora de “cuello azul”: obreros de la construcción, electricistas, mecánicos. En una calle desde la ventana de un segundo piso ondea una bandera que dice TRUMP, justo al lado de la bandera multicolor de la comunidad LGBTTIQA+. En otra casa se puede ver una bandera de “Blue Life Matters”, insignia de Estados Unidos color negra con una línea azul que se identifica con grupos de derecha que defienden el uso de la violencia policíaca.

Al otro lado de North Front, hacia donde está la calle donde vive Gilberto, la presencia latina y boricua es más marcada. Allí uno de los centros de encuentro es el Norris Square Park, en donde hay un árbol con una bandera de Puerto Rico pintada en el tronco. Cerca del parque está la Norris Square Presbyterian Church, una iglesia en donde dos veces a la semana se reparte comida. Quienes hacen la fila para recibir un plato caliente y quienes la sirven son latinos, principalmente de ascendencia puertorriqueña.

“Aquí están viniendo estos developers y te tocan en la puerta y te dicen ‘yo voy a darte $100 mil en efectivo ahora mismito por tu casa… Esta gente que viene son bien arrogantes, bien imprudentes. Muchos vienen de Nueva York”, cuenta Gilberto sobre los nuevos residentes que están llegando a la zona.

Es un movimiento típico del proceso que se conoce como gentrificación: cuando personas de ingresos más altos se mudan a zonas de bajo costo, alquilan, compran y rehabilitan las propiedades, aumentando así su valor, causando el desplazamiento de sus habitantes originales de ingresos más bajos.
La calle de Gilberto, al igual que otras partes de Kensington y áreas cercanas a Fairhill (el barrio boricua), están dentro de los territorios designados como “Zonas de Oportunidad”. En Filadelfia, al igual que en Puerto Rico, aplica esa ley federal que busca incentivar el desarrollo en comunidades de bajos ingresos a través de la reducción en el pago de impuestos a los fondos de inversión en áreas designadas. En Filadelfia hay 82 áreas designadas como Zonas de Oportunidad, que equivalen al 27% de las Zonas de Oportunidad de Pensilvania.

La calle de Gilberto forma parte del Distrito 7 y su representante en el Consejo Municipal de Filadelfia es la puertorriqueña María Quiñones Sánchez. Al preguntarle cuál ha sido el efecto de las Zonas de Oportunidad para su Distrito, Quiñones Sánchez, del Partido Demócrata, responde: “Horrible”.

“La Ciudad tuvo solo una semana para revisar las recomendaciones del estado, porque fue el gobernador (de Pensilvania) que las designó. A mí me dieron 48 horas para revisar la lista (de lugares que iban a ser designados como Zonas de Oportunidad). Y me opuse a muchas de las cosas en la lista. Pero obviamente no son las decisiones locales sino estatales. He tratado de hablar con las personas que tienen esos fondos (de inversión) y que han comprado en mi distrito con el fin de asegurar que haya equidad en lo que se vaya a hacer. Pero al fin y al cabo el poder más grande que tiene un concejal de distrito es land use. Pero no puedo pararlo, todo lo que puedo hacer es shape it. Las decisiones las hicieron en la oficina del Gobernador”, dijo Quiñones Sánchez en entrevista telefónica.

“Moviéndote para el norte, de Spring Garden para arriba y Girard para arriba, lo que cariñosamente le llaman El Barrio, ya todo eso está en proceso de gentrificación”, dice el profesor Vázquez.

 

Fairhill: el barrio que sobrevive

Sobre el terreno, es difícil delimitar en dónde comienza y en dónde termina Fairhill, el que hoy día es el principal barrio boricua de Filadelfia.

“Es que ha cambiado el mapa”, dice Charo Morales, organizadora comunitaria nacida en Puerto Rico que lleva 24 años en Filadelfia.

“Aquí cambiaron los zip codes. Yo estoy en el Distrito 25 si te cruzo la calle, y aquí, hablando contigo, estoy en el Distrito 26. Mis compañeros del Taller Puertorriqueño, al cruzar la calle, tienen que llamar a diferentes números para diferentes agencias y yo tengo que llamar a otros números de diferentes agencias para el mismo problema, aunque estemos en la misma calle, frente a frente”, dice Morales.

Está en su oficina, en el Providence Center, una organización sin fines de lucro que sirve a la comunidad puertorriqueña y latina de Fairhill desde el 1993. Al frente está el Taller Puertorriqueño, otra de varias organizaciones a través de las cuales la diáspora ha intentado consolidar su presencia para sobrevivir en Filadelfia.

El Providence Center está en una estructura de dos pisos que sobresale en la calle 5 – considerada el corazón de “El Barrio” – por sus mosaicos de iconografías taínas. Un mural lateral de Betsy Casañas e Ian “Ekeko” Pierce, ocupa toda una pared con el rostro de una mujer que mira de frente. Tiene un afro de tonos cobrizos cargado con símbolos africanos, latinos y asiáticos, coronado con una cinta que dice “El Barrio”. El nombre del mural es “Sanctuary City, Sanctuary Neighborhood”, en referencia a la designación de Filadelfia como “Ciudad Santuario”, una zona en donde los gobiernos locales protegen a los inmigrantes de la deportación que pudieran llevar a cabo autoridades federales.

La comunidad puertorriqueña en Filadelfia no corre el peligro de la deportación por su estatus de ciudadanía estadounidense. Pero siempre les ha perseguido el discrimen racista y la amenaza de la expulsión de sus barrios por la gentrificación, por lo que viven la ciudad, no como un santuario, sino más bien como un campo de batalla.

“Antes, donde yo estoy sentada, y por donde tú estás caminando, ni tú ni yo como puertorriqueños podíamos caminar porque íbamos a ser asesinados, íbamos a ser ultrajados y te iban a ver como el feo. Obviamente porque esto era una comunidad italiana y germana y aquí no podías venir, aquí no existía lo que es El Barrio ni lo que ahora se conoce como Fairhill”, dice Morales.

Ahora la presencia latina y puertorriqueña se palpa en el ambiente de este barrio que tiene instituciones emblemáticas como el Taller Puertorriqueño, el Providence Center, la escuela elemental Julia de Burgos, la Biblioteca Lillian Marrero, tiendas de música latina, restaurantes y lotes vacíos con edificios abandonados. En Filadelfia, una de las ciudades de mayor segregación en Estados Unidos, Fairhill o El Barrio, que tiene una sección conocida como El Bloque de Oro, es su propio mundo: está en comunicación pero a la vez aislado del resto de la ciudad.

En la misma calle 5 en donde está el Providence Center, hay una row house, la típica casa de clase trabajadora de ladrillo rojo. El primer piso parece habitado, pero el resto se ve abandonado. Banderas de Puerto Rico desgastadas cubren dos marcos sin ventanas que miran a la calle desde la segunda planta. La pared del lado de la estructura de tres pisos está pintada con un gran mural del rostro del líder nacionalista puertorriqueño Pedro Albizu Campos.

Cerca hay una vivienda a la que le añadieron un balcón de cemento con rejas y parece una casa terrera de Santurce. Tiene un letrero de cartón que dice “Se venden Limbers”, el típico hielo con sabor puertorriqueño, de piña, leche con coco y peaches. Por las esquinas se escucha gente hablando español, con el tintineo de martillos hidráulicos de construcciones al fondo. Desde los carros suenan ritmos de trap o bachata. De vez en cuando el aire se carga con el aroma del cannabis.

Es un miércoles de finales de agosto al mediodía, todavía se siente el calor del verano, pero pronto llegará el invierno. Un hombre se acerca y pregunta dónde puede conseguir a new blanket, una frisa nueva. A la derecha hay una parada de guaguas y un mural que dice: “Aquí comienza el Bloque de Oro”.

 

Proyectos fallidos para proteger a las comunidades

La representante Quiñones Sánchez fue la proponente principal del Banco de Terrenos (Land Bank), una agencia central creada en 2013 con el poder de adquirir terrenos vacantes y propiedades con deudas de impuestos, ya sean públicos o privados. Las propiedades que controla la agencia luego son transferidas a compañías privadas  o grupos comunitarios para su desarrollo.

“Era para entregar la propiedad a la gente que la ha mantenido por años”, dice Quiñones Sánchez, concejal desde 2007, en una entrevista telefónica.

¿Cuál fue el resultado del Banco de Terrenos?

“Horrible, horrible, horrible”, responde.

“Ha sido ineficiente porque hay gente en el Gobierno que piensa que una comunidad pobre no debe de obtener esas propiedades. Ellos prefieren venderla a developers y ‘gentrifiers’ que a las comunidades porque eso es lo que les va a brindar más dinero”.

En enero de 2019, Quiñones Sánchez presentó legislación que busca añadir más transparencia y supervisión al Banco de Terrenos, luego de que se revelara que la Ciudad vendió lotes por debajo del precio de mercado a compradores con conexiones políticas.

 

Block Party contra la gentrificación

 

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El 5 de septiembre hubo una manifestación en el sur de Kensington en contra de una medida de Quiñones Sánchez. A las 3:45, con la temperatura a 79 y el cielo despejado, el ambiente en la calle Lawrence era el de un party en la cuadra, un Block Party. El público era una mezcla de negros, blancos y latinos. El murmullo que sonaba por debajo de las mascarillas anti virales era una mezcla de inglés y español. La música que sonaba entremedio de los discursos era de los reggaetoneros Héctor el Father, Ozuna y J. Balvin.

El party se llamaba Kill the Bill, en referencia a la medida de Quiñones Sánchez que propone la construcción de una torre de 20 pisos, en donde el 20% debe ser vivienda de precio asequible, basado en el ingreso medio promedio. La torre sería en terrenos baldíos de North American Street, a siete minutos a pie de la calle en donde estaba la manifestación.

En esa calle está el César Andreu Iglesias Community Garden, nombrado en honor al periodista y sindicalista nacido en Ponce. La manifestación fue convocada desde la página de Facebook de ese jardín comunitario, en donde colgaba una tela que decía en letras grandes “Kill the bill – Matar la propuesta”.

En medio de la actividad, en donde había un carrito vendiendo tacos y burritos, olor a salvia e incienso de copal, una mujer con vestimenta y maquillaje de catrina mexicana posando para fotos, niños y niñas en patinetas o paseando a caballo de la mano de adolescentes residentes del lugar, llegó la noticia de que Quiñones Sánchez había retirado la medida, temporalmente.

Puchi de Jesús, activista de 25 años que forma parte de Philly Boricuas, una organización que surgió a partir de las manifestaciones en la diáspora del Verano del 2019 que culminaron con la renuncia del entonces gobernador de Puerto Rico, Ricardo Rosselló, tomó un turno en un pequeño podio de madera que había a la entrada del jardín César Andreu Iglesias.

“El hecho de que el proyecto de ley haya sido eliminado no significa que la pelea haya terminado. No estamos luchando contra la vivienda asequible, estamos luchando contra estas formas disimuladas de echarnos fuera de las comunidades. Cuando dicen vivienda asequible, el proyecto de ley dice 20 por ciento de vivienda asequible, y depende del ingreso medio promedio. Y tal vez al principio sea por el ingreso medio promedio. Pero la mayoría de las viviendas van a ser lujosas e inasequibles. Entonces, ¿quién va a vivir en esas viviendas? Será toda esta gente que se va a extender desde Fishtown hasta este vecindario, toda esa gente que viene de otras partes de la ciudad, en su mayoría blancos ricos. Y comenzarán a aumentar el ingreso medio. Así que la vivienda para personas de bajos ingresos y la vivienda asequible van a significar mierda. Debido a que el precio subirá eventualmente, ese ingreso medio no significará nada. Y ya vemos cómo están cambiando las cosas, la gente está comprando propiedades, rehaciéndolas, remodelándolas, y una casa que costaría 100,000 dólares mañana va a costar 400,000 dólares, 500,000 dólares. Y tú estás viviendo aquí tratando de echar para alante y tal vez quieras comprar una casa y te darás cuenta de que no puedes pagarla. Y eso es lo que va a pasar. Entonces, solo porque el proyecto de ley haya sido eliminado no significa que la pelea se detiene. Debemos seguir luchando”.