LOÍZA — Era poco más tarde del mediodía del primer viernes de julio y ya los protocolos se habían terminado en El Ancón, en Loíza. En la mañana se anunció que se pondría en marcha el proyecto “Agua Segura”, una iniciativa para medir la calidad del agua y purificarla para el consumo. Pero llegamos a El Ancón buscando algo más.

Llegamos tras los rastros de una memoria. O, quizás, de varias. No sabíamos. Queríamos conocer si, en efecto, las esperanzas de conectar la historia de Piñones y el resto de la antigua “aldea” seguían latiendo como antes de aquella crecida del Río Grande, allá para el año 1989.

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Y es que El Ancón dejó de ser lo que era hace ya unas cuantas vueltas al sol. De hecho, desapareció mar adentro con las correntías del más grande de todos nuestros llantos isleños y, como si se tratara de un verso de Julia de Burgos, su condena al olvido se confundió en el vuelo del ave fantasía de todo un pueblo.

Pero llegamos a El Ancón y había Bomba. En las viejas ruinas del muelle se freían bacalaítos y un corillo de chamaquitos montaba una colorida coreografía. En la orilla del río un veterano de mil campañas hablaba con Oscar López Rivera, mientras en la casona —rehabilitada por la comunidad— Luis Gutiérrez discutía la importancia de rescatar el patrimonio cultural y de empoderar a los pueblos marginados.

“Hay que romper con la marginación. Loíza siempre se queda para la último. Y cada vez hay como que más carreteras para que la gente no tenga que pasar por aquí. El progreso, entre comillas, está excluyendo a este pueblo maravilloso y que es central en la definición de lo que somos como puertorriqueños. ¿Cómo podemos hablar de nuestra cultura y de nuestra esencia de ser sin Loíza?”, le dijo a El Calce Gutiérrez.

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El excogresista nos habló de multiplicar lazos con la diáspora, de sumar iniciativas en Loíza y de poner en marcha proyectos auténticos y puertorriqueñistas que no dependan de intervencionismos gubernamentales.

Pero de nuevo, seguíamos buscando la memoria de El Ancón. O los rastros de lo que queda de ese imaginario del pasado loiceño. En el camino nos cruzamos con Oscar. Y claro, el exprisionero político nos habló.

“Esto que se está haciendo aquí es único. Esto estaba bien caído y fácilmente se iba a terminar de destruir. Ese Río Grande de Loíza tiene una historia larga. Tiene poesía y tiene de todo. Y eso es parte del amor que se le da a la patria. Perder la creatividad no es una opción en este momento. Nosotros tenemos que protegerla y aumentarla. Tenemos que llevar la creatividad al máximo y este es un ejemplo para la juventud. ¿Y cómo le comunicamos eso a los jóvenes? A través de la cultura. Los jóvenes tienen que conocer nuestra cultura para que se sumen a lo creativo”, comentó.

A las afueras del centro, bajo una carpa, otro grupito de niños confeccionaban máscaras de vegigantes y los viejos aprovechaban el momento para recordar.

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“El Ancón era el transporte principal del pueblo de Loíza. Era el expreso. Hay un sector que le dicen ‘Vacía Talega’, y le dicen así porque allí se desembarcaba. O sea, ‘se vacía la talega’. Por aquí se movía el tráfico completo del área antes que se construyera la 65 de infantería. Y la misión aquí es revivir esto. Loíza es un pueblo de cultura y tradición y tenemos ese compromiso”, aseguró Cuquito, un don de lo más buena gente que se dedicó a dar clases de historia bajo el sol.

Y entonces, tan pronto terminó Cuquito, la memoria comenzó a coger forma. El líder comunitario Juan Pablo Vizcaíno se encargó del resto.

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“Estamos pasando por un momento crítico, de mucha necesidad y nos toca a nosotros (la gente) tomar las riendas. Queremos rescatar esto y convertirlo en un espacio de autogestión comunitaria. Que podamos hacer talleres culturales y que, eventualmente, podamos crear empleos para la gente de la comunidad. Queremos rescatar ese pasado para hacerlo futuro”, sentenció el portavoz, no sin antes añadir que el próximo paso en su misión es sacar a flote un nuevo Ancón, pero esta vez para conectar a la gente con su historia.