De narcos poderosos, sanguinarios y gays

El legado de Pacho Herrera.

El personaje se llama Pacho Herrera, y sale en la serie Narcos (Netflix). Es uno de los cuatro capos que dirigen el cartel de Cali, la organización criminal que marcó el paso del gran negocio del narcotráfico en Colombia durante las décadas de los ochentas y noventas.

Pacho es inteligente, despiadado, sofisticado, sanguinario y cosmopolita. Junto a los otros tres capos del cartel, viene a encarnar el nuevo perfil que ganó esa organización criminal tras la caída a balazos de su archienemigo Pablo Escobar. Con un cartel de Medellín descabezado, el de Cali tuvo pista libre para ascender vertiginosamente.
 

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Herrera se incorporó al cartel de Cali por su habilidad para blanquear dinero. Tenía el touch necesario para semejante tarea. Y mira que lo necesitaban pues la producción y los dividendos del cartel excedían por mucho antiguas cuotas. Además, frente al ritmo de crecimiento los métodos que se usaban para manejar la fortuna y sostener las influencias de la organización pronto fueron insuficientes.

El buen trabajo que Pacho Herrera realizó para el cartel hizo que su posición se disparara hasta convertirse en uno de sus líderes.

Sin embargo, este personaje posee otro aspecto interesantísimo. Pacho es abiertamente gay en un mundo de criminales sobrada y burdamente machos. Y ese ángulo de la historia capturó mi atención porque arroja informaciones valiosas sobre lo que constituyen las identidades sexuales, cómo se (de)construyen y cómo se (des)ajustan incluso en referencia a los códigos de comportamiento de grupos criminales afincados en sociedades tan machistas y patriarcales como la colombiana. El tema no es nuevo —el novelista Fernando Vallejo lo trató en su novela La Virgen de los sicarios— pero no por ello deja de ser sugerente y más en una serie que ha tenido tanta difusión.
 

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Y pensar que me había resistido a ver Narcos.

Entre muchas, hay una escena que me resulta particularmente poderosa.

El Pacho Herrera llega a un bar. Está lleno, la música suena a todo dar y corre la bebida. Pero no llega por pura casualidad sino a ajustar cuentas con un viejo enemigo. Sin perder tiempo, el de Cali va a la mesa donde está su adversario, lo saluda cordialmente y le invita a una botella de ron. El otro acepta, aunque la desconfianza es palpable. Pacho, en el ánimo de ser lo más hipócritamente sociable que las circunstancias le permiten, le dice que se sentará a tomarse unos tragos, y limar asperezas, pero primero debe hacer algo.

Suena Dos gardenias, bolero bárbaro escrito por la cubana Isolina Carrillo.

Herrera saca a bailar a su amante, a la par jefe de su escolta. Bailan con una soltura y placidez dignas de admiración. Innegable belleza en su baile, un foreplay tensamente hermoso. Bailan por diversión, por pasión, por joder. Bailan para patentar una voluntad, un statement de hierro que si bien evoca el respeto por la diferencia igual al terror que imponen los poderosos y crueles. La violencia es chantajista, a ratos de forma bruta, a ratos sutil. Entonces los narcoamantes se besan. Juguetean con su volátil pasión. Todas las miradas caen sobre ellos, mas nadie se ríe, nadie comenta. Los dejan ser. Termina la danza y Pacho despide a su pareja, galante, y entonces se allega hasta la mesa de su enemigo.

Tras eso, viene la salvajada, la sangre, el terror. La ley del cartel.

Si no han visto Narcos, métanle ya, y conozcan al Pacho Herrera.