Por: Ileana M. Ayala Fontánez


El sonido insoportable de un viejo ponchador marcó el fin de mi experiencia como facilitadora de servicios en un albergue para mujeres víctimas de violencia doméstica. Estuve 120 días interactuando con todo tipo de mujer: blancas, negras, caribeñas, estadounidenses, casadas, solteras, madres, heterosexuales, bisexuales, profesionales y analfabetas. Aunque los agresores eran diferentes había una similitud, todos tenían el mismo sentido de pertenencia hacia ellas. Como mismo tenían los golpes, así mismo tenían las flores y el poder de convencimiento al decir “no lo volveré a hacer”, convirtiendo así el dolor en un ciclo.

La violencia no es un secreto, en la mayoría de los casos todo un círculo familiar conocía del patrón de maltrato, pero tal vez la impotencia o la indiferencia provocaban una limitación en la ayuda hacia la víctima.  Algunas tenían el plan de escape diseñado con meses de antelación, pero una amenaza de muerte era la perfecta carta bajo la manga para hacer desaparecer cualquier idea de abandono.

Era la inmunidad a la cantidad de golpes dados y el poco o ningún miedo a la muerte lo que finalmente las llenaba de valor para llegar a nuestras puertas. Habían mujeres que ingresaban y al siguiente día huían de los servicios como si también nosotras fueramos su agresor. Otras optaban por quedarse más tiempo y en su primer episodio de crisis tiraban todo por la borda. Por su parte, las que decidían terminar el proceso de albergue se marchaban recuperadas con la certeza de saber que para una recuperación total se necesita amor propio y destruir el sentimiento de culpa, el cual de una manera inconsciente busca justficar todo lo acontecido.

Trabajar con víctimas de violencia doméstica me hizo cuestionarme las luchas feministas, y es aquí donde me veo de cara a llamarme “mala feminista”. Me pregunto a diario si estamos haciendo lo correcto, si al emprender una lucha impactamos una portada de periódico por lo controversial de marchar sin sostén o si realmente impactamos a la mujer que decimos defender. No creo que el feminismo este mal definido, pero creo que está abstractamente practicado.

El arte lo podemos visualizar como un ente abstracto, pero el feminismo no es arte, es causa. Y las causas deben entenderse universalmente para que la lucha, aunque se ejecute de forma diferente, al final del día sea paralela a las necesidades que tenemos como sociedad. No es tan solo que levantemos la voz en la calle un 8 de marzo, es que provoquemos  acción los restantes 364 días del año.

En cada lugar en la que hagamos presencia como mujeres y hombres feministas, tenemos que problematizar la persistencia de una cultura que nos somete al patriarcado.  Hay que deconstruir los conceptos erróneos a los que estamos expuestos, ya sea en nuestra casa, en nuestro trabajo o al frente de ese tío machista, que le perdonamos todo, porque es tío. Soy “mala feminista” y prefiero llamarme así para tener que mejorar mi lucha hasta ver estadísticas en 0%.