Crónica: Un cubo no me da pa’ quitarme el jabón

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Crecí engañada. Soy una nena de un barrio en Carolina que siempre pensó que era rica. No fue como hasta noveno grado que me di cuenta de que la gente que vivía en Encantada tenía más dinero que mi familia y todos los que vivían a mi alrededor (casi todos en casas de madera que perdieron el techo cuando vino el huracán George).

Cuando creces así de engañada, no importa cuánta necesidad se pase en tu casa, nunca te das cuenta. Mis padres hicieron un trabajo excepcional, no solo para que yo creyera que era de loza, sino para que viviera como si esa losa fuera de mármol.

Entonces, ya sabiendo que crecí pensando que era de clase alta, pueden deducir que tengo un lado comemierda. Por ejemplo, aunque este no es el primer racionamiento que vivo (pues en 1994 y 1995 hubo uno), este es el primero en el que me toca a mí calentar el agua y bregar con los cubitos, lo que me llevó a concluir, una vez más, que nací para ser reina.

Mi falta de habilidad ante el racionamiento es el motivo de esta crónica; desde que empezó el racionamiento he sido una persona miserable y con mala higiene.

Me despierto y, aunque sé que no hay agua, voy al fregadero y prendo la pluma para ver si de casualidad sale algo. No sale. Suspiro. Saco un caldero, (sí un caldero) y lo lleno de agua que saco de un zafacón negro gigante que mi papá llenó de ese preciado líquido y en el cual mi sobrina ya ahogó a dos de sus muñecas. Pongo el caldero en la estufa. Me siento a ver las Kardashian.

Por alguna razón no logro determinar en qué momento el agua está en una temperatura perfecta: un poco más caliente que los besitos de un jevo que no te quiere enserio, pero no tan caliente como Raphy Pina ante la justicia.

Desde mi mueble veo el humo salir del caldero. El agua hirvió. La echo en un cubo anaranjado que parece que alguien de mi casa se robó de Home Depot. Le añado más agua fría. La congelé. La vuelvo a calentar. Y sigo así hasta que el bendito cubo tiene tanta agua que moverlo desde la cocina hasta el baño me hace sentir como Jesús, cuando llevaba la cruz en la cual sería crucificado.

Empiezo el proceso de bañarme con un vaso que me regalaron en una promoción. El placer que usualmente siento al estar en la ducha se evaporó como mismo se evaporó la mitad del agua cuando la dejé hervir. Ahora es tedioso bañarme. No puedo enjabonarme y echarme agua a la vez (no, no puedo, no lo puedo coordinar).

Salgo cansada de la ducha, así que ahora el proceso de alistarme es más lento, ya que, envuelta en la toalla, me siento en la cama como cinco minutos para recuperarme del trabajo que me da bañarme. Prefiero correr un 5k con resaca que seguir bañándome a cubito.

Me la he apuntado par de veces. Pero lo hago de manera disimulada para engañarme a mi misma. Llego del trabajo y me convenzo de que estoy más cansada de lo normal y me quedé dormida. El racionamiento ha hecho que yo me crea mis mentiras.

Ayer me acordé de la madre de Dios por no mandar lluvia. Necesitaba bañarme (y bañarme bien). Todas hemos recibido ese texto de un muchachón que está de los más nítido y que insinúa cosas que Wanda Rolón categorizaría como pecado. Era una mujer con una misión: acicalarme a cubito.

Llegué a casa. No había agua. Volví a pasar por todo el proceso de hervir el agua y enfriar el agua. Me afeité las piernas echándome agua con el vasito (estuve a punto de caerme varias veces). Cometí el error de usar un jabón líquido de Victoria’s Secret. Un cubo no da pa’ quitarse ese jabón, así que cuando salí me pasé la toalla como si fuera un guayo para quitarme los rastros que quedaban de ese jabón coqueto. Triunfé.

Estaba olorosa a flores y con piernas afeitadas. Le gané al racionamiento.

El nene no apareció en toda la noche.