El regalo de los Tres Reyes Magos... una bella 'love doll'

Aquí un clásico para este día tan especial de parte del escritor Josué Montijo

No hay nada mejor en el mundo que ser complacido. Piénsalo, estoy seguro que concordarás conmigo.

El pasado 6 de enero me levanté de la cama poco antes de las 10 am. Tras los procedimientos habituales fui a la sala y, bajo el árbol encendido, atisbé una caja grande y envuelta perfectamente. Traía una moña a juego con los colores del papel. Lucía espectacular. Soy de los que del regalo me fijo en todo.

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Me emocioné. A quién no le gusta que le regalen, y más un día como ese. Además, una caja enorme siempre impresiona, engorda la pupila.

Sin embargo, tuve disciplina y me ceñí al ritual mañanero. En la cocina me preparé un café espresso y me lo tomé de inmediato, mirando por la ventana a los pajaritos en su ecojangueo. Para mí ese primer café mañanero es como el buche de metadona para los adictos. Un trámite necesario para que el sistema operativo suba completamente. Luego me preparé otro, pero con leche y azúcar, que me tomé más sosegado, para disfrutarlo largamente. Y puse música, algo del pianista Horace Silver. Me encanta el jazz en las mañanas. Vivifica el alma.

Despejé la mesa del comedor, fui al árbol y agarré la caja. Tenía mi nombre. Y ocurrió la magia. Un regalo para mí, enorme y pesado. Volví a ser un niño pequeño. La ilusión fue más grande que yo.

Abrí la caja con cuidado —sin desbaratar el papel para no ser desconsiderado con quien lo envolvió— y saqué lo que había en el interior. Una muñeca. Pero déjenme decirlo correctamente: ¡La muñeca!

Brinqué de alegría. No pude contenerme. Mis vecinos se habrán alarmado, pero no importó, el día era de celebración.

Soy muy antojadizo, lo reconozco. Yo quería una muñeca y fui complacido.

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Cierto que soy un comprador antojadizo, e incluso algo compulsivo, pero me gusta escoger bien lo que compro. La prisa nunca ha sido buena consejera, lo saben. Cuando andaba en busca de mi love doll, así se le conoce a ese tipo de artefacto, quería la mejor en términos de sus cualidades vis a vis mis expectativas, necesidades y presupuesto. Lo mismo cuando compro zapatos. Aparte del estilo considero la calidad, los materiales con los que se confecciona, dónde se hacen, cómo se les mantiene y así por el estilo.

Con mi love doll no podía ser de otra manera y me lancé a la búsqueda con gran interés.

Lo inicial fue empaparme de la oferta. Formas, colores, estilos y usos. Existe una variedad descomunal y me tomó tiempo asimilarla. Invertí semanas indagando y supe que ya es una realidad convertir esa idea que uno se hace de algo en alguien. La fantasía se hace realidad.

Una love doll es una jeva confeccionada siguiendo tus estrictos requerimientos. Escoges las piernas, el pelo, los ojos, la espalda, los labios, los dientes, los pómulos, los dedos, las caderas, las nalgas, la nuca, el olor, los pies, el vello púbico, la temperatura, la tonalidad de la piel y hasta el maquijalle que lleva. Sin duda, un paso revolucionario.

Luego vino la parte más fría del asunto, la vinculada a la decisión racional de cómo inviertes tu dinero.

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Tuve la fortuna que di con un site en internet llamado The Doll Forum. Era justo lo que necesitaba. Ahí la comunidad de usuarios reseña y discute temas diversos, desde la calidad y las características de los productos, los pros y los contras de cierto modelo, los materiales que se utilizan, la tecnología que lleva cada muñeca, quiénes son los manufactureros, el rating de los vendedores, el tiempo de espera, las experiencias de los consumidores y muchas cosas más que me fueron sumamente útiles al momento de seleccionar.

Usted dirá que es una exageración todo esto. No lo es, créame. Si te vas a gastar lo que yo (y mi esposa que costeó la mitad), más vale que hagas una sabia decisión sobre dónde inviertas tus chavitos. Lo menos que quieres es que tu love doll te salga un limón.

El día de reyes la pase como un niño afortunado. No puedo decir otra cosa. Mi esposa se reía de mi lucimiento. Estaba tan encantada que hasta me sugirió que le pusiéramos un nombre. Por mí súper, por qué no, pienso gozarme el regalo a todo dar.