Por qué estoy a favor de la educación con perspectiva de género

Emite su comentario socio-político en ¿¡Politiqué!? el profesor, escritor y actor Alejandro Carpio.

También esta columna puede ser llamada “Carta latinoamericana a dos amigos, a propósito de una memoria casi del ancho de una década” o “Reflexión en torno a las nuevas formas de hacer política bajo el ala de movimientos emergentes” o “Consideraciones libertarias producto de un paseo por diarios y redes electrónicas en un momento histórico álgido: Texto extensísimo escrito para otra persona”

Estoy de acuerdo con la Educación con Perspectiva de Género porque esa parece ser la única alternativa política para lidiar con el machismo, que tanto daño hace y tanta violencia genera. Esto lo afirmo sin ninguna reserva. De otra parte, nunca he negado que desde mi inescapable punto de vista, buena parte de la “teoría” que subyace bajo muchos de sus principios filosóficos me parece una colección de dislates (en ocasiones basados en juegos de palabras de filósofos franceses de los años sesenta, inclusive) y —también desde mi inescapable punto de vista— siempre he sostenido que las conclusiones a las que llegan en demasiadas, demasiadas ocasiones resultan —hablando, como decimos en mi isla, a calzón quitao— incoherencias imperdonables desde un punto de vista puramente lógico.

Quienes repiten la mayoría de sus conceptos son, para todos los efectos, una secta muy influyente: la secta woke. Te habrás dado cuenta de que sus miembros más activos hablan con el llamado “lenguaje inclusivo”, una jerigonza que cumple las veces de “habla” de culto. Entre mi círculo de amistades (por eso de la universidad y las artes, espacios propensos al escolasticismo) pululan algunos de estos: la gran mayoría, gente adecentada, a quien respeto y aprecio.

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Pero son una secta, ojo. Los más devotos realizan una ecuación fatalista entre cuerpo y alma, pero también conceden que cuerpo y alma viven separados irremediablemente (para dilucidar estas y otras contradicciones, los practicantes se sirven de términos escurridizos y volubles), y los más adoctrinados cuentan con la capacidad de intercalar frases como “el género es tan solo un constructo”, “perpetuar paradigmas patriarcales” o “no es suficiente no ser racista: hay que ser antirracista” en el mismo medio de una conversación.
Son enemigos jurados de los supremacistas blancos, a quienes ven como “el Enemigo”, con quien luchan a través de las redes sociales. Figúrate por un instante a los neandertales racistas del Norte, esos que enarbolan la bandera confederada y dicen “these are our monuments” (no me refiero a “los sureños” de Estados Unidos: me refiero a un puñado reducido y sumamente fotogénico de ellos: a los atorrantes que se enlistan en grupos paramilitares porque piensan que los judíos controlan el mundo, que Obama es un homosexual musulmán que los quiere esclavizar, que Tom Hanks bebe sangre de niños, etc.)… Pues estos otros locos, los de la secta woke, son la contracara. Comiquísimos.

Ahora les ha dado con pelear con un muñequito de un zorrillo que se pasaba persiguiendo a una gata: lo perciben como una “mala influencia” para la juventud así como los religiosos de antaño miraban con malos ojos a las bandas de rock pesado, los tatuajes, los piercings, etc. Sé que es idiota, ¿pero ves lo que te digo? En todo momento —y muy a pesar de sus limitadas herramientas— rumian cómo combatir el machismo, la violencia de género, el racismo. Aunque expresado de forma estrafalaria, su genuino interés de anular la violencia machista me provoca una auténtica admiración.

Lo del lenguaje inclusivo merecería examinarse con las herramientas de la antropología. Por alguna superstición, a los woke hispanos los embelesa el sonido de la letra “e”, que utilizan como un “no género” para sustituir las declinaciones, una especie de sincategoremático nuevo con el que planean corregir algunos aspectos del machismo (los menos devotos lo ven, creo, como un mero idiolecto comunitario). En Estados Unidos, por la naturaleza del inglés, los miembros de la secta utilizan otros juegos lingüísticos (aunque la base teórica sea la misma) como cambiarse los pronombres personales o al menos dejar saber cuáles son sus “pronombres preferidos” para propósitos litúrgicos. Los más viejos de la secta, además, sostienen que los jóvenes (que son sumamente activos en esa comunidad) disponen de poderes proféticos y son capaces de importantes epifanías.

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Pues esta gente (y esto lo digo con todo respeto), viniendo de distintos estratos sociales y sin asistir a ninguna iglesia centralizada (más allá de sus congregaciones en algunos departamentos universitarios de las Humanidades y las Ciencias Sociales); esta gente —decía— es quien mejor se ha organizado políticamente para luchar en contra del machismo como fenómeno cultural desde el poder del estado, al menos en mi país. A este punto me parece obvio que el socialismo no es un buen contrincante para el poder del Capital a la hora de lidiar con la enorme cola de problemas que involucra el patriarcado. No se pudo. Pues en lo que el hacha va y viene y surge algún movimiento socialista laico antes de la catástrofe ambiental que se avecina, diría que estos locos son aliados en varios frentes de lucha y (¿quién sabe?) incluso hasta camaradas. Hay que tenerles el ojo pegado, eso sí, porque son muy crédulos y se dejan impresionar mucho por la vista. Vamos, que tampoco creo que poner los “pronombres preferidos” en Twitter implique la profesión de la doctrina woke en su totalidad (como eso de que la palabra es la cosa, la idea de que “Black se escribe con mayúscula y white, con minúscula”, totemismos, etc.).

Una cosa que no me gusta es que se molestan demasiado cuando el proletariado (la clase media baja no universitaria, debería decir) no asimila de inmediato alguno de los puntos más enrevesados de su catequesis; además, practican la intolerancia y el prejuicio contra generaciones mayores. Carecen de conciencia de clase (más allá de una vaga idea sobre ricos “malos” y pobres “buenos”) y presumen que todo el mundo los odia… Los dirigentes pertenecen a lo que la activista estadounidense Barbara Ehrenreich llama “professional–managerial class”, lo que a grandes rasgos recoge a cualquier miembro de la sociedad que haya visto una película francesa en algún punto de su vida.

Debo informarte que en mi país estos locos se han organizado bajo un partido nuevo, cuya plana es bastante educada y cuyos fanáticos veneraban a una suerte de televangelista (o “influencer”, si prefieres ese término) de apellido Lúgaro, quien el cuatrienio pasado ensayó el recogimiento espiritual e intentó pasar por socialista delante de las cámaras y ahora ha caído en desgracia. Han tenido un éxito sin precedentes en parte gracias a la destreza y carisma de la televangelista y a una desilusión cada vez mayor (sobre todo entre universitarios) con los dos partidos hegemónicos (gangas atornilladas en la burocracia semicolonial de nuestro (des)gobierno) y con un tercer y antiguo partido de nacionalistas, en donde las ideas de la secta no han calado del todo. La secta se ha aprovechado del número terrible e imperdonable de crímenes relacionados con la violencia doméstica y otras manifestaciones del machismo, incluidos desde el bullying hasta el acoso y el asesinato, para ofrecer esta alternativa educativa llamada Perspectiva de Género, en la que pone su fe. Los dos partidos principales (las dos gangas) se oponen explícitamente (uno más que el otro) porque temen enojar a otro grupo religioso, más poderoso por ser más viejo: el de iglesias evangélicas conservadoras, que también heredan su dogma de grupos religiosos del Norte. Los religiosos evangélicos suelen ser bastante ingenuos como bloque político, como sabrás, y no hay más que tocarles dos o tres botones (aborto, derechos de minorías, etc.) y los convences. No todas las iglesias cristianas se resisten, pero la vasta mayoría sí y como realmente no hay demasiada evidencia de que aplicar teoría de género al sistema educativo primario vaya a detener o reducir la violencia doméstica y mucho se mantiene en un plano hipotético, los dos o tres evangélicos que quieran evaluar el asunto con frialdad se trastornan. Este debate, de hecho, se puede ver como una lucha de ideas religiosas, aunque el bando del partido emergente, el bando de la secta “woke”, sea mucho más “educado”, aunque igual de caricaturesco.

El tema es que la implementación de Perspectiva de Género todavía no recibe el aval del estado y se ha convertido en un “cause célèbre” no solo de la secta sino de varias de las izquierdas de la isla, incluido en cierto grado el partido nacionalista que te mencionaba. En mi abismal ignorancia supondría que, de querer que se aplicara la pedagogía en cuestión en las escuelas del país, lo más lógico sería acudir a las uniones de maestros y presentarles el evangelio de la Perspectiva de Género para que así ellos implementen el sistema, pero entre un enorme desorden sindical (resultado del blablablá del capitalismo tardío y el blablablá del neoliberalismo salvaje) y la tradición de resolver la cosa política a través de abogados, la batalla se está dando en la Legislatura.

Entre tantos retos, encontramos el de la credibilidad. Uno de los miembros fundadores del partido político de la secta, Rafael Bernabe, es de las personas más cultas de este país, profesor de la universidad y todo, de formación marxista, un académico publicado y toda la vaina y al pobre lo tienen hablando con la letra ‘e’ como si fuera un chamán en medio de un trance (‘todes esto y todes lo otro’). Les hacen brain-wash, obviamente. Lo mismo ha llegado a acontecer con otra de las figuras más prominentes del partido: una abogada legendaria con una larga y honrosa carrera, quien, cuando dirigía el gremio de abogados de la isla, comenzaba cada reunión proclamando “Bienvenidos y Bienvenidas sean todos y todas al Colegio y Colegia de Abogados y Abogadas de Puerto y Puerta Rico y Rica”; ahora ha transado, para efectos de abreviar, con la devoción de la letra “e”, lo cual me parece, dentro de las terribles condiciones en las que vivimos, un avance.

Pégale una ojeada a uno de esos documentales sobre cultos y sectas que tiene HBO. En las sectas siempre hay uno que es “el leído”, “el culto” del culto. En el culto de mi papá, de hecho, él es el que juega el rol de “el culto”. Su secta se llama La Comunidad o a veces el Partido Humanista. Creo que una vez te hablé de ellos una vez: también son una secta religiosa que, pese a sus muchas contradicciones, al menos está orientada a políticas de “izquierda”. Bueno, pues el caso es que en el culto woke todos son “los cultos”: es un culto de gente culta. Y, lo obvio: mucho de la cultura culta de este culto no se presta para el cultivo de sanas conversaciones con la “turba inculta”.

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Para ilustrar la brecha ideológica entre la secta woke y la actual ideología del proletariado (aquí uso el término de manera irresponsable, lo sé, aunque quizás ni tanto) sirva el siguiente ejemplo: la televangelista de la que te hablaba, pancista al fin, no es muy devota que digamos, pero sí ha hecho un indiscutible esfuerzo por hablar la lengua de los misterios. El año pasado expresó en público que ella disfrutaba de vivir su “privilegio blanco”, un concepto que viene de la sociología gringa (aplica la noción marxista de privilegio de clase a la raza: algo muy gringo en la medida en que obnubila la discusión sobre clase) y el tiro le salió por la culata porque “el boricua de a pie”, la “turba inculta” que no sabe nada, creyó reconocer ahí una afirmación racista: que ser blanca era un privilegio en el sentido de “orgullo”. Los de la secta se alarmaron ante lo que les pareció evidencia de cómo la maldad y la ignorancia han echado raíces en el pueblo. Algunos miembros prominentes de la prensa, la academia y el entretenimiento aprovecharon esta confusión para diseminar con exaltación y celo la noción de que TÚ eres un racista, TÚ eres un homofóbico, TÚ (siempre en segunda persona) eres un cerdo machista y TÚ eres un transfóbico (este es de los peores). Un circo, te digo.

El punto es… Aunque uno no comulgue con ellos, hay que aceptar que todas las alternativas políticas anteriores no han logrado hacerle mella a los constantes y muy reales abusos de la violencia machista. Ni las instituciones gubernamentales, ni la iglesia ni la empresa privada han podido —o siquiera querido— arreglar esto. Y el movimiento obrero tiene sus límites, vamos. ¿Cómo uno hace para que un jovencito del centro de la isla (por allá, lejos de Alturas de Eburno, donde resido) no viole a su noviecita en una date? Más allá de “hablar de estos temas”, “crear consciencia” y “dar el ejemplo”, que no componen demasiado a corto plazo (y estamos ante una emergencia). A través de la legislación es muy difícil detener cosas como el bullying (¿qué propondrías? ¿multar niños? ¿multar a una madre abandonada por la manera violenta en que su hijo bully trata a un compañerito de clase afeminado, lo que a la larga no es ni culpa de ella, sino de que al niño le ha dado con imitar el comportamiento de otro bully de la escuela? ¿cómo se arregla eso políticamente?)… Entonces de la nada surge un grupo religioso (porque eso es lo que son) y se propone —por seguir sus escrituras y sus gurús, por humanidad, por decencia, por la razón que sea— corregir el machismo desde las instituciones políticas, mano, y aunque mucho de lo que propongan sea incoherente, al menos, mi hermano, al menos, están dando la batalla. Esa gente, ahí donde tú la ves (perdona tantos paréntesis), es la única que está tratando de que la mierda esta del machismo amaine. Y se trata de una lucha a muerte.

Y ¿qué es, en concreto, la Perspectiva de Género? Pues implica contradecir la noción de que “el azul es pa los nenes y el rosita es pa las nenas”. Es —y esto lo digo con cero voluntad de sorna— básicamente eso, pero asumido con una enorme convicción. De más está decir que la Educación con Perspectiva de Género —que yo intento aplicar en mi salón de clase y en mis proyectos como editor de textos escolares— va más allá de (y es más antigua que) la secta woke, de la misma manera en que el concepto de “guerra santa” no es patrimonio exclusivo del catolicismo. La idea de que “el azul puede ser de nenas y el rosita puede ser de nenes” no ha sido asimilada porque, entre tantas consideraciones que se desprenden de ella, entra en juego la relación que hay entre los roles de género del performance “tradicional” binómico (macho-hembra) junto con otros posibles roles de performance de género y sexualidad, hasta el punto en el que se pretende aludir, para propósitos educativos y en el contexto de un salón de clases, a la mera existencia de un hogar compuesto por una pareja gay. Y, pues, el resto es historia: los fariseos evangélicos juran que esto equivale a la sodomización sistemática e inmisericorde de los niños del país y su respuesta ha sido proporcional a tal preocupación.

En esta ocasión, los fariseos evangélicos también se organizaron un poquito y, como parte del espectáculo electoral del año pasado, se sumaron a la campaña de “combatir el bipartidismo” (una manera de hacer no-política de manera militante, propia de esta época despolitizada e irracional) y llevaron a dos de sus candidatos al poder, incluida una flamante “abogada canónica”, televangelista también, con una visión de mundo no exenta de inflexiones franquistas. Su máximo líder (un pediatra amante de los sombreros) albergaba pocas esperanzas de llegar al Ejecutivo, pero continúa ejerciendo su función de guía moral, de gnomo alucinado y de troglodita imponderable.

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Otra de las discusiones políticas sobre estos temas (en los que #teamWoke se enfrenta a #teamFranquismo) trata del procedimiento de lavado de cerebro (que en ocasiones incluye distintos tipos de tortura mental y física) llamado “terapias de conversión”, con el que los fariseos del cristianismo evangélico piensan “curar” la “desviación” de “género” de sus “hijes”. Recientemente se derrotó un proyecto de ley que procuraba prohibir dichas “terapias” porque los dos partidos principales (las gangas) cerraron filas con la mayoría evangélica, pero también porque la ley estaba redactada de manera tal (no sé si por una ambición admirable pero posiblemente anticonstitucional o si por el deseo de que el proyecto de ley fracasara en aras de conseguir algo que se me escapa) que se sugería la posibilidad de que el gobierno les quitara la patria potestad a quienes les enseñaran a sus hijos la cosa esa de que si participas del sexo gay, cuando mueras arderás eternamente en el Infierno lejos de la presencia del Creador. Un circo de todas partes, viejo. El ambiente está cargado y hay mucho fanatismo. Por ejemplo, el mero hecho de yo señalar esto (que el lenguaje del proyecto de ley le daba autoridad al Estado a penalizar padres homofóbicos) me puede agenciar que me acusen de machismo o transfobia, males sociales que, junto con el racismo, conforman la tríada de pecados capitales de la secta woke. El proyecto de ley se mercadeó como un intento de prohibir las “terapias de conversión” y fue derrotado: ahora los miembros de la secta (que, repito, tienen su horizonte de expectativas fijado en el Norte) están dándose golpes de pecho y certificando que esto equivale a una victoria del fascismo. Lo terrible y preocupante es que ahora de seguro habrá un auge de dichas “terapias”, ya que los fanáticos evangélicos más pendencieros se sentirán envalentonados por la derrota del proyecto de ley. A todas estas (y perdona que sea tan repetitivo) señalar esta posibilidad le agencia a uno el mote de “privilegiado”, una variante de “colaboracionista” muy del gusto woke.

¿A qué voy? A que dentro de todo (y esto lo digo con mucho respeto) los miembros de la secta woke son quienes único están proponiendo formas de combatir el machismo a nivel estatal y la herramienta que desean emplear (y que yo incluiría como parte de un programa de bachillerato en Pedagogía o entrenamiento de maestros más que como directrices al Departamento de Educación, but that’s just me) es esa. Así que apoyo incondicionalmente la Educación con Perspectiva de Género (así, con mayúsculas). Punto. Y en 2024, a menos que venga alguien con un plan más interesante para bregar con el machismo o con una revolución verdaderamente socialista que tenga la oportunidad de ganar, los de la secta woke tienen mi voto, indistintamente del partido en el que marchen.

Post scriptum:

Dedicado a Stanislaus, amigo colombiano. Como te habrás dado cuenta, aquí te contesto de manera detallada una pregunta que nunca me hiciste. Estaba leyendo noticias sobre lo que pasa en Colombia y leí una noticia sobre cómo Biden continúa jodiedo a Cuba y me acordé de que van ya casi 10 años que hablábamos sobre la violencia colombiana allá en La Vana, Cuba, y me puse a pensar también en unas violencias recientes (y en otras que no lo son tanto) que han estado resonando por estos lares… y eso, que me puse a pensar en las violencias. Perdona, chico, por escribir esto con referentes tan locales (la pandemia nos ha encogido a todos), pero sospecho que se habrá comunicado lo esencial. Me imagino que allá hay también de esos que convierten lo lingüístico en fetiche, con sus frasecitas mágicas, tabúes, la idea de que existe una fusión mística entre la palabra y la cosa, curanderismo, desconexión, etc. Nunca he concluido que mi isla sea el punto más cavernícola del orbe; tampoco así. Como mucho del dogma sectario se ha diseminado por el discurso político gringo que reniega de Trump, la derecha se ha hecho eco de muchas de las críticas que se le realizan al dogma. Estas críticas son mucho más viejas que el trumpismo, por supuesto, pero en estos temas la memoria es siempre corta. Estarás al tanto de Sokal y sus discípulos, espinas de la “teoría” antes llamada posmoderna, maestros bufones que señalaron la deshonestidad y el escolasticismo que pululan por algunas universidades imperiales, donde —como antaño sucedía con los monasterios— se cuecen credos con la intención de validar el poder de forma oblicua. Toda esta “teoría” suena muy revolucionaria, pero nada más lejos de la verdad. Desde mayo del 68 al día de hoy, la CIA se ha interesado por los presupuestos ideológicos de la “teoría” (de géneros, de razas) hasta el punto de que ya la agencia de espías está imbricando intersecciones identitarias en los libretos de su publicidad. Y la verdad es que no hay corriente filosófica tan mala que no tenga algo bueno… o divertido al menos. Si te entusiasma el predeterminismo, este campo te intrigará: los woke denuncian la invariable disposición espiritual de alguien blanco a ser de tal o cual manera, pero refutan cualquier tipo de inclinación predeterminada en alguien negro, mulato, asiático, etc.; entienden que cualquier manifestación de la sexualidad humana es, a la larga, contingente, menos la heterosexual; declaran que la mujer es mil cosas, pero el hombre solo una. Este predeterminismo acusa un marxismo imberbe: a los de “arriba” los mueven fuerzas sobrenaturales; a los de “abajo”, no. Uso el término “imberbe” para dejar claro que reniegan de la noción de clase social, la que, en medio de una conversación etílica o en caso de querer buscar metáforas, podría encarnarse en la venerable barba del viejo Marx.

Dedicado a Danay, amiga cubana… Bueno, tú quizás leas esto con condescendencia porque eres mujer y albergas menos imbecilidades machistas en la cabeza; por esta razón, es posible que tengas un ángulo más natural y constructivo para entender estas cosas. Perdona mi gringosplaining. Solo te pido (y esto sí que lo digo con respeto) que prestes atención porque esta secta en algún momento va a llegar hasta las instituciones gubernamentales de Cuba, a menos que desaparezca antes, cosa que podría no suceder demasiado rápido por eso del “avasallante imperialismo cultural”. Nah, son inofensivos y bien intencionados, pero… you know… tampoco caigas en su doctrina. En otras notas, qué cabrón el Biden. Es increíble. Sabrás que allá en Estados Unidos estos locos del movimiento “woke” infiltraron distintos grupos de activistas y entraron al partido y, entre una cosa y otra, lo ayudaron a ganar. Están ahora los gringos de eso que allá arriba llaman “izquierda” (jajajá) enfrascados en discusiones circenses sobre una amplia variedad de temas identitarios. La crítica que se les suele formular apunta a que, como no ven mucho más allá de sus goces e identidades, se dejan manipular fácilmente por el aparato propagandístico imperial, hasta el punto de que con todo y lo vocales que son para “combatir la supremacía racial”, por ejemplo, han desistido de luchar por las políticas que más solevantarían a negros y latinos (educación superior gratuita, aumento en el sueldo mínimo, sistema de salud socializado, legalización de la marihuana, etc.). No los desvela el imperialismo y desconocen de la existencia de otros lugares: toleran que niños transexuales mueran de hambre en Yemen, pero no que alguien se burle de ellos en Estados Unidos; si uno les señala esto, lo acusan a uno de “invisibilizar su lucha”. Ya sea por supremacía imperial o por provincianismo (qué importa por qué sea), gustan de cantarles hosannas al Partido sin ver más allá de los confines del imperio, pero créeme que Trump hubiese sido peor. Nada, te escribo orita por Guasá.

Actualización: El gobernador, líder de la ganga menos afín a la propuesta, finalmente le otorgó su beneplácito. This is happening. Ya veremos.

 

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El autor, Alejandro Carpio, es profesor en la UPR-Cayey, actor y escritor