A la hija que no abracé…

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Me anunciaron tu llegada justo en el momento que tiempo era lo menos que tenía. Entre el nuevo trabajo, el estrés y una mudanza, tu mamá me reveló que la cigüeña hizo parada en Carolina… porque hasta en los sitios feos pasan cosas bonitas. No te voy a mentir, por poco se me cae la cerveza que tenía en la mano. No sabía si besar a tu madre, abrazarla o simplemente acostarnos en el piso a llorar hasta quedarnos dormidos. Luego del notición, estuve igual de cálido y bullanguero que Robocop, y creo que mi alma arrancó pa’ la Placita de Santurce y volvió a los dos días. “¿Por qué en este momento cuando yo lo que estoy es pa’ trabajar y hacer chavos?”, me repetía en la mente. Estaba lleno de pánico, hasta que recordé que no hay momento perfecto para la llegada de un bebé, y ustedes siempre tienen la majadería de llegar cuando menos los esperamos.

Le conté a tu abuela, y en su típica alcahuetería me respondió que siempre contara con ella. Mi mayor miedo se asomaba: decirle a tu hermana. Y entre el gagueo habitual de los hombres cuando tenemos que decirle algo a la mujer que queremos, le confesé de una forma prudente que tendría una hermanita: “¿Adivina qué? ¡Vas a tener que compartir tu cuarto!”. Hubo un silencio que se sintió eterno, pero a ella le gusta ponerle suspenso hasta al arte de pegar estampitas. Lo tomó muy bien, y mi mundo se iba haciendo perfecto.

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Con el pasar de los días tu mamá se iba poniendo más hermosa, comenzó ese brillo especial de las mujeres cuando dan vida, y así mismo no le tuvo misericordia a lo que había en la nevera. Su &#39mood’ era como una montaña rusa: estaba feliz, luego molesta por sabrá Dios qué cosa yo hice y no me disculpé, y de repente estaba otra vez en la nevera dándole mazucamba a las galletas y metiéndole sin piedad al Mac and Cheese. Tenía que vestirme de paciencia porque no venían meses fáciles.

Tu mamá y yo comenzamos a bullearte. Te pusimos un nombre que siempre será nuestro secreto. Ella me mostraba videos de tu formación, yo iba entendiendo que la vida es un fucking milagro. Con las semanas ya me enamoré de ti. Las nenas tienen algo que me calma, así que quería que fueras chica. Solía imaginar que ibas a tener mi humor y joderíamos a tus hermanos cada fin de semana. También creía que por herencia materna y paterna, serías patizamba; pero me alegraba porque solo así podrías seguir mis incoherentes pasos al bailar bachata. Pensé en entrenarte para que fueras una espía de tu hermana, siempre al franco servicio de los dulces que yo te regalaría si me contabas con quién hablaba por el celular. De repente, comencé a comer más que tu mamá con la excusa de que solo unos brazos mullidos podían abrazarte mejor.

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Un día tu mamá me llama diciendo que tenía ir al médico porque algo no andaba bien. No pensé nada, o no quise pensar, porque muchas veces uno esconde el miedo en la negación. Tu mamá llegó por la mañana al hospital, y a las siete de la noche aún seguía en aquella fría camilla. Hasta que todo lo malo pudo pasar. Luego del frígido protocolo médico y del trillado “Dios sabrá el porqué hace las cosas”, pude verte al fin. No era así como se suponía que te conociera. Fueron los peores minutos de mi vida, y mira que tú no sabes en la cantidad de líos que yo he estado metío. Otra vez no supe qué hacer, solo fui a donde tu mamá a besarla.

Estaba molesto, quería llorar y darle a lo que fuera. Estaba confundido, y en esas ocasiones cuando no tienes respuesta de nada, empiezas a acusar a todas las divinidades. Pero ella no merecía más drama, y solo le di mi silencio. No podía derrumbarme, y me di cuenta cuán débil soy. A tu mamá no la vi caer, al menos no lo hizo frente a mí. Sabía que estaba llena de dolor, pero en el luto no hay palabra que sane. No era fácil para mí, ni siquiera quiero imaginar cómo era para ella. Pasaron muchos días, yo seguía teniendo coraje y guardando el dolor. Hice lo peor que puede hacer un ser humano: encerrar lo que se lleva en el pecho. Hasta que tuve que aceptar que no todos los finales son felices.

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El calendario no frenó. La vida volvió a tomar su rumbo. La “normalidad” llegó a casa. Cada día que pasa te recuerdo, ya no como algo que hiere, sino como una lección. Negra, tú llegaste pa’ halarme las orejas, pa’ que me olvidara de las boberías y recordarme que esto es una trilla. En el camino uno se olvida que no se nace simplemente pa’ hacer chavos, comer en sitios fancy y y estar obsesionado “con un futuro mejor”, sino que se viene a este mundo pa’ disfrutar el viaje y pasarla bonito con la gente que uno más quiere. Sin familia no hay éxito. Sin amor no hay nada. El espíritu de las personas se prueba en lo difícil, y su mamá dejó claro cuán brava es. Tu madre sigue comiendo como demente, y yo ya resignado a su eterna hambre, te confieso que cada día la amo más.

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Las personas se quejan cuando alguien se va, en vez de agradecer el tiempo que esa persona estuvo en su vida. Nunca te abracé, pero lograste en pocos meses algo que muy pocas personas han logrado: hacerme mejor persona. Una última cosa: cuídame a tu hermana desde arriba, porque aunque una espía siempre viene bien, me sería más útil un angelito que la cuide.