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“Ya me recogió el violador”, le escribía a mi pana cada vez que llegaba a recogerme un desconocido.

Y es que hace unas semanas estuve en Miami y, como no tenía carro, me movía utilizando Uber o Lyft: dos aplicaciones a través de las cuales pides a una persona que esté en el área que te recoja y te lleve a tu destino. No son taxistas, por eso quería que mi amigo, Chato, estuviera pendiente.

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Lo usé unas ocho o nueve veces durante mi estadía en esa ciudad inundada de silicón y personas que quieren ser famosas a como dé lugar. Hoy les quiero contar mis conversaciones con algunos de estos conductores.

El primero que me recogió se llamaba Julio, era cubano. Me contó que aunque los atletas cubanos ya no tenían las facilidades que tenían antes, es su hambre de victoria lo que hace que sean exitosos.

“Las espectaculares morenas del Caribe”, dijo en voz baja (esa voz que usamos cuando recordamos algo y sin querer lo decimos). “¿Las morenas?”, le pregunté. “¿Cómo no vas a saber? Lo más grande que tuvo el voleibol cubano”, me dijo. Busqué en Google, tenía razón.

“¿Tú has ido a Cuba”, me preguntó. Le dije que sí, a lo que me respondió “pues sabes que hay que salir de ahí”. No quise discutir con él.

Llegué a mi destino. “Esa lengua es tuya”, me dijo al ver que la aplicación se conectó con mi Facebook y él podía ver mi foto de perfil. “Sí”, dije antes de bajarme corriendo.

Luego me tocó Wallan, oriundo de Haití. “Soy periodista”, le dije cuando me preguntó a qué me dedicaba y qué hacía en Miami.

Fue la conversación con él la que me hizo sonreír y pasar el susto de que a Julio le gustaba mi lengua y ahora tenía mi Facebook.

Wallan me contó que quería regresar a su país. “Haití es pobre, pero la gente es feliz… Aquí todo el mundo tiene prisa”, me dijo. Estuve de acuerdo con él. “Hace poco fui a ver a mi familia y me quería quedar”, confesó y agregó que sentía que en Estados Unidos estaba rodeado de personas obsesionadas con su apariencia, pero que no respondían ni los “buenos días”.

Continuó explicándome que su sueño era ahorrar un poco más para poder construir su casa en Haití y no tener que pisar más Estados Unidos. Me confesó que odiaba la comida en Miami, pues en Haití “todo es fresco y barato…. No entiendo por qué aquí cobran tanto por una ensalada. Es lechuga”. Volví a estar de acuerdo con él, ya que acababa de pagar veinticinco dólares por una ensalada y una cerveza.

Llegué a mi destino mucho más rápido que con mi conductor anterior. Me di cuenta de que Julio se tardó por joder.

Otro conductor que me puso a pensar fue Jonathan. Me contó que en su natal Venezuela era abogado y que mientras ejercía se encontró con casos de corrupción que involucraban al Gobierno de Húgo Chávez y que cuando iba a presentar los casos, el Gobierno lo obligaba a dejarlos caer.

Solo Dios sabe si todo esto es cierto, pero Jonathan me contó que encontró tantos casos de corrupción que tanto él como su familia comenzaron a estar en peligro, razón por la que él, su esposa y sus tres hijos se mudaron para Miami.

“Soy abogado y no puedo ejercer aquí… Por eso trabajo en esto”, me dijo, “pero no cambio por nada la seguridad que siento aquí”, continuó. Me contó cómo en Venezuela él no podía confiar ni en la Policía porque, como las clases sociales eran tan marcadas (eres pobre o rico), los oficiales, para generar más dinero, se aliaban a los corruptos del Gobierno o a las gangas.

Jonathan agregó que no todo es color de rosa porque es caro vivir en Miami, pero rápidamente dijo: “Comunismo es lo que hay hoy en Venezuela, allí no se puede vivir ya… Para allá no vuelvo a nada, ya yo tengo todo aquí”.

De ahí pasé a un corto ride con Ariel. Le dije que era de Puerto Rico y me dijo que él también (aunque no hablaba español). Me contó que viene para acá en julio y su preocupación era una: “Aunque voy en verano, ¿puedo comer pernil?” Morí de la risa y le aclaré todas sus dudas.

Finalmente, me encontré con Noe, quien me llevó desde Miami Beach hasta el Trump National en Doral (sí, el hotel del coqueto Donald Trump).

Noe también era de Haití. Me preguntó si el aire acondicionado estaba bien, si quería escoger la música y si me había gustado mi experiencia utilizando aplicaciones telefónicas para solicitar que me recogieran. Le dije que tanto el aire como la música estaba bien y que me había gustado la experiencia porque sentía que los conductores eran más amables que los taxistas típicos.

Hablamos de muchas cosas, pero nada importante. La verdad, yo lo que quería era llegar a Doral para ingerir bebidas alcohólicas con mis panas.

Cuando llegamos, no lo querían dejar entrar a los predios del hotel (no quiero decir que fue por racismo, pero así lo sentí). Tuve que hablar y explicar que él solo me iba a dejar.

Entramos. Me bajé frente a uno de los hoteles más lujosos que he visto en mi vida. Me sentí mal por andar en pantalones cortos y una camisa de la película Jaws. Noe me gritó desde el carro que regresara. Pensé que se me había olvidado algo. “Solo te quería decir que eres una buena persona”, me dijo. Sonreí. Nunca me había dicho eso.

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