Cosas que te hacen feliz en el Puerto Rico después de María

Se sufre, pero también se goza.

Luego del paso del huracán María, las cosas en la isla se jod***** cambiaron bastante. Todos los días salimos a la calle, y lo que antes era algo normal, ahora es una misión que pone a prueba hasta a la paciencia del locutor petite que sonríe hasta los lunes, Amós Morales.

Estas son algunas cosas que nos hacen feliz en el nuevo Puerto Rico.

Lograr una llamada

Cuenta la leyenda que los celulares se crearon para hacer llamadas telefónicas… y pocos boricuas sabían esto, pues solo los usaban para pelear con enemigos imaginarios en las redes sociales.

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Después de María, el Internet es un chiste que no da gracia y para usar el teléfono básicamente tienes que ponerlo de cara al Sol, quemarte los ojos con los rayos y esperar que la antena de tu compañía te coja pena y se digne en darte un chispito de señal.

Una ATH sin fila

Antes la fila de un cajero automático no tardaba más de 10 minutos, excepto si había algún doño que se tardaba 20 ya que ellos se toman el proceso de sacar chavos con la misma lentitud con la que se desarma una bomba. Ah, y siempre tenían que sacar el recibo tres veces para estar seguro de que los $30 que necesitaban estaban ahí.

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Ahora si ves una fila de 12 personas casi te tiras del carro porque tú tienes que sacar chavos ya que no sabes cuándo volverás a tener cash en tus manos. La fila de la ATH da más tensión que cualquier película de Jason o el “sé lo tuyo” de La Comay, porque en cualquier momento sale una voz siniestra que dice “se acabó el efectivo”.

Ver el tanque de tu carro full

Hace dos meses tenías el carro empty y feliz de la vida decías “eso me da hasta el viernes”. Echar gasolina era algo que no te importaba, porque en este país hay más gasolineras que gente que ha tomado malas decisiones. Luego de que María tumbó la última plancha de zinc, la gente se tiró a la calle a buscar gasolina, pero para su sorpresa no había lo que provocó que los boricuas se tiraran a hacer filas durante horas para echarle unos sabrosos 10 pesitos al vehículo.

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El pueblo estuvo una semana en ese revolú hasta que se normalizó (eso dicen) la situación. Ahora uno echa gasolina hasta cuando baja un cuarto y sales con una felicidad que no se puede explicar.

Encontrar hielo

Ese cristal mágico que enfriaba nuestras cervezas y refrescos, ahora mismo es más difícil de conseguir en la isla que a un miembro del PIP. Cuando logras conseguirlo, te venden UNA sola bolsa, obligándote a ponerte gafitas y sombrero como disfraz para poder llevarte otra y luego huir antes que la multitud te linche.

Beber todos los días

En la vida antes de María, beber un lunes era visto con malos ojos, excepto en la avenida Campo Rico donde se comienza a beber a las 8:00 a.m. y solo se detienen por una hora durante el Viernes Santo.

Después del huracán tienes que beber siempre, no solo para no sentir a los majaderos mosquitos y la planta del vecino, sino para achocarte y coger el sueño.

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El hielo en los tragos o la cerveza fría son algo del pasado también, así que darte una Medalla caliente es algo bien normal.

Prender un abanico de baterías

Si ustedes creían que un Yo-Yo hizo feliz a la generación de nuestros padres, es porque no han visto a un adulto prender un abanico de baterías después de este temporal. Cuando el cartero (si es que llega, porque el correo está más inepto que unas palomas mensajeras obesas) trae esa caja que envió algún familiar de Estados Unidos, los ojos brillan como cuando un niño recibe un regalo en Navidad. Es una experiencia bien, bien bonita.

Tener baterías D

Aparentemente, todo lo importante en esta vida lleva baterías D. Nunca las necesitamos antes de María ni lo sabíamos, pero el mundo no se movía sin las dichosas baterías D.

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Ir a comprarlas ahora es un protocolo porque tienes que lucir como un inocente cliente (la cajera te da su peor mirada como analizando tu alma), que te den el “ok” en la tienda y casi te las venden como si fuera droga.

Ir al supermercado y que tengan carnes

Haces una fila para entrar, miras a todos lados asustado con que aparezca el papel que dice “solo aceptamos cash”, y cuando llegas tienen la sección de carnes llenas. Te quieres pasar las chuletas por la cara, pero lo evitas para que nadie piense que eres de Guayama. Al final, no las comprar porque no tienes planta y ya hasta le cogiste cariño a beberte el caldo de las salchichas.

Ver un camión de la AEE

¿Recuerdan el anuncio de Coca Cola en que un camión pasaba por una ciudad y la iba iluminando en la navidad? Pues el camión de la Autoridad de Energía Eléctrica no nos alumbra ni na’, pero nosotros tenemos una fe que hasta se nos aguan los ojos cuando lo vemos.

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Olvídate del odio que le tenías a Jaramillo hace meses, ahora te lo imaginas dejando el cuero en un poste para que tú tengas esa electricidad y poder ver “Caso cerrado” con la doctora Polo como en los tiempos en que eras feliz.