Aparecí... y no, no huí... me secuestraron #EstadoDeEmergenciaAhora

Desde la indignación y el desespero que arropa a las mujeres en Puerto Rico, la columnista de El Calce, Keishla Julianna, aborda el asesinato de ROsimar y la ola de femicidios que azota el país ante el ojo apático del Estado.

Aparecí…

Tras varios días de búsqueda, pudieron encontrarme. Luego de mucha presión a través de las redes sociales, dieron conmigo. Sí, ellos fueron, no yo. No tenía fuerzas para virar hasta casa. Las fuerzas se me acabaron cuando traté de escapar de mis secuestradores.

No puedo hablar ahora. Tengo tanto que decir, tantas pistas que podrían ayudar, pero estoy sin voz. Me siento como si me hubiesen arrancado todas mis cuerdas vocales. No es para menos, grité hasta el cansancio. Luego fue como si poco a poco me quedara dormida, pero sintiendo todo. Como si los ojos de tanto llorar se me cerraran, pero aún pudiendo ver todo. En cámara lenta, pero a color. Después todo pequeño, en blanco y negro.

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Quise llamar a Alanis, mi confidente. Quise decirle que estaba bien, que no se preocupara, pero no tenía manera de decirlo. Me arrebataron mi ropa, mi celular, mis gafas y mis sueños. Saqué desde la boca de mi estómago la fuerza para gritarle a mi hermana que abrazara a mi mamá y que sobándole el pelo le dijera que todo iba a estar bien, pero lo único que pude hacer fue retorcerme en el asiento extraño de ese Suzuki blanco, esperando que en mi casa pudieran darse cuenta de que iban a tener que hacer algo más que esperar: buscarme. Supliqué con mis babas cayendo en mi cuerpo, con marcas en mis brazos, que mi familia se diera cuenta que no me fui con mi expareja porque quise; y que tampoco me fugué porque era rebelde. Me raptaron para darme el peor de los tratos.

Aparecí. Los golpes fueron muchos. Rápidos y duros. Podía ver sangre, personas frente a mí, pero no puedo decir a ciencia cierta cuánto duró el maltrato. Solo sé que allá afuera, fuera de estas paredes blancas que se mueven, se tardaron cuatro días en buscarme. Como si la gente no creyera en mí. Como si la policía no creyera que mi familia estaba diciendo la verdad. Como si fuera la primera en ser secuestrada. Como si realmente, aquí no pasara nada. O como si no hubiesen aumentado a un 38% los feminicidios durante esta pandemia. O como si, tal vez, la trata humana no existiera.

¿Por qué se tardaron cuatro días en comenzar una investigación para poder encontrarme? Si además de mí, otras personas también comenzaron a desaparecer o ya estaban desaparecidas. ¿Acaso las cosas triviales son más importantes? Ese era el tema que conversé muchas veces antes con mi mamá.

Lo cierto es que estuvieran pasando cosas triviales o no, mi vida estuvo en juego. El riesgo era mucho y muy pocas las posibilidades de regresar a casa. Sigo pensando en mi familia, en mis primas, en todas las personas que compartieron mi foto y en todas las que comentaron que me merecía hasta la muerte.

Aparecí. No puedo responsabilizar a nadie, pero el gobierno sabía lo que estaba pasando. Nunca lo ha aceptado, pero estaba consciente de que no era un berrinche de niña malcriada, porque nunca lo fue. Ahora que saben de mí, que me encontraron hay muchas interrogantes que quisiera contestar, pero como dije, no puedo hacerlo. No porque no quiera, sino porque no dejaron que eso pasara.

Han entrevistado a más de 10 personas. 12, para ser exacta. Exijo que se entrevisten a todas, que no haya ninguna duda. Entrevisten a mi ex que la han tratado de conseguir y no aparece. Entrevisten a mis vecinos. Entren a mi teléfono, entren a sus teléfonos. Ningún entrevistado ha sido señalado como persona de interés, pero es que yo estoy viendo a la persona que fue. Está ahí, ¿por qué no pueden ver cuando la señalo?

Fue un secuestro. Una persona cambió su versión, pero no me dejo engañar. Me privaron de mi libertad. Me montaron a la fuerza en un auto desconocido. Me despojaron de lo poco que tenía. Me amarraron. No me dejaban hablar. Me llevaron a un lugar que no conocía. Sí, fue un secuestro aunque no hayan pedido dinero por mí.

Aparecí. Varias balas entraron a mi cuerpo, pero no lograron matarme en ese instante. Recuerdo como se mofaban y cómo me preguntaban si podía aguantar un poco más. Todo eso dentro de las cuatro paredes que se seguían moviendo, amarrada, confundida, con mis pantalones mojados por el miedo. Suplicando clemencia porque realmente no entendía qué estaba pasando. Pero ellos, todos gritaban que me lo merecía por ser yo.

Es confuso, todavía veo todo nublado. No entiendo por qué solo me pudieron reconocer por la dentadura, si cuando me sacaron de casa a la fuerza yo estaba completa. Tenía ropa que me identificaba. Debe ser que como “me fui de la casa por rebelde, también dejé tirada la ropa para que no supieran de mí”. No hice eso, lo dijo un lector en un comentario de una de las noticias de mi propio secuestro que publicó un diario digital.

Necesito que alguien abrace a mi familia, que alguien corra a los brazos de mi mamá. Sé como lloraba sin consuelo preguntándose si me habían alimentado. Por favor, díganle que no se sienta culpable por no poder ofrecer más recompensa. $10mil dólares eran suficiente. Esto fue planificado. Aunque hubiese ofrecido un millón todo hubiera sido igual; lo mismo si no hubiera ofrecido nada. Estoy mirando a mí mamá en estos momentos, pero ella no me ve. Quiero decirle que no fue culpable. Que hay otros y que ella es tan víctima como lo soy yo, aunque traten de responsabilizarnos, somos las que realmente sufrimos aquí. Nunca es el agresor o la agresora, somos nosotras.

Aparecí. Luego de días intensos dieron conmigo. Me encontraron sin ropa, sin ganas y sin vida. Sin cuerpo, sin alguna pista para poder esclarecer este crimen de la manera más pronta posible. No tengo voz ni fuerzas para seguir gritando.

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Por favor, griten por mí. Griten por mi hermana y por mi mamá. Alcen la voz hasta el cansancio como la alcé yo. No tuve éxito, pero ustedes son muchas y pueden hacer ruido. Abracen a mi mamá, pero piensen en esas otras familias que todavía están buscando a esa mujer que ya no está, a ese hombre que no volvió de hacer ejercicios y a ese niño que ya no puede jugar a la pelota con su perro.

Mi mamá me encontró. Puedo descansar en paz. Podrá decirme lo mucho que me amó y me despediré de ella. Mi mamá me abrazará una última vez y sacará fuerzas para no dejarse vencer. Nadie podrá detener su voz.

Pero allá afuera hay muchas mamás que, tal vez, no volverán a abrazar a sus hijas una última vez y por ellas no se pueden dejar vencer.

Soy Rosimar Rodríguez Gómez. Mi cuerpo fue hallado en estado de descomposición en la carretera PR-165, en el kilómetro 20.1 del municipio de Dorado. Tengo 20 años y no, no huí. Me secuestraron. No me fugué. Me mataron.

#EstadoDeEmergenciaAhora #NiUnaMenos


La autora es periodista, comunicadora y productora. Pulsa aquí para ir a su blog Léete Este 

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