La cosa está mala

Malísima...

 

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Cada semestre los profesores se disfrazan de motivadores, y ante la pregunta obligada de la escasez de empleo, es común que le roben la frase al muscu-pensador Javier de Jesús “El Machazo” y escucharlos decir que “el que tiene talento y dedicación va a conseguir un buen trabajo”. Bebeces, este es el primer paquete con el que te inician en la vida adulta. Cuando comencé a estudiar comunicaciones en 2001, los muchachitos hablaban de cómo serían los Amós Morales, las Sylvia Gómez y los Luis Francisco Ojeda del siglo que se acababa de estrenar… catorce años después, estamos viendo la misma gente en los medios, programas con los mismos conceptos y el alma de Yoyo Boing vagando por los canales.

Nos mintió el profe, la universidad y las reflexiones Coelhísticas. “No hay gloria sin talento”, dice un rapero que suelo escuchar, pero en un país al revés son otros factores los que pesan más que la capacidad de las personas.
 

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Mi generación se crió con “la abundancia de los 90” en que las reglas para el éxito eran sencillas: estudia y trabaja duro. Después de septiembre 11, la economía se fue por el barranco, las empresas decidieron recortar gastos, le metieron tijera a la empleomanía y los trabajos comenzaron a disminuir. Muchos pensaron que eso sería momentáneo porque nos acostumbraron que “los gringos lo resolvían” y que todo volvería a la normalidad, hasta que pestañearon y las cartas de los préstamos universitarios comenzaron a llegar a las casas igual de oportunos que una prueba de embarazo positiva un mes después de las justas.

Aquellos sueños de langosta y champaña se fueron reduciendo a Cheese Whiz con galletas Export Soda después de María. Así fue como muchos tuvieron que “aplazar sus ambiciosas metas por un tiempo” y meter caña en tiendas por departamento, o en lo que fuera que pagara cada dos semanas. “La cosa está mala” nos repetimos con resignación en la semana y también la usamos como excusa para '’ de ron los viernes.

En Puerto Rico al momento de buscar trabajo, el resumé no es lo más importante: es “la pala”. El método infalible para echar pa’ lante es tener un familiar, amigo o chillo que te acomode en algún puesto. Claro, esto conlleva tener que ser el soplapotes toda la eternidad de la persona que “te dio la mano”, pero el honor es lo de menos cuando las tripas suenan y los '’ abundan. Lo peor es que con tanto amiguismo se perpetúa la mediocridad, que no solo está en el gobierno, sino en la empresa privada donde cualquier batata puede convertirse en jefe después de haber hecho un par de favores o ser el primo de alguien importante. No se necesita ser inteligente para escalar posiciones, sino encontrar un par de nalgas que besar en nombre del progreso.

Esta situación no es exclusiva de este peñón del Caribe, pero por nuestra condición de ser parte de una colonia en donde la corrupción es mucha y la decencia es poca, hasta para cargar papeles en una colecturía tienes que haberle chupado una o dos cosas a alguien. No solo esto nos divide en bandos en los que cada cual vigila sus habichuelas, sino que se nos sale el Quico de “la vecindad del Chavo” que todos llevamos dentro.
 

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El nacionalismo vacío cobra protagonismo cada vez que queremos convencer a los chamacos pa’ que se queden en el país, porque aquí tenemos alcapurrias, un manantial donde lavan caballos en Vega Baja y reinas de belleza que desfilan por la pasarela del Cantón Mall. Una que otra vez sale algún fulano con un “ejemplo de superación” en el que nos dice cómo venció la pobreza, ignorando que con una o dos historias “con final feliz” -y sin contar toda la verdad- no se reconstruye un país, sino con herramientas y con una sociedad con igualdad de condiciones. Algunos otros se abrazan a la idea de que aquí todo va de maravilla y dicen que “solo basta fijarse en lo lleno que están los centros comerciales”. Y la verdad es que Plaza siempre está '”, pero es gracias a esas tarjetas de crédito que te ponen la deuda como grillete al tobillo. El boricua se intenta automedicar el alma con el “Dios proveerá”, aunque sigamos en la rueda del hamster. Tampoco se pueden olvidar que el comercio sobrevive porque el capitalismo voraz nos tiene ciegos, y es mejor vivir de apariencias que lucir como un pelao y tener un iPhone 5 como un "aborigen". La economía subterránea llega como una vía para algunos, o como decimos: “el boricua se las busca”… ya sea vendiendo películas pirateás o perico en el punto.

En las redes sociales se llega a minimizar el problema de la falta de oportunidades porque allí solo vemos avatares y desconocemos el “background” de las personas. Yo he visto “comecandelas” de aire acondicionado y recosta’os en posiciones privilegiadas hablando de “jalar machete”, pero en su vida no han liga’o ni una mezcla de cemento. También sé de muchos que se retratan con puño arriba y la bandera, y “serían borincanos aunque nacieran en la Luna”, pero a la hora del mambo quieren imponer las reglas de cómo se debe amar la patria, odian al compatriota que difiere de su pensar y feliz de la vida te ponen el pie si tienen el break. Al parecer, la politiquería rampante es uno de los pocos oficios que pagan bien, no importa si no nos lleva a ningún sitio.

¿Qué vamos a hacer con los chamacos que están ahora en la universidad? ¿Seguir con los cánticos de sirena metiéndole '' de que una vez se gradúen van a encontrar trabajo en lo que estudiaron? ¿Usar el “amor al país” y el poético "no te rindas con Puerto Rico" como gríngolas pa’ que no miren a otro lado? ¿O les vamos a venir con la idea de que “hay que reinventarse” cuando todavía apestan a pupitre? Aunque nos duela y nos moleste, el aeropuerto sigue siendo la opción y el exilio la mejor oferta para ellos. La diáspora les hablará del homesickness y del “en otros sitios del mundo pasan cosas similares”, pero no tiran un pie al bote porque saben que la isla se ve más bonita de lejos. Jóvenes, yo no voy a mentirle como lo hicieron sus profesores, sus instituciones y su gobierno: la cosa está bien jodía, y se va a poner peor.