Crónica: paisaje sonoro

Se ha roto una barrera visual que sin duda es algo más.

De camino al aeropuerto leo en una pared el siguiente mensaje: "Detrás de los árboles vive mucha gente". Lo cogí de pasada, como esas cosas que te llaman la atención y rápido captas. Eran letras grandes, negras, legibles. Quien las pintó, sin duda, se tomó el tiempo necesario para que quedaran bien.

Desconozco si las escribieron previo al huracán o luego. Lo cierto es que la frase me puso a pensar. Hay un juego interesante entre lo escrito y el paisaje circundante.

 

 

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Esa zona está llena de urbanizaciones, dispuestas una tras otra como una cadena. De repente pierdes la noción de dónde termina una y comienza la siguiente. Por supuesto, en esas urbanizaciones vive gente, y mucha por cierto.

Antes del huracán María, esas urbanizaciones quedaban tapadas por cientos de árboles. Frondosos y enormes árboles. Pero el viento, igual que el Barbaraso de la canción de Wilfrido Vargas, acabó con to’. Ahora solo lucen como cientos de troncos y ramas desnudas. Esqueléticos. Un cementerio de bosque. Pero la gente sigue ahí detrás, en sus casas, donde siempre. Los árboles ya no le sirven de escudo, de escondite. La vecindad se hace imagen, ya no es tan anónima.

 

 

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Algo semejante sucede donde y vivo. Tengo unos vecinos cuyos hogares permanecían ocultos por una hilera de árboles. Un pequeño bosque nos separaba. No tenía idea de cuántas casas eran, ni como lucían, ni nada. Como en la película The Village de M. Night Shyamalan, para mí eran esa gente que vive al otro lado de los árboles.

De esa vecindad oculta a nuestra vista nos llegaban ruidos. Sabíamos que estaban allí por como sonaba su cotidianidad. Los perros, los pollos, cabras, pájaros, niños, adultos y música. Eso último, sobre todo. Mucha música. A ellos les encanta la música, en especial por las mañanas. Casi nunca fallan.

Cuando llegó María, llena de todo menos de gracia, desmochó los árboles que nos dividían y aparecieron. La vecindad, antes oculta, se hizo imagen. Tres, cuatro, cinco casas grandes y algunas pequeñas, de cemento, madera y zinc. Una comunidad con sus calles, sus carros, sus cosas. Entonces el bosque ya no fue más, ya podíamos mirarnos sin obstáculos.

Mi primera impresión fue que estaban más cerca de lo que imaginaba. Antes, con los árboles, ellos eran algo allá, y ese allá representaba una marcada distancia. Pero eso nunca fue cierto. Viví engañado. Han estado ahí, siempre, apenas unos cientos de metros de mi balcón. Los veo desde el tercer piso en el que vivo. Los observo claramente y ellos a mí. Se ha roto una barrera visual que sin duda es algo más.

 

 

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El domingo me levanté con su música. Dura, puesta al volumen que se les antojó. Nada nuevo, por cierto, pero los árboles antes aplacaban un poco el sonido que ahora llega limpio. La de ese día eran unas rancheras de Juan Gabriel. Del Juanga ni más ni menos, colándose en nuestras vidas tempranito en la mañana. Y tuve que decirme, considerando nuestra nueva realidad, que si el día empieza con rancheras del Divo de México nada es igual. Lo juro. Ya nada es igual.

Me levanté con buen ánimo. Asomado al balcón disfruto la música. Soy susceptible a ese tipo de cosas. La vida habla, habla mucho y a todas horas, y hay que saber escucharla.