¡Los 25 de 2017! #1 La vida después de María

El día después del huracán...

…The Day After

 

(cuando supimos que esto se j*dió bien duro)

Han pasado meses del huracán y un recuerdo sigue dándome vueltas en la cabeza, como un hámster peludo y mullido que se trepa en su rueda y gira sin cansarse.

El día después del huracán, cuando la bestia atmosférica siguió su rumbo, me tiré a la calle a enterarme del desastre. Al principio fui tímido, sin duda temeroso ante lo que por obligación me tocaba presenciar, esa recomposición de escena que María impuso caprichosamente sobre nuestro entorno. Pero no solo salí a ver lo que quedó sino a coger aire, a estirar los huesos, a desentumecer los ánimos. Estar encerrado en la casa me produjo ansiedad, sofocón, culillo. No estoy preparado para eso. Se me vuelve una angustia punzante y eso es parte de afrontar el desastre.

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Llega un momento en que la propia casa se torna una jaula. Bonita, cómoda y adornada a nuestro gusto pero jaula al fin. No sé si les pasa a ustedes pero yo invierto tanto tiempo fuera de ella que la oportunidad de gastar horas en eso que llamo mi hogar puede volverse tortuoso. Es paradójico que a veces me queje de no tener tiempo para pasarlo en casa leyendo o haciendo lo que me gusta y cuando al fin llega la oportunidad quiero evitarlo a toda costa.

María me obligó a estar en casa, enclaustrado, rumiando la nueva situación poshuracán.

Descubrí que no tener luz ni internet es una tragedia de nuestra ultramodernidad. Fue de las cosas que María nos restrelló en la cara. Por ratos me daba la sensación de que la existencia quedó truncada por el aislamiento total. Ocurrió un abismo, así lo sentí, así lo padecí. Ahora sabemos qué pasó en el resto del país pero en aquel momento, ese día después, todo era puro desconocimiento y sospecha. Viví el no saber nada como quien atiende un rumor de devastación alimentado por información fragmentada. Hubiera sido ideal contar con el registro del Facebook al menos con el live de aquella o aquel que trasmite el colapso en su zona pero no pudo ser. No fue.

Sin luz ni internet estamos en la caverna total.

Y a mí esa paja de volver a ser gente en la noche oscura y estrellada, como en el cuento de José Luis González, no me convoca nada. Soy gente viendo Netflix en aire acondicionado y con cerveza fría que sale del freezer.

El día después del huracán me tiré a pie por la carretera 844 hasta el cementerio Buxeda. Me acompañaba mi niño de siete. De ahí enfilamos por la avenida San Claudio. El panorama resultaba rudo de asimilar. Uno ni se imagina cuánto pueden cambiar las cosas de la noche a la mañana con unos vientos. La naturaleza puede hacer que todo se vaya al mismo carajo y nosotros solo somos meros y tristes espectadores.

La destrucción era evidente y me dio por pensar que, mientras caminábamos hacia la panadería Facciola sorteando pedazos de zinc y letreros de los comercios tirados por toda la calle, estábamos en medio de una escena de la película The Road. ¿La han visto? Es la hecatombe que nos entrega el gran autor americano Cormac McCarthy. La hecatombe y, en medio de ella, los seres humanos.

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Después de María el paisaje ya no es el mismo. No será el mismo. Me temo que por largo rato continuará siendo así. El país tampoco será el mismo. Y me rehúso a los cantos de sirena que aúllan que nos levantaremos y estaremos mejor. Hay un optimismo que me resulta ofensivo por trililí, por baratija.

Algunos dicen que esto se jodió bien duro. Nunca me ha gustado ser tan concluyente en la vida pero hay ocasiones que empujan y me entran unas ganas enormes de decirlo yo también.

** El autor es historiador y escritor.