Crónicas de amor: "A mí me gustan mayores"

Hablamos de raspar y guayar, con Capela Love.

Toda mi vida crecí pensando que tenía un estilo de hombre. No es que sea muy exigente pero debía cumplir con dos sencillas cualidades: ser al menos dos años mayor y NO podía ser gordo. Pareciera ser muy sencillo encontrar jevos con esas simples características, pero en un país donde la mayoría de la población está sobrepeso, el tema de la barriga, los chichos y el elástico de los calzoncillos enrollaos, reduce por mucho mis posibilidades de los perreos intensos en la placita.

Un día, por allá por mis 31 años, vi a este doncito. Le puse unos casi 50 años. Era alto, barbú y elegante. De esos que te hacen pensar que cuando joven fue un hombre bien guapo. Tenía una mirada triste y lo peor de todo ¡gordito!

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Pero con todo y que era casi 20 años mayor que yo y gordito, me llamaba la atención.

Comencé a comerme la mierda que hablaba de los viejos.

No sé si fueron los traguitos que comenzaban a hacer efecto o que algo en mi subconsciente comenzaba a manifestarse en contra de mi voluntad, pero fui donde él y le dije que lo encontraba guapo. Hombre maduro al fin, ni corto ni perezoso me respondió con este disclaimer: Estas son las reglas: nos conocemos, tenemos vida propia, respetamos nuestro espacio y no nos llamamos tanto.

Acepto que me pasmó. Maybe esperaba que me invitara un trago y comenzáramos a hablar en la barra para luego dar paso a las preguntas de rutina e intercambiar números de teléfono, pero su actitud de esto es lo que hay sin ser agresivo o prepotente, hizo que me gustara más.

A los millennial nos agrada ese estilo, pero también pensé, puñema, si solo le dije que era guapo.

Esto no acaba aquí. El primero que empezó rompiendo las reglas fue el viejo.

La primera llamada la hizo él. Se preocupaba durante el día por mí y sin labia monga tenía unos detalles conmigo que nunca algún novio había tenido conmigo. Teníamos cenas románticas solos él y yo. Nada de salidas en corillo; quería conocerme bien. Nos escapábamos a hoteles, me enviaba flores y lo mejor de todo: comíamos como locos 🙂

Y pues así empezamos.  Lo que en un principio vi como solo un doncito guapo pero gordito, se convirtió en el amor de mi vida, en el hombre que siempre soñé.

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Ese cincuentón es mi partner in crime como ningún otro. Es aventurero, detallista, se preocupa por mí y hasta escuchamos trap.

Cuando conocía o salía con muchachos de mi edad, estaban más pendientes en verse bien, en las redes sociales y cómo entre machos se escapaban con los panas a janguear. Tantas inmadureces y frivolidades juntas que no veía potencial para una relación en serio con ninguno.

Ahora con este viejito, aunque ya esté durmiendo a las nueve de la noche, ¡me siento más feliz que una lombriz!

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