¿Cómo sacamos a los borrachos de la carretera?

Puerto Rico es una Isla 100 x 35 con un sistema vial desparramado diseñado para el crecimiento industrial que tuvo como resultado la desaparición de trenes de circunvalación que existieron a principio del siglo pasado.

Ese diseño, en su mayoría importado de los Estados Unidos, es reconocido por muchos como pieza esencial de la explosión económica que enfrentó la Isla luego de la década del 1950 con proyectos como Manos a la Obra. Era común ver en afiches de la época los paisajes de las carreteras del País y a los gobernantes de la época enfilar sus cañones hacia más brea y cemento, sin pensar en el diseño y planificación de ciudades habitables o sistemas de transportación masiva.

Entrando el siglo 21 y con el incremento en los costos de la vida, muchos han optado por dejar el carro a un lado y montarse en una bicicleta. Ya sea para ejercitarse o moverse de un punto a otro, el andar en dos ruedas se ha convertido en la principal manera de transportación de cientos en el País.

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La realidad es que cada vez es notable ver a ciclistas, muchas veces poniendo en riesgo su vida, moverse en las zonas urbanas tratando de llegar a su destino en una sola pieza y sin rasguño. Claro, ha habido intentos de separar espacios para bicicletas, como el mal diseñado carril de bicicletas en Condado, pero el fracaso es evidente porque nuestras ciudades no están diseñadas para adaptarse a nuevos comportamientos de sus residentes.

Muchos conductores se quejan de que los ciclistas son irresponsables por correr o ejercitarse en las primeras horas de la mañana. La realidad, es que se supone que a esta hora haya menos vehículos en las estrechas carreteras borincanas, así que hace sentido correr temprano en la mañana para evitar contratiempos y minimizar los peligros en la carretera.

Claro, se exponen a los que se fueron de fiesta la noche anterior y se les fue la mano con el palo y se convierten en un arma al volante.

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NEW YORK – MAY 03: Bono and Jimmy Fallon spoof Bono&#39s bike accident in a skit for The Tonight Show on MAY 03, 2015 in New York, New York. (Photo by Josiah Kamau/BuzzFoto via Getty Images)

Cada vez que fallece una persona, tras ser impactado por un conductor ebrio, salen las culpas y los señalamientos. La discusión gira en torno a la interdicción. Es decir a que delitos creamos, que programa de desvío referimos y cuanto tiene que pagar el que arrolla a un sujeto. Pero ya.

Porque no nos preguntamos, ¿Cuántas tragedias se pueden evitar si tuviéramos transporte público eficiente o servicios de taxi accesible para conductores ebrios?

Claro que si, el conductor ebrio es un irresponsable, pero aquí no existe una cultura de transporte colectivo ni alternativas, ¿Cómo lo sacamos de la calle y proveemos las herramientas como sociedad para llevarlo a cabo?

La solución podría estar en abrir un espacio a la competencia. Un estudio, realizado por la Universidad de Temple donde comparó la data que el Estado de California recopiló sobre muertes en la carreteras a causa de conductores ebrios concluyó que las muertes en las carreteras en manos de conductores ebrios disminuyó en un periodo de 2009 al 2014.

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¿La razón? Los investigadores correlacionaron la entrada de UBER, una empresa de transportación tipo taxi que utiliza tecnología para conectar a clientes con conductores que alquilan su vehículo privado, con la disminución en este tipo de incidente fatal.

¿Por qué? Resulta que la entrada de esta empresa abrió espacio a la competencia por servicios de transportación. Es decir, promovió que sea accesible y eficiente la disponibilidad de transportar a personas que lo necesitaban a altas horas de la noche sin tener que incurrir en altos costos de los taxis tradicionales.

De hecho, utilizando datos del mismo estudio, se estima que la entrada de UBER y otras empresas de la economía social (&#39sharing economy&#39), podría redundar en salvarle la vida a a al menos 500 personas y evitar pérdidas a la economía de cerca de $1,300 millones, anualmente en los Estados Unidos.

El temor en la carretera a conductores ebrios está tan infundado en la psiquis puertorriqueña que una encuesta de la Comisión para la Seguridad en el Tránsito señaló que la principal preocupación de los conductores en la Isla son los conductores ebrios. Esto por encima de las condiciones de las carreteras u otros factores.

El problema en la Isla es que jugadores muy poderosos, como los tronquistas, las organizaciones de taxistas y otros, no han podido, a ciencia cierta proveer alternativas, para fuera de horas del funcionamiento del pobre sistema de transportación colectiva en la Isla, como mover a personas ebrias y evitar que se monten en sus carros.

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La discusión más reciente sobre la entrada de estas nuevas empresas murió en una pieza legislativa, que fue derrotada en la Asamblea Legislativa tras la presión que ejercieron estos grupos de interés. A eso se le añade que la burocrática y obsoleta Comisión de Servicio Público metió la cuchara al insistir en que cualquier servicio de transporte tenía que pasar por el proceso de licenciamiento y certificación, diseñado para camiones de carga y otros transportes turísticos que en nada tienen que ver.

Claro, hay que proteger los intereses de una industria de taxi que por moverte de Isla Verde a Plaza Las Américas te quiere robar $50 dólares sin propina. Pero ellos son las víctimas.

Regular y proteger mercados no debe ser a expensas de unos pocos. Hay que quitarse las gríngolas y pensar que podemos hacer y las posibilidades.

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A lo mejor la solución no es UBER, ni LYFT ni Chucho’sCar Sharing Service. A lo mejor podemos pensar en una solución a través de la Policía o el Cuerpo de Bomberos que provea un servicio similar. Ah, claro que no se puede, porque ellos son del orden público.

O a lo mejor debemos pensar en reestructurar la Autoridad Metropolitana de Autobuses alterando los horarios de ciertas rutas. Ah, claro, eso tampoco se puede, porque hay que proteger los intereses de la Unión.

Y seguimos pensando y dándole vuelta a la noria, mientras siguen muriendo en nuestras carreteras jóvenes adultos en plena etapa productiva, en manos de conductores irresponsables que no pudieron tener juicio de tomar ron con moderación.

Pero, ¿Y ahora de quién es la culpa?