El amor por la Patria no tiene colores

Era un lunes en la mañana en esta bipolar isla tropical, donde si nos dejamos llevar por el sabroso tapón, parece que el tema del exilio es un falacia y que los carros se multiplican como gremlins cuando les pegan manguera. Con el hangover en el cuerpo y la amargaera de la inminente rutina, procedemos a entrar a nuestra fuente oficial de noticias: Twitter.

De repente, salta a la vista un tuit de una de las lumbreras de la colonia, uno de esos intelectuales de salón que ha generado unos chelitos con el Estado Libre y Asociado, porque bajo “servicios profesionales” en este país guisa el que dulcemente le toque el güiro al gobierno.

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Y así comenzamos una semana con este chulito mensaje de desunión. Luego de dos semanas en que los boricuas estaban pompiaos con las Olimpiadas, en que gritaron cuando Mónica ganó el oro, y lloraron cuando Culson fue eliminado, creo que hace tiempo no veía a los boricuas tan unidos… hace mucho tiempo, desde que Tito Trinidad le ganó a De La Hoya. Yo no estuve muy pendiente a los Juegos Olímpicos (por razones que puedo explicar en otra ocasión, pues es un tema largo), pero me puse a fijarme en la gente, no solo en las redes sociales donde las criaturas isleñas actúan dejándose llevar por lo que dictan los likes, sino en la calle. Fui al supermercado a comprar cervezas (porque aquí las tensiones se liberan con ron y Tostitos) y no noté a nadie preguntando si eran penepés, populares o independentistas los que serían testigos de la nueva gesta patriótica, solo podía escuchar “¿vas a ver el juego de Mónica?”

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Donde vivo, cuando la nueva querendona le metía a la raqueta con el mismo swing que el humortivador cuando espanta las moscas que se le pegan a la espalda baja, los gritos de los vecinos se hacían sentir, y el “¡juaaaaaaaa!” del pueblo no era ni verde, colora’o o azul, sino que esos gritos tenían un solo color. Tenías que tener un alambre de púas alrededor del corazón para no emocionarte. Eso fue nuestra versión dosmilera de “La noche que volvimos a ser gente” de José Luis González, y era inminente la secuela de una “Breve anécdota de heroísmo folklórico del fin del milenio” de Tito Auger. Los fourtracks ya estaban ready, las bocinas de los carros chillaban con júbilo y el patriotismo subía al cielo con el humo de los &#39bernaos’. Era un desorden tan lindo que hasta la gritería hizo música.

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Fuimos hermanos… hasta que la politiquería interrumpe, y todo siempre se jode. Es momento de dejar los odios de pasadas generaciones, enterrar las malas mañas de los doños adictos al fracaso y entender que el amor por el país no tiene que ver con ideologías. ¿Quién decide o no los que realmente aman a Puerto Rico? ¿Los pipiolos? ¿Los populares? ¿Los penepos? ¡Ombe no! Nadie puede definir el amor que otro boricua siente por su isla dejándose llevar por su afiliación política. Aquí dos o tres tienen la falsa percepción de que la ideología que predican (porque algunos solo la predican, pero se niegan a ejecutar) es la verdad absoluta que Dios escribió con su puño sobre piedra.

Gente, ¿quién le dijo que si usted persigue la independencia, usted está en lo correcto y nadie puede refutarlo? ¿Quién le dijo a usted que buscar la anexión es una misión casi divina o un mandato del mismísimo Jesús de Nazaret? ¿Quién le dijo a usted que al votar porque la colonia permanezca significa que pertenece a la última cepa de patriotas? No, gente, usted cree que algo es lo mejor para su país y lo defiende, pero eso no significa que usted tenga la verdad absoluta en sus bolsillos. Yo creo que todos los boricuas quieren lo mejor para su país, porque nadie quiere ver su cuna fastidiá, y que el lugar donde aprendieron a dar sus primeros pasos esté jodío. Cada cuál busca la forma de lograr un cambio, pero eso en nada tiene que ver cuánto aman esta bendita isla. Ni Silverio puede ser la vara donde midan la puertorriqueñidad, ni yo, ni NADIE puede hacerlo.

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No voy a tapar el cielo con la mano, sí, muchos estadistas han metío las patas mostrándose como unos cabizbajos, blanqueándose pa’ gustarle al Tío Sam y minimizando lo que se hace en esta isla. Eso no tiene que ver con todos los estadistas (meter a to’ el mundo en el mismo &#39blender’ nunca es bueno), porque la gente con el espíritu débil está en todos los continentes y archipiélagos; algunos creen que lavándose la cara se les quita lo africano y lo indígena, algunos el alma se les escapó por las patas hace tiempo y se niegan a moverse cuando los tambores repican.

Ah, ¿que algunos defienden que con la anexión no tendrán Comité Olímpico? Sí, es verdad, pero eso no impide que sientan orgullo por sus atletas, como también siente orgullo el más recalcitrante de los independentistas cuando Carlitos Arroyo metía las &#39jumpas’ en la NBA, o cuando Barea se ganó el campeonato con Dallas, o cuando Carlitos Colón lo sacaron por la tercera cuerda en el Royal Rumble del &#3993. El orgullo por la gente de tu aldea no tiene que ver con anexión o independencia, porque aquí aplaudimos a Jaime Espinal por sacar cara por nosotros, pero también aplaudimos a Carmelo Anthony por ser la cara de nosotros en otros lares.

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Y si algunos estadistas han fallado al querer ser menos boricuas, tampoco olvidemos a la izquierda de queso manchego, que habla de los problemas del País desde sus butacas, pero en su vida le han metío diente al pan con aguacate y sal, y bajarlo con la malta dándole gracias a Papá Dios porque hay algo pa’ echarse a la boca. Si usted habla mucho del obrero, pero no come como obrero, usted está hablando mierda.

Muchos independentistas engabana’os (o los de la guayabera) le meten al “bla, bla, bla” y no saben lo que es mover las nalgas en “El balcón del zumbador”, pero se atreven a hablar de cómo siente y padece la calle… ¡la linda! Incluso, yo conozco a dos o tres pichones de estos que si un penepé pierde el trabajo, se alegran aunque el tipo o la mujer no tenga pa’ llevar comida a su mesa, porque son igual de retrógradas que la derecha que tanto critican. La escena cultural (los &#39culturetos&#39) también es elitista, y ahora pa’ joder algunos son tan caripelaos que quieren ser los dictadores de la puertorriqueñidad.

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¿Qué ustedes creen que siente un estadista cuando ve las olas rompiendo en La Pared en Luquillo, cuando respirá el BBQ en Buyé o cuando siente la arena de Flamenco en Culebra? Sí, siente lo mismo que un estadolibrista, un independentista y uno que no tiene ninguna ideología. Sí, lo mismo, porque el amor a este país no se compra ni te lo regalan cuando se saca la tarjeta electoral.

¿Qué ustedes creen que siente un estadista cuando llega a la fiesta de una tía, ve el lechón en la vara, el dominó con las sillas plásticas blancas, los sandwichitos de mezcla y Marvin Santiago de fondo con “Fuego a la jicotea”? Exacto: lo mismo que el resto, la cafrería de la buena, ese feeling único que te da el compartir con la gente de uno. Gente, el amor por la Patria no tiene colores ni está atado a ideologías.

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Quizás muchos insisten en ser agentes de la división entre boricuas, pero ya lo dijo una vez Albizu: “la victoria de un puertorriqueño sobre otro puertorriqueño es la derrota de la Patria”. No podemos resolver nuestro estatus ni nuestros problemas, si todavía estamos en la pelea de “mi papá es más fuerte que el tuyo” y “yo amo esta isla más que tú”. No pretendo cantar el Kumbayá caribeño, pero no podemos seguir haciendo la misma mierda y cargando el mismo pensar divisorio de los doños que nos trajeron hasta aquí.

Los gatilleros (a sueldo) de teclado que sigan metiéndole duro a los tuits, sigan disfrazando la inacción con humortivación, sigan escondiendo sus complejos con el falso populismo, y sigan creyendo que el chicharrón es carne; que cuando no nos quede país para amar, cuando la isla sea un lugar irreconocible y sombrío, y cuando ya no haya compatriotas para abrazar, no vengan a repartir culpas ni a decir que no fueron parte del problema.