Celebré a los gays en la Iglesia

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Esta semana me iba a sentar a tirarle besitos al espectacular Donald Trump. Le quería decir que durante mis cuatro años en Ohio ningún mexicano intentó violarme o algo así. Sin embargo, ocurrieron dos cosas que tengo que compartir con ustedes, mis coquetos lectores, y que siento que, de alguna forma u otra, puedo relacionar.

La primera es obvia. El viernes fue genial, vivimos un día histórico: las parejas del mismo sexo se podrán casar. Los libros de historia tendrán que añadir una página.

Creo que esto es maravilloso porque al fin todos tendremos los mismos derechos. Se me hacía difícil entender que muchos vivieran con la idea de que “todos somos iguales” o “el mundo ha evolucionado”, pero no podían mirar un poquito más allá de su nariz y darse cuenta de que, ante la ley, nos miran como si compararan a Colibrí con Chris Pratt… No nos ven iguales.

Se dio el anuncio y mis redes sociales parecían un paquete de “Skittles”, lo que me hizo feliz porque me di cuenta de que me rodeo de personas tolerantes y que aceptan la evolución de los tiempos.

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Sin embargo, mis redes empezaron a tornarse más tediosas que la programación radial en las noches cuando me puse a leer la opinión de los religiosos. Es cierto, me quise castigar y las busqué. Me molesta (mucho) sentir que personas de la Iglesia se acomoden frente a su computadora para despotricar odio. Es más, lo encuentro contradictorio.

Y es que, déjeme explicarle. Usted no tiene que estar de acuerdo con la decisión de la Corte Suprema, pero debe respetarla y aceptar que es algo legalmente justo.

Yo crecí pensando que las iglesias eran espacios en los que se aceptaba a todo el mundo, con sus virtudes y con sus defectos (esos defectos estipulados por la religión). No obstante, las divisiones más grandes las crean los mismos líderes de estos espacios. ¿No deberían celebrar que al fin todos vamos a tener los mismos derechos? Nadie está pidiendo casarse por la Iglesia, eso que lo decida el pastor o el líder de la congregación, pero el que dos personas quieran casarse, ser felices juntos, compartir sus bienes y pelear igual que cualquier otra pareja, no afecta a nadie.

Entonces, esto me lleva a lo segundo que ocurrió esta semana. El sábado (un día después de celebrar que mis amigos gays y lesbianas van a tener bodas más geniales que la de cualquier pareja straight), puse los pies en un templo.

Esta muchachita que les escribe es nieta, sobrina y prima de pastores, además de haber crecido en colegios religiosos. Sin embargo, desde el 2008 no me veían ni el pelo en una Iglesia porque tengo muchos issues con sus creencia y maneras de vivir. No me gusta sentir que me imponen ideas porque considero que su Dios me hizo un ser pensante.

Fui a una iglesia que se llama Mar Azul. Me habían invitado un sinnúmero de veces y, aunque la curiosidad me mataba, me rehusaba a ir ya que mis choques con las religiones es cada vez más grande.

Llegué por la invitación de mi primo, quien es pastor en Los Ángeles (California) y está en Puerto Rico de visita. A él no le puedo decir que no, él siempre me ha dado la esperanza de que no soy la única rebelde en nuestra familia.

No voy a mentir, cuando empezaron a cantar coritos no sabía donde meterme. Por primera vez en toda mi vida me sentí rara en una Iglesia, ya no me sé las canciones, la gente en el altar puede tener pantalones y no sabía si estaba lista para ver a mi primo hablar sobre las cosas que critico de la religión. Aunque él es una de las personas que miro y los ojos me brillan, estaba aterrada de escucharlo ser eco de una doctrina que me incomoda y que va en contra de mis queridos gays y de la música “secular” que tanto amo, entre muchas otras cosas.

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via Instagram: @denisse.d

Mi primo Carlos llegó al altar con su chaqueta de cuero negro, un rabito en el tope de su cabeza, un mahón roto y las Converse sucias. “Soy pastor, y decirlo todavía me da trabajo por todos los issues que tengo con la iglesia”, dijo el muchacho con su barba de tres días. Sonreí. Si él, que es hijo de pastores se siente así, no hay nada malo en que yo no me asomara por una Iglesia en siete años.

No me voy a sentar a escribir sobre todo lo que él dijo porque yo no vine a predicarles, criticó que la iglesia en Puerto Rico se rehúse a evolucionar. “Es como si celebraran el quedarse en el pasado”, expresó con cara de incredulidad y añadió que no se dan cuenta de que muchas veces la gente rechaza a la Iglesia “pero no a Jesús”.

Como les dije, no vengo a predicar, no es mi estilo, sigo teniendo discusiones internas con la Iglesia y hoy me voy a dar una cerveza. Solo les quiero compartir cómo sus palabras me hicieron pensar en la decisión de la Corte Suprema:

Crecimos pensando que existe una división entre estado e Iglesia, pero es evidente que no existe. Si muchas Iglesias hubiesen apoyado desde el principio la igualdad de derechos entre las personas, esta decisión se hubiese tomado hace años y muchas personas sentirían menos repulsión por la Iglesia. Si los líderes religiosos apoyaran más la unión entre las personas, habrían muchas menos divisiones en esta joya caribeña. Pero, vivimos en un mundo en el que la religión predica que debemos amar al prójimo y ser buenas personas, pero cuando al fin comienza a haber equidad, la critican y promueven la desigualdad.

¿Habrá religiosos que piensen que todos los homosexuales no creen en Dios? ¿De verdad piensan que si alguno tiene que orar Dios lo va a ignorar? En honor a la verdad, yo no estoy diciendo que me convertí y que voy a ir a la Iglesia todos los domingos, pero lo que sí creo es que, en una Isla en el que la religión juega un papel tan importante, no se le está prestando atención a las voces correctas.