Por: Josué Montijo


Desde el balcón de mi apartamento capturo una imagen que me resulta muy sugestiva. Una iguana grandísima va escalando un árbol con paso lento aunque firme, segura de sí misma.

Apenas es un árbol pequeño, un tuco de palo podríamos llamarle, pero la iguana lo trepa hasta llegar al tope. La altura del árbol no sobrepasa los seis pies, fue lo que el viento de María dejó. Es poca cosa, ciertamente, pero igual allí se posa el animal para contemplar el paisaje circundante.

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La iguana luce rudimentariamente glamurosa haciendo gala de sus tonalidades verdes y amarillas. Lagarto de apariencia repugnante, tal vez, pero, vamos, no por ello debemos negarle sus atisbos de lindura.

Desde la posición conquistada empieza a mover la cabeza, arriba y abajo, con bastante ligereza. Habrá quien interprete tales movimientos como una mera jaquetonería selvática —un guille desenfrenado de hacerse la más más— pero yo prefiero leer su gesto como uno de presuntuosa celebración. Me atrevo a decir que la iguana realmente goza con su logro y lo hace con actitud de campeona. Tiene su flow, es un detalle innegable. Ese será apenas un tuco de árbol pero ese es su tuco de árbol. ¿Quién se lo quita?

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Yo, proclive a ver alegorías en todos lados, la observo embelesado. De paso me pongo a cavilar en el gesto de la iguana y, cuando casi concluyo que en su actuar se condensa de forma sublime un perfecto ejemplo de resiliencia, me fijo al lado izquierdo. Hay otro árbol, mucho más alto y repleto de hojitas verdes. En una de sus ramas, casualmente la que exhibe mayor cantidad de retoños, diviso otra iguana. Como estoy en plan observador entusiasta de la naturaleza me tomo el tiempo de mirarla bien. Descubro entonces que esa otra iguana no solo es más joven sino que posee un cuerpo más esbelto y es dueña de un color verde muy bonito por lo radiante y lo eléctrico. Verde chatré, le llaman.

Sin embargo, igual advierto que esa iguana está observando detenidamente a la del árbol más bajito. Desde luego, la altura le ofrece ventajas para lograr un mejor punto de vista. Lo noto y me creo que la iguana joven está plenamente consciente de ello. Pero el asunto no acaba ahí pues juro que su mirada denota una expresión particular que francamente no logro descifrar de inmediato. Es una mirada rara tomando en cuenta que son los ojos de una iguana. Es una mirada que he visto miles de veces y no precisamente en animales de su misma especie.

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No es de agresividad. Estoy seguro que la iguana joven no le apetece atacar a la otra. Se ve tan cómoda en su rama alta, tan complacida en el disfrute de sus ventajas como para abandonar la posición solo para echarse una pelea.

Y fue pensando en esa comodidad cuando deduje finalmente lo que significa esa mirada a la iguana más grande posada sobre su tuco de palo. Noto un destello de profunda compasión pero de esa compasión que, inevitablemente, le otorga al sujeto mirado un halo de inmisericorde pendejismo. Pobrecita, parece decir la iguana joven, tu allá abajo alardeando con esa mierda de palo.

Me echo a reír. Qué otra cosa puedo hacer. Yo pensando en resiliencia y chulerías tales y una simple iguana me da tremendo reality check. Una lección. Si la iguana joven se entera de lo que pienso seguro me obsequia la misma mirada.