A oscuras por Bollo Manso

From Cupey, with love...

La de cosas que suceden en el barrio Bollo Manso, en Cupey.

Tras 94 días sin servicio eléctrico, la luz al fin llegó. Rozaban las siete de la noche, del jueves pasado, cuando el vecindario estalló en júbilo. No es para menos. Grita y brinca cualquiera.
 

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En menos de lo que canta un gallo el barrio cogió vida y hasta el semblante de los vecinos cambió. Un gozo poderoso se percibía en cada hogar, en cada alma de Bollo Manso.

La luz, al fin. Y en plena época navideña.

¡Ah!, pero bien se sabe que el destino es cabrón. Lo dice el Zurdo Mendieta, el de las novelas del mejicano Elmer Mendoza, y lo repito como una gran verdad. El destino es como un pitbull, uno va caminando de lo más chévere y de repente viene el charrascaso y ahí lo tienes incrustado en tu pierna sin remedio. El destino, ya saben.

Resulta que una vecina, que como única seña diremos es nueva en el barrio, tuvo la grandiosa idea de aprovechar la llegada de la luz para mandar a cortar unas ramas que, según su criterio estético, afeaban la entrada de su casa. Poca cosa, cierto, pero en verdad a ella le daba piquiña verlas allí. Sin encomendarse a nadie, porque para eso ella manda en su hogar, llamó al jardinero para resolver el asunto.
 

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El jardinero, hombre de negocios, atiende sus guisos con prontitud.

Sábado. Con la primera rama cortada vino el desastre porque se llevó enredado un cable del tendido eléctrico que dejó a oscuras a todo Bollo Manso. Una simple ramita y un jodido cable. El cable. Se fue la luz.

Un poeta español, de esos bien bien malditos, dijo que lo que pierde al ser humano no son las drogas, no, sino la luz, y la luz no es nuestra.

Los vecinos de Bollo Manso, encolerizados y en descontrol, organizaron una turba y antorchas en mano llegaron hasta la casa de la vecina en cuestión. Pobrecita, le gritaron de todo. La señora, aterrorizada y devorada por la culpa, trató de hablar con la muchedumbre, darles razones, conciliar, limpiar el churrero que había formado. Lo hizo desde el balcón, tampoco era boba, pero su gestión fue infructuosa. Con las turbas no se habla, jamás se razona. Mucho menos cuando llueven las piedras.
 

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La amenaza fue simple: la turba no se iría de allí hasta que no llegara la luz. La señora no agregó nada, entendió a perfección. Entonces hizo todas las gestiones debidas, moviendo cielo y tierra, para que llegaran a arreglar el problema lo antes posible. Tuvo suerte.

El martes se hizo la luz y la señora al fin pudo salir de su casa. Nadie la saludó ni la miró. Una perfecta apestada. Sin embargo, poco importa, pues ya ella le puso el letrero de se vende al hogar. Se va porque se va.

Bollo Manso no perdona.

(El autor es escritor e historiador)