A un año de verla ir

Hace un año mi hija partió a los Estados Unidos para comenzar una vida allí con su mamá y su padrastro. Tengo que comenzar diciendo que hablar de ella me pesa, no porque no tenga la valentía de mostrarme vulnerable, es que no hay palabras que puedan describir lo que se siente no poder verla como antes, y decir que la extraño muchisisísimo se queda muy corto.

Desde que la nena se fue, mis días no son iguales. Cuando la jornada laboral termina y me quedo solo de camino a mi casa, la mente y el corazón hacen la más maquiavélica tregua solo para torturarme con recuerdos. Hasta las canciones más annoying de su repertorio me hacen falta. La llamo casi todas las noches para preguntarle sobre su día. Ella no sabe que hay un hombre muriendo por dentro, deseando con todas sus fuerzas ser testigo de su sonrisa mañanera y de su último bostezo.

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El exilio pega en los rincones más desconocidos del alma, y es en ese momento que te das cuenta que todo lo que una vez soñaste no era mejor que estar cinco minutos con ella. Daría lo que fuera por volver al pasado y observarla cuando era una bebé (aunque su constante vómito en el hombro fuera mi perfume), pues cuando mi preocupación era el futuro, olvidé que lo importante de la vida es ese instante en el que estamos respirando.

Pero ahí vamos, dando mis mejores pasos de baile aunque sea patizambo, reconociendo que hay cosas que no tengo el control y entendiendo que la vida te hace los chistes más crueles… y tienes que aprender a reírte. No hay break para derrumbarte aunque hay semanas que quisiera hacerlo, porque como dijo Beret: “nunca nadie quiso un débil para confiar”… y se supone que yo soy el fuerte en mi casa.

En estos últimos meses entendí que no se puede coger todo tan en serio. Ya no discuto por asuntos triviales, ni quiero pulsear con mi opinión en debates que no van pa&#39 ningún la&#39o. Ya no me interesa tener la razón, y por algún extraño motivo hasta me dio por comprarme plantas pa’l balcón y echarle agua todos los días; a veces no sé si este cambio se debe a una transformación como persona o a la andropausia prematura. También he sentido envidia cuando veo a otros papás con su prole; ellos no saben cuán afortunados son y que justo en ese momento están haciendo recuerdos que guardarán para toda una vida.

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En mis reflexiones nocturnas, mientras joggeo pa’ botar la manteca que se arrincona en los lugares más absurdos cuando pasas los 30, la incertidumbre me invade porque no sé qué va a pasar con esta relación en el futuro. ¿Mi hija hará su vida allá o volverá?, es algo que me pregunto, y que me niego a responderme porque sé que no todos los finales son felices. También sé que el amor no es egoísta, y que mientras ella sea feliz, yo puedo soportar mis tristezas.

Y mi hija está cambiando muchísimo, al punto que ando educándome en el tema de las toallas sanitarias por si acaso… eso sí, en el tema de los nenes que le gustan todavía no estoy preparado. Ella se adaptó rápidamente a su nuevo hogar, ya tiene muchos amigos y su inglés sigue mejorando. Siempre me habla de las bondades de Dollar Tree, de que si extrañas la isla puedes ir a Kissimmee y que la meca del boricua es visitar algo llamado Golden Corral. Yo le recuerdo que aquí tenemos las playas más lindas con los cuerpos más feos, que no hay nada más mágico que El Yunque y que el cielo huele a los rellenos de papa de Vega Alta. Solo quiero que nunca olvide una cosa: que mi Patria siempre será entre sus brazos, y que solo soy uno más resistiendo en la isla.

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Cuando llega en vacaciones, la veo tan distinta. Ha crecido un montón, y sus nuevas pulgadas me recuerdan cuán enano soy. Por herencia materna, es loca con las novelas; por herencia paterna, miente y su cara la delata. Se está convirtiendo en una mujer excepcional, y sigue amando el río que tanto yo detesto. Ella tiene mi manía de repetir las canciones hasta el cansancio, y yo la castigo con las mías para que sepa que lo que es igual no es ventaja. También sé que cuando escoja novio le será muy difícil, porque su abuelo, su padrastro y yo estamos enseñándole lo que un hombre debe ser, y no le será fácil conseguir a alguien fajón, que bregue con gallos, y a la misma vez mapee su casa todos los días.

Hace 10 años la tuve en mis brazos por primera vez y sentí mucho miedo porque no sabía qué hacer… ahora siento miedo otra vez, pero es miedo a que se olvide de mí y se acostumbre a mi ausencia. A un año de verla ir, sigo intentando ser el mejor papá que pueda ser, dándole lecciones que son ignoradas (y cuando sea adulta serán valoradas) y pidiéndole a Papá Dios que achique la distancia, o al menos que me haga rico pa’ montarme en un avión a cada rato y poder darme el único lujo que quisiera en esta vida: abrazar a mi hija todas las semanas.

El próximo domingo 18 de junio, Día de los Padres, brindemos por todos los padres boricuas como Alexis que dan el 100 % por sus hijxs. Dewars celebra a los padres con una edición especial de colección. ¡Salud!