Por Josué Montijo


En noches calurosas recurro a la táctica de contar para dormirme. No importa que los mosquitos se ensañen conmigo, cual escuadrón de la fuerza área japonesa, a mí me funciona. Comienzo el conteo y rápido alcanzo una concentración a prueba de balas.

Habrá quien diga que lo mío es masoquismo y que salgo mejor embadurnándome de algún repelente. Buen punto, pero es que no soporto el olor de esos productos y ni hablar de sentir la piel pegajosa.

Cuento para dormirme, evitar mayores enojos y sortear ciertas changuerías.

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No cuento ovejas, lo común al uso, ni tampoco amantes saltando a las vías del tren, como sugiere Nacho Vegas en una de sus canciones. Cuento vacas. Enormes, pesadas, macizas vacas. Esas son las mías.

No tengo una razón particular. Quizás tal elección se deba a mis apetitos carnívoros o esté ligada a mi fascinación por aquellas tirillas cómicas de Gary Larson, tituladas The Far Side, en las que las vacas tenían gran protagonismo. Será alguna de esas, u otra que ahora no me viene a la mente, pero cuando el calor aprieta y el sudor aparece en la escena comienzo el inventario de vacas.

A las vacas que cuento las pongo a brincar una cerca de algunos seis o siete pies de altura. Parecerá poca distancia pero para ellas es un reto enorme. Consideremos que son pichoncitos que rondan las mil seiscientas libras. Mis vacas son chubbies.

Primero hacen una fila. Algunas ocasiones las enumero para identificarlas y en otras las distingo por sus colores. Depende de mi ánimo. Una vez organizadas comienza el espectáculo.

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Hay vacas que asumen el reto con gran profesionalidad, como si brincar en la vida fuera lo de ellas. Miran la cerca, hacen sus cálculos mentales y se zumban. A veces se toman más espacio del concedido para ganar impulso. No las penalizo, su peso es una desventaja en cualquier liga.

Por otro lado, están las vacas que aparentan incapacidad para lograrlo y me sorprenden. Cualquiera se queda estupefacto viéndolas desplazarse con movimientos “improbables” en la aerodinámica vacuna. Ya al otro lado de la cerca ni me miran, saben que me han impresionado lo suficiente. Esas vacas no buscan la aprobación de nadie, son una mole de autoconfianza. Las felicito.

Las hay que intentan el brinco y fallan la primera vez. A esas no las traiciona la voluntad ni la capacidad física sino un ligero fallo técnico de último segundo. No las molesto. Es evidente el esfuerzo invertido y el propósito de enmienda. Lo notas en la mirada, en el lenguaje que emana de su volumen cárnico. A esas les llamo cariñosamente las vacas Culson.

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Tal si fuera un drama humano, están las vacas llamadas al desastre. Las hay, cómo no. Son las perdedoras innatas. Apenas doy una miradita a la fila de participantes y ahí están, deslumbrando como si tuvieran un biombo rojo encima. Da escalofríos el terror en sus miradas. Algunas disimulan pero el gesto se queda en mero intento. Y ahí es cuando mi estrategia para dormirme se torna más interesante.

Cuando estas destinada a recibir del universo eso que llaman el churreo cósmico no hay escapatoria. Ninguna vaca puede quitarse de la fila. No existe esa opción. Si el destino te marcó con el fierro caliente del desastre pues ahí le vamos, a saltar igual. Y lo hacen.

Las caídas estrepitosas son de antología. Intento no burlarme pero realmente las ganas son más fuertes que yo. Estoy mal, lo sé. Entonces me duermo y me quedo con la gran satisfacción de soñar plácidamente.