Lo desconocido es la fibra y coartada del poema

Aquí un comentario en escrito, por el poeta Kidany Acevedo

Pudiera decirse que, en un mundo donde se despilfarra la información y aun así el conocimiento es controlado, quien lleve el título de poeta debe apelar a lo que sobra de los sentidos.

Esta perreta puede tenerla cualquiera —yo mismo, en esto que hago, soy cualquiera— pero el poeta encuentra una imagen quebrada que le permite tener razones para no olvidar sin mentir. La insistencia de memorias honestas es la herramienta que tienen los versos para remendar la historia del lector, pero para que sirva es imprescindible aceptar la verdad a medias que sostiene un poema.

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La verdad a medias es un artificio vital para el poeta. Le permite hablar de encierros y abrazos sin faltarle honestidad pero, a su vez, le concede el espacio para omitir el paradero de las manos que cerraron su puerta o sacudieron sus brazos. De este modo las certezas que cargan las metáforas se minan de llenablancos para ser poblados con la información que el lector controla. Hay que ser consciente de que los detalles innecesarios juegan en contra del escritor, lo descubren para condenarlo, aunque a veces su única culpa sea el permitir ser leído. Teniendo esto como línea de defensa, el poeta disfraza su arte de mentir con un recurso justificado en otros planos literarios, pero que en la poesía no es más que un refugio de acusaciones: la incógnita.

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La incógnita, fibra y coartada del poema, facilita espejos entre las imágenes poéticas. La estrategia de decir lo mínimo necesario para contar una urgencia hace que el lector se vea a sí mismo como partícipe o víctima del texto. Confesarlo todo sería declarar la nostalgia como humo de segunda mano, sin darle espacio a quien lee para que ubique sus ceniceros; sería convertir lo escrito en un mero desahogo o en una carta sin interés.

Utilicemos como ejemplo el poema “Déjenme sola con mis cosas” de Anjelamaría Dávila. En sus versos se plantea hastío y un voto de distancia, la poeta exige que se le deje sola con sus “pestes”, mas no deja rastro para encerrar su emoción en una situación particular. Si se estudiara un verso crudo, como lo es “–excúsenme el beso por un tiempo–”, se puede advertir que su emoción es válida tanto para la tristeza, el amor o el coraje atado a un tercero, como lo es para el aislamiento, la introspección y el orgullo propio. En este poema Anjelamaría da cátedra de cómo utilizar la verdad a medias, ya que transmite su sentir de forma muy acertada y de golpe, pero sin declarar culpables ni causas.

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En la construcción de metáforas, las manos deben limitarse a crear o destruir, a golpear o acariciar, puede cerrarse el puño o taparse el cielo con un dedo, sin embargo, pierden validez tan pronto se utilizan para señalar direcciones o dibujar mapas. Es imprescindible tener presente que la poesía no es un amasijo de palabras destinadas a descifrarse. Si el lector siente vestigios de miedo en un texto donde se hable de cerrojos, entonces quiere decir que el poeta dejó colores vacantes para la subjetividad ajena. Esto es una de las propiedades más hermosas de la poesía: hacer mutua una emoción sin necesidad de haber atestiguado la situación que la provocó.

Es deber del poeta concederle ruido y tachones a su voz. Contrario a un intento biográfico, donde se precisan fechas y lugares absolutos, la poesía necesita de una memoria rota para concebirse, lo único absoluto en ella es el impulso que la hizo emerger. Es por esto que en todo poema hay un indicio de vacío, el poeta necesita de la mentira para que sus palabras parezcan creíbles, y el necesitar mentir no es la causa de sus advertencias, sino el alcanzar la mentira más cruel de todas: la verdad a medias. Su herramienta contradice la urgencia que lo empujó a escribir, el poeta escribe por miedo a mentir y a su vez miente sin miedos. Esta paradoja es la responsable de crear el lazo poeta-lector, es la razón que le permite ser leído.

(El autor es poeta)