Compro con la Tarjeta de la Familia y no me abochorno

Hace varios días fui al supermercado a hacerle unos encarguitos a la vieja. Como ya soy toda una niña grande fui sola y con hambre. Sola, para avanzar y con hambre, para poder echar en el carrito todos los chocolates que iba a ver en mi camino. Mi consejo: no vayan solos, pero sí con hambre. Después llegan a sus casas, no encontrarán ná para picar y les dará mal humor.

Luego de leer la lista varias veces para asegurarme que no se me quedara nada y que no fuera a arder Troya en casa, me dirigí a la caja número siete por estar vacía y por ser el número favorito de mami. Mientras acomodo la compra, la cajera de ojos marrones luego de sus buenos días me pregunta: ¿efectivo o tarjeta? Yo, tan chulita como siempre, le contesto: Buen día amor, con la Tarjeta de la Familia. Y acto seguido, la joven me miro de arriba a abajo.

A la chica de ojos color mierda, porque ya no me da la gana de decir que son ojos marrones, parece que se le olvidó que sus horitas de trabajo dependen de las personas que compran allí. Sin importar si se paga con cupones, tarjeta de crédito o en efectivo, si no se compra allí, ella no cobra.

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Y gracias a esa mirada tan gentil me doy cuenta que aún existen grandes estereotipos para todos los que usamos esa tarjeta. Los cuponeros, las yales, los vagos, los que engordan a cuenta de mi trabajo y los manteníos de la clase media son alguno de los mejores sobrenombres que existen para nosotros.

A raíz de todos los comentarios que he escuchado en mi vida siempre me he preguntado: ¿cómo saber a simple vista si la persona que desliza la famosa tarjetita la merece o no? ¿Cómo darse cuenta qué tipo de enfermedad padece o desde cuándo está desempleado?

Mis queridos, no la hay. Lamento informales que no hay forma de asegurar si un beneficiario de esta tarjeta está haciendo trampa o no. No la hay, porque una persona que dejó de trabajar para poder darse diálisis todos los días no tiene un cartel en su espalda con esa información. No la hay, porque el matrimonio que decidió que solo papá iba a trabajar para que mamá pudiera cuidar a su hijo con distrofia muscular no tiene en la silla de ruedas esa información.

Definitivamente no hay una manera de saber quién es honesto o no, porque hasta los universitarios, que se fajan manteniendo su promedio sin dormir, tienen derecho a esa ayudita que la clase media no brinda. ¡Porque la clase media NO paga cupones!

Puedo entender el disgusto de todos los que dejan el pellejo trabajando, pero que hagan comentarios sin base y fundamento, sin informarse, los hace ver peor que los vagos que no merecen cupones y sí los utilizan. Les juro que entiendo cómo se sienten cuando su carro de compras está vacío y el de al lado está hasta el tope, pero vamos, no tiren balas locas. Como escribió el gordito que me tiene loca, Jay Fonseca, en una de sus columnas “Boricua, tú no mantienes a los cuponeros nosotros sostenemos a otros mantenidos, sí, al gobierno”.

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En palabras sencillas, para que me entiendan, el dinero destinado para las personas que viven en residenciales públicos y que utilizan la tarjetita provienen de fondos federales, ni más ni menos. Los fondos de los cupones, son federales. Los fondos de la tarjeta de salud, son billones federales. Los millones que van dirigidos para el WIC y para la Beca PELL, son federales y permítanme recordarles algo mis niños, ustedes que tienen un grado universitario y que tienen hijos universitarios, han recibido esas ayudas. No sean hipócritas.

Así que como pudieron aprender, ustedes no mantienen a los que disfrutan de ese beneficio. La próxima vez que vea a una mujer con el carro lleno porque tiene tres hijos, no la critiquen porque sí, tiene tres, pero son del mismo papá y no es madre soltera.

Un anciano que usa la Tarjeta de la Familia es una persona que vive solo, pero en sus años de gloria se fajó trabajando para echar pa’ lante. Y como mismo ese anciano dio su vida por su trabajo, la dio el hombre con tatuajes que está pagando al frente tuyo, pero como las cosas están malas lo cesantearon hace dos meses y ahora paga con cupones en vez de con su cheque.

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Y si de casualidad me ven a mí, una persona grande, gorda y colorá no se alarmen. Aunque no lo crean he trabajado y estoy cursando la maestría, pero estoy haciendo los encargos de mi hogar. Un hogar donde vive un plomero que por un accidente tuvo que dejar de trabajar y donde vive una ama de casa que en los últimos años el Sjögren y la Linfedema junto con Lipedema han acabado con ella.

Pensando en todas estas cosas le agradezco a la cajera por mirarme así porque gracias a eso me di cuenta de la desinformación que existe, pero también me de que no estoy mal. Los que utilizamos esa tarjeta por enfermedad o por un tiempo en lo que el hacha va y viene no somos vagos, listos y mentirosos.

Yo seguiré haciendo manda’os y deslizando esa tarjeta lentamente, mientras veo la cara de descontento del que está detrás de mí porque yo compro con la Tarjeta de la Familia y no me abochorno.