Crónicas de María: Somos animalitos de costumbre

La nueva rutina después del huracán.

Poco a poco uno va acoplándose a la nueva rutina. No por gusto, claro está, sino por obligación. Pero eso no debe sorprendernos. A pesar de todo lo que nos creamos, nunca perdamos de perspectiva que tú y yo (seres humanos) seguimos siendo animalitos de costumbre. Por tanto, podemos aclimatarnos a todo.

A veces me ataca la nostalgia, particularmente por el aire acondicionado. Dormir en las noches se ha vuelto una actividad infernal. Nada más pongo la cabeza sobre la almohada y comienzo a sudar. Sudo. Sudo. Vuelvo a sudar. Si contara la cantidad de vueltas que doy en la cama tratando de “refrescarme” por cantitos probablemente sean cientos. Debo considerarlo como parte de mi workout diario.

Las sábanas se empapan y empiezan a apestar. Las cambias pero se repite la situación. No hay agua corriente y hay que bregar con el olor. Reconozco que le estoy cogiendo cariño al tufo.

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Me levanto y la brega primera es buscar el desayuno. Nosotros que estábamos acostumbrados a comer avena orgánica con leche de almendra, blueberries, semillas de chia, aceite de coco y demás cositas semejantes hemos tenido que volver a ser mortales. Nos bajaron del pedestal con una pedrada de ciento ochenta y cinco millas por hora.

Pero no hay tiempo para quejarse.

Voy a la panadería Facciola y allí, irremediablemente, le meto al menos hora y media a la fila. Si la fila llega al parking entonces gano doble porque cojo mi dosis de vitamina D. El sol castiga como tribulación bíblica. Sudo. Ya voy quemando las calorías que aún no he comido. Mantengo mi paz mental haciendo cerebrito con el revoltillo caliente, las tostadas, el café y el agua que voy a diligenciarme para todos en la familia.

Al rato hay que meterle al asunto del agua para bañarse y para los inodoros. No hemos llegado a la necesidad de usar bolsas plásticas para el número dos. Los modos civilizados priman todavía. Pero llenar cubitos y galones en la piscina requiere una templanza digna de monje tibetano. Hago alarde porque me someto a la tarea como si nada (hombre de la casa ejemplar), aunque estoy harto de esa pendejada.

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(Todas las fotos: Reinaldo Josué Hernández)

Gloria a las deidades pertinentes porque a estas alturas de la crisis todavía no he tenido que mamarme una fila en una gasolinera. Y en mi barrio las filas son bestiales. Dicen que el tiempo promedio que la vida te exige en una de esas filas es de cinco a seis horas. Y ojo, la fila de la gasolina es como el amor: no hay garantías de nada. Así que, en lo que a mí refiere, el asunto del combustible cae en el territorio brumoso de la fe. Echaré gasolina cuando todo se haya normalizado. No me maldigan, soy un tipo aspiracional y extremadamente positivo. Esa añorada normalidad sucederá cuando las fuerzas estatales, celestiales y militares comandadas por el gobernador y Trump se conjuguen y logren estabilizar la jodida crisis que nos ha provocado María.

Horas después viene el almuerzo, porque ante todo no se nos ha ido el apetito. La ansiedad nos ataca pero no tanto como para dejar de comer. Y más nosotros que encontramos un lugar, cerquita de casa, donde sirven un plato de arroz, habichuela y carne a un precio digno. Cierto, un rayo de esperanza en esta caverna oscura. La carne frita está perfectamente encebollada y los refrescos fríos. Dios es bueno, dirán los fieles. Yo no digo más porque lo salo y es lo menos que necesitamos ahora.

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La tarde corre suave. Cerca de las tres me caliento un poco de café. Lo hago sobre una parrilla y abajo velas pequeñas que me resuelven a las mil maravillas. Y con café toreamos la tarde con miras a enfrentar la noche oscura llena de zombis. En el trámite cojo fresco y hablo con los vecinos. Suavecito, sin agitarme. Sin menearme mucho que me fermento, como dice Pirulo y yo lo copio. A veces me dan una cerveza, traen noticias y se habla de lo que pica el pollo. ¡Llegó agua al mercado!, dice una vecina. Eso ya es motivo para celebrar y brindar con un ron Santiago de Cuba que cura los males materiales y espirituales.

Hay que cenar. Nuevamente salimos a la calle a buscarnos algo antes que eso que extrañamente aquí llaman toque de queda empiece.

Para cenar lo que aparezca es maná del cielo. Superamos el dilema existencial de tener que escoger donde comer porque las opciones son una o dos. Puras ventajas de estos tiempos de insoportable gravedad. Comemos. Nos reímos. Vacilamos. Damos gracias porque la familia come junta y en paz y tranquilidad. Hay gente que no puede hacerlo. Jodederas aparte, uno no puede ponerse mezquino y olvidarse que hay otros que la están pasando mal de verdad.

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Una partida de cartas Uno o Scrabble anima la noche. Parecemos una familia espiritista con tantos velones blancos encendidos sobre la mesa. Hasta me gusta. Le agrega al hogar un toque bohemian chic.

La brisa entra limpia y la disfrutamos al máximo como algo que sabemos se acabará prontito. A la hora de dormir el calor será la regla y a sudar otra vez. Pero vamos haciéndonos duros. Si esto no nos mata nos hará más fuerte. Lo creo.

A la hora de dormir fantaseo con las novelas de Pedro Juan Gutiérrez y los años duros del Periodo Especial en Cuba. Endurecerse, es la meta. Y gozar que tampoco es para morirse de pena.