Gallo que pierde… ¿A la basura?

El que pierde, casi siempre, corre con esa suerte

Luis y Freddie Rivera, padre e hijo, trabajan juntos en la curandería del Club Gallístico de Naguabo. Ambos son de Río Grande y bajan a la tierra del Río Blanco para buscarse el peso y quemar fiebre con los gallos.

Para Luis, que lleva más de 30 años envuelto en el negocio del pico y las espuelas, los gallos son una vía para llevar comida a la mesa. Además, ha sido un espacio de formación familiar y, por qué no, para compartir el tiempo con su hijo Freddie, que recientemente terminó el cuarto año e inició estudios para ser barbero.

Ambos se encargan de trabajar las aves una vez terminan el combate. El centro de trabajo es la curandería, un cuarto pequeño, con unas cuantas jaulas en madera y una mesa donde hay antibióticos, cremas, comida y otras medicinas para darle a los gallos luego que libran batalla.

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“Tengo estas jeringas con antibiótico, esto se le pone al gallo cuando termina. Le doy esta pastilla para los golpes internos y le pongo esta crema en la cara para las heridas. También le damos jugo de china con huevo, es como un ponche para darle energía. Se le da comida después que terminamos”, explica Luis, mientras trabaja con el gallo ganador.

Freddie sostiene el ejemplar y se encarga de bañarlo. En la rejilla que divide el cuarto del resto de la gallera los propietarios de los gallos se presentan una vez acaba la pelea para entregar las aves combatientes. El gallero da su nombre y se registra en la libreta de los curadores. Curiosamente, en la mayoría de los casos el único gallo que sobrevive es el que gana. Los dueños deciden el futuro de su gallo si pierde.

“Ellos nos dicen qué hacer”, dice Freddie.

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Ahora mismo, mientras Luis y su hijo trabajan con el gallo ganador de la primera pelea de la jornada gallística de Año Nuevo, el gallo perdedor agota su tiempo de vida ensangrentado y en el suelo, justo al frente de una bolsa negra. ¿Qué se hace con el gallo que pierde? Metro preguntó y respondieron.

“Ese gallo lo sacrificamos. El dueño así lo decidió”, asegura Luis.

El gallo perdedor, que llegó derramando su sangre por el pasillo, se coge por el pescuezo y con una buena movida termina sin vida.

“Luego se echa a la basura”, prosigue Luis.

En la gallera los gallos que pierden desaparecen. De hecho, no hay tal cosa como un registro de muertes por peleas. Según señalamos en una serie especial trabajada por este medio el año pasado, los números de la Comisión de Gallos, de 1984 al 2016 se celebraron más de cuatro millones de peleas de gallos en Puerto Rico, (4,037,074 sin contar el 2009). En dichos desgloses anuales no se ofrece información alguna sobre las muertes de estos animales.