De menores y la cárcel... Esas locas ansias de legislar en Borinquen

Hablemos claro.

Años atrás, mientras trabajaba en la edición de lo que eventualmente sería el libro sobre los Ñetas (Asociación Pro Derechos del Confinado), recibí una llamada de uno de mis colaboradores en dicho proyecto. Se trataba de un guardia penal a quien había entrevistado y, por lo útil de su testimonio, se convirtió en eso que los historiadores llamamos técnicamente una fuente historiográfica.

Lo cierto es que más allá de las horas de conversación que sostuvimos sobre su trabajo en la cárcel, y todo lo vinculado a ello, empezamos una relación amistosa que poco a poco fue ganando terreno. Tenía el individuo unas cualidades que siempre me han parecido estimables: buen conversador, inteligente, capaz de escuchar y sagaz. Sin contar que era tremendo conocedor de la música salsa. Además, y esto resultaba bien importante, bastaba escucharlo algunos minutos para uno darse cuenta que a su corta edad estaba más que curtido en las faenas carcelarias y sus ramificaciones callejeras. A mi juicio, como persona, como fuente historiográfica y como personaje resultaba un ejemplo muy particular.

Su llamada entró cerca de la medianoche y yo, al tanto de sus horarios de trabajo, la atendí de buen agrado. No era la primera vez que a esas horas dialogábamos sobre la cárcel.

Aquella conversación no duró mucho pues solo quería contarme algo breve. Digo contarme aunque más bien, inferí inmediatamente, el hombre deseaba apalabrar un malestar que le ocurría en ese instante. Esa fue la impresión que me dio al escuchar su tono de voz. “Creo que tú puedes escucharme y comprender la situación que enfrento en este momento”, eso me dijo y con ello despejé mis dudas al respecto.
 

menorescarcel-ebcac0140621c1c8dc5b85f7927dc2bc.jpg

La prisión es un mundo cerrado, y no solo en el aspecto obvio de lo físico. Los sujetos confinados estructuran su mundo particular dentro de las rejas mediante ciertas prácticas cotidianas, rituales organizativos, códigos de conducta y un largo etcétera. Igual sucede con los guardias penales que a fuerza de la rutina laboral quedan irremediablemente insertos dentro de esa dinámica tan exclusiva. Hay quienes sostienen que los guardias devienen en esos otros confinados, solo que por una jornada de trabajo específica.

Uno de los elementos dominantes entre ese ámbito del encierro y sus personajes y el afuera en el que estamos nosotros es el hermetismo a la hora de hablar sobre el tema. Los oficiales de custodia tampoco quedan exentos del mismo. Uno llega a creer que la evasiva (a veces tajante o a veces más diplomática) a hablar sobre lo que constituye su trabajo diario se debe a la idea, al recelo, de que nadie realmente entenderá lo que allí dentro sucede.

Entonces el estigma que ejerce la cárcel sobre todos los sujetos que la viven se hace más duro.

Por consiguiente, una llamada de un guardia correccional con la intención de hablarte sobre lo que estaba pasando en su rutina de trabajo de por sí constituye un gran avance, al menos para mí y mi investigación. Me había ganado su confianza, correspondía pues tenerle paciencia.


 

e-f5b8d6819bb23cb7707a089d3f279f21.jpg

En aquel momento él trabajaba en un centro de detención para menores. Y a esa hora de la noche, cuando me llamó, atendía a un niño acabado de llegar por un supuesto caso de agresión. Apenas tenía nueve años de edad, y cuando le notificaron que lo ubicarían en una celda con el resto de la población comenzó a llorar y a llamar desesperadamente a su mamá.

Solo nueve años y en la cárcel. Me lo puedo imaginar claramente.

¿Qué se supone que haga yo? El guardia me lanzó esa pregunta que no pude contestar. ¿Qué podía decirle desde la comodidad de mi casa a un hombre enfrentando tal escena en un frío salón de un centro de detención?

Su pregunta quedó en el aire porque pronto tuvo que terminar la llamada. El niño esperaba por él.

No tengo palabras para describir la sensación que dejó en mi cabeza.

Luego supe que a los pocos días del suceso ingresó al mismo centro de detención el hermano del niño. Tenía doce años de edad y se buscó un caso, dijo a los guardias que lo recibieron, solo para estar allí y proteger a su hermanito.

Tenga la certeza que por ahí empieza un espiral de situaciones que se repiten sin cesar. Poco importa que cerremos los ojos para pretender no verlas, están ahí, suceden.

Existen actualmente tres proyectos legislativos que buscan, cada uno desde una visión particular, derogar la Ley de Menores de Puerto Rico para crear un nuevo marco de ley. Los proyectos fueron radicados, dos en la Cámara de Representantes y uno el Senado, y aguardan por su pronta aprobación.
 

download41-91cd588842fa25ec37daea2bc69fbf90.jpg

El caso de la niña Alma Yarida es uno que hay que mirar con detenimiento.

Las enmiendas propuestas en esos proyectos están vinculadas a asuntos medulares como el establecimiento o no de una edad para procesar menores en los tribunales, las penalidades a aplicarse y las condiciones para la detención de menores en las instituciones juveniles, entre otros más.

Eso que suelen llamar debate legislativo versó sobre varios puntos específicos. Por un lado, unos apelan a la necesidad de endurecer el proceso contra los menores para que impere la ley y el orden en el país. Por otro, hay quienes objetan esa visión planteando que lo que se busca con tales enmiendas es imponer un código penal para menores amparado en una política pública punitiva y con estrictos fines penales. Es como si no hubiéramos presenciado el fracaso absoluto de la llamada mano dura contra el crimen.

No es poco lo que se juega enmendando la ley que recae sobre esa población tan sensitiva. Tenemos el caso de la menor Alma Yarida Cruz, de once años de edad y estudiante de educación especial, que será juzgada en los tribunales por una supuesta agresión suscitada en una escuela de Carolina.

Puestos a soñar, uno querría que asuntos como lo concerniente a la ley de menores fueran atendidos con mayor rigurosidad. Insisto, hay tanto de por medio. Mientras, por esas rutas de las ansias locas de legislar y establecer políticas públicas, de los vaivenes políticos y politiqueros, de la repetición nauseabunda de eslóganes huecos y de la mediocridad más insultante se nos sigue yendo lo que queda de país que, a estas alturas, es poquísimo.

(El autor es historiador y escritor)