Entre el infortunio y el olvido, la historia de un viejito de Yabucoa

“Aquí la vida ya no es vida”, dice don Adrián Quintana mientras nos abre la puerta de su residencia en el sector La Playa de Yabucoa. Es un “bohío humilde”, con unos tres cuartos vacíos, una cocina en desuso y unas cuantas décadas de salitre en las paredes.

A sus 95 años, don Adrián intenta sobrevivir día a día a su circunstancia a solo unos pasos del mar. La soledad, la falta de recursos, su salud y el recuerdo de unas hijas que se marcharon a los Estados Unidos y que, según cuenta, no tienen ningún interés en volver, son solo parte del coctel rutinario que lo pone a prueba mental y espiritualmente cuando las fuerzas de seguir viviendo se le agotan.

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Foto: Amanda Rivera

Para don Adrián la soledad se ha encargado de todo en esta etapa de su vida. Particularmente, luego del paso del huracán María. Y es que aquí en La Playa en Yabucoa parece como si el temporal hubiera azotado hace unas semanas. Hay escombros, hay problemas con el tendido eléctrico, no hay luz y en la vida de los viejitos como don Adrián, todavía es la hora que no se asoman las esperanzas.

“Yo tengo un marcapaso que me lo pusieron después que pasó ese monstruo [el huracán María]. Yo viví San Felipe, pero esto fue el doble. Se me mojó todo y todavía se me moja la cama. Aveces no puedo respirar porque me falta el aire por el calor. Las ventanas se dañaron y no entra el fresco”, señala Adrián, con voz entrecortada, visiblemente fatigado y con los ojos llorosos. 

La nueva temporada de huracanes está a la vuelta de la esquina y todavía don Adrián sigue durmiendo en la sala de su casa. Justo al cruzar la puerta principal de la humilde vivienda una cama con dos sábanas y un mosquitero da una bienvenida poco acogedora y chocante.

“Yo duermo aquí porque se me mojó el cuarto. Cuando llueve se me moja y como yo no puedo estar haciendo fuerza me quedo aquí”, asegura.

Mientras nos muestra las pocas latas de atún y salchichas que todavía conserva en una nevera que ya no sirve, don Adrián lamenta sobremanera que su vida cierre de esta forma. Después de tanto andar por la vida, de trabajar tanto y ayudar a sus vecinos, don Adrián sufre el hecho de ser “una carga para otros”.

“Yo me dediqué a la pesca. Fui un hombre pescador y ayudaba mucho a la gente. En el pueblo me conocen y le dan la mano a uno. Pero no es bueno, porque yo no quiero esto. Uno siempre solo, sin nada y tiene que estar pidiendo que lo lleven al médico y esas cosas. Me hallo ensorrao. Los otros días me regañaron porque yo tengo malas ideas. Imagínate, no hay una persona que venga tan siquiera a verme”.

No obstante, en medio de la crisis que arropa a todo el mundo en la comunidad costera, las vecinas de don Adrián, doña Julia del Moral (87 años) y Herminia Quintana (65), son un soporte importante.

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Foto: Amanda Rivera

“No nos queda de otra que ayudarnos entre nosotros. Aquí no han venido ni a recoger escombros”, manifestó doña Julia.

Al sol de hoy el total de muertes luego del paso del huracán María no ha podido ser precisado. A pesar de que el gobierno de Puerto Rico ha insistido en que la cifra oficial es de 64, un estudio circulado por la Universidad de Harvard apunta a que el número de fallecidos pudiera alcanzar los 4,645.

¿Qué tiene que ver eso con don Adrián? Bueno, que a casi nueve meses del golpe huracanado, todavía hay gente vulnerable y sin asistencia que pudiera sumarse a las cifras. Don Adrián es uno de esos condenados al olvido.

"Imagínate, ya pronto vienen más huracanes por ahí. Yo no sé, pero que se haga algo", fue lo último que nos dijo Adrián.

De acuerdo con los datos ofrecidos por la División de Calidad y Estadísticas Vitales del Registro Demográfico entre septiembre y octubre del año pasado se reportaron 1,244 muertes más que para el año 2016 (4,724 muertes entre septiembre y octubre de 2016 / 5,968 muertes entre septiembre y octubre de 2017).

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Y es que el asunto de las muertes ha resultado ser demasiado complejo como para reducirlo a una mera relación lineal entre causa y efecto. Se trata de gente que, más allá del fenómeno, les tocó [y a los que les sigue tocando] llegar a los brazos del infortunio por falta de asistencia.