12 de junio de 2018


Hace 14 meses una panita y yo janguiamos con Anthony Bourdain en Santurce, como invitados de su programa ‘Parts Unknown’.

El tipo fue bien a fuego. Pero, aunque suene más clichoso que cualquier post que uno haya visto al respecto, eso de que “caras vemos, corazones no sabemos” es bastante cierto. La muerte, el suicidio, la depresión… hablar de eso es tedioso y badtripea.

Intentémoslo.

Robin Williams. Muerto de la risa to’ el tiempo. Y al final muerto sin risa, cuidao’ si hasta muerto por su responsabilidad de producir risa. Así por el estilo va la cosa cuando de suicidio se trata con personas que aparentan estar felices… como Bourdain.

Que si “lo tenía todo”, que si “viajaba el mundo, su trabajo era el mejor”, que si “no puede ser, él vino de abajo y lo logró. ¿Cómo le pudo pasar eso por la mente?”.

Ahora… ¿quién realmente sabía qué pasaba por la mente de Bourdain? Es más, ¿quién realmente sabe lo que hay en la mente de cualquiera?

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Cuando ‘janguiamos’ con Bourdain, al sol ya le quedaba poco, pero todavía daba en la cara chévere. Era un día bonito, como esos antes de María. Aún con una Junta de Control Fiscal exprimiendo ya lo que quedaba de la china borincana, no se sentía la penumbra de ahora. No se palpaba tanto ese: “qué jodidos estamos, carajo”. Todavía no.

Esa tarde, el arte en las paredes de las dos calles Cerra, sus edificios -que definen el urbanismo capitalino del siglo XX-, todo lo que allí había, hablaba más que nunca. Quizás era la lucidez que uno mismo intenta imponerse cuando se da cuenta que va a tener un jangueo con una figura como Bourdain, que, vamos, sí, de antemano se sabe que iba a ser con él y con la periodista Laura Moscoso, panita de cora hace años luz, pero también con millones de personas gracias a la clichosa magia de la televisión.

Debo dejar algo claro. Cuando me contactaron, no entendía mucho lo que estaba pasando hasta unas semanas antes de la filmación. Me llamó un pana de hace tiempo, José ‘Primo’ Abreu, productor local de decenas de programas de cadenas internacionales. Yo sabía que Bourdain era un chef de los famositos, pero pensé que venía a Puerto Rico a payasear, ya saben, por eso del I live where you vacation. No veo mucha tele y ya con tantos años en los medios, a CNN no lo toco mucho a menos que sea algo sobre Puerto Rico o tenga algún pana trabajando ahí. Incurrí en algo que llamo ignolencia o insorancia: la insolencia a la que te lleva la ignorancia, hobby #normaL de muchos.

No sabía que era un tipo que en la pantalla de televisión le dio voces a muchos que no las tenían, al punto que eso se convirtió en un megaproducto. Un buen tipo, no-nonsense, opuesto a las injusticias que se ven en distintos escenarios de la política internacional, un tipo bacano, un tipo bien, pero que quizás tampoco esperaba el éxito que se ganó.

Mantuvo una vara muy alta con sus producciones, tanto en contenido como estética, para una de las principales competidoras del negocio de la noticia. Al fin y al cabo, él era un producto.

Mis amistades me decían lo duro que era el tipo. Yo, sin querer queriendo lo había descartado como “otro tipo de otro programa de allá afuera que viene aquí a joder”. “Mientras menos sepa mejor”, me dijo Primo que le decían los productores de Zero Point Zero, casa productora de Bourdain. Claro, existe Netflix, existe YouTube. Digerí dos episodios de Parts Unknown. Fue suficiente.

No era simplemente otro chef de la tele que venía a Borinquen a catar alcapurrias. No quise saber más, y qué bueno, ahora entiendo que era mejor no saber bien quién era Tony.

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Llegamos a la cita en Esqina Watusi a la hora acordada con la producción. Bourdain llegó como dos horas después, porque andaba por Ciales bebiendo pitorro, jaltándose de comida típica y dialogando con una maestra sobre la precaria situación de la educación pública en Puerto Rico. Caminamos desde el Spot Las Palmas por la calle Ernesto Cerra pa’ arriba, doblamos por la calle Puerto Arturo, seguimos hacia la calle Monserrate y ahí viramos a la izquierda hasta llegar a la calle Elisa Cerra, donde volvimos a doblar a la izquierda rumbo a la Esquina Watusi.

Mientras caminábamos, intentaba explicarle dónde estábamos, lo que ha sido Santurce, lo que era, lo que es, lo que muchos se creen que es, lo que muchos otros quieren que sea.

“Me dicen que esto es como que un mini-distrito de arte, ¿huh?”, me dijo durante la caminata, tal y como dicta la pieza audiovisual. “Tengan cuidado, porque primero llegan los hipsters, y detrás de ellos los Starbucks. Es un peligro, lo vi en Brooklyn”, agregó, comentario que se fue con la edición.

Tras una carcajada en estéreo, le insistí que aunque Santurce no se escapa de las tendencias mundiales de la gentrificación, hay ciudadanos que defienden su comunidad y artistas conscientes que juntan esfuerzos en pro de eso. Claro, los ricos llegan y se quedan con to’, concluimos de alguna forma, pero sin esas palabras exactas. “Pasa en todos lados”, recuerdo que dijo.

Durante esa caminata, que duró como unos 15 minutos, hablamos del estatus colonial de Puerto Rico, debatimos cómo se insertan las resistencias armadas en los procesos de liberación de los pueblos, miramos la independencia como salida socioeconómica para Puerto Rico y me dijo que se inclina más hacia el autosustento en las comunidades sobre la burocracia gubernamental.

Llegamos al Watusi y allí nos esperaba Laura Moscoso. La conversación fluyó. Mencionamos el episodio de Jamaica, cuando Tony abordó el tema de los desplazamientos de los pobres en lugares turísticos a favor de esa industria, y lo comparamos brevemente con Puerto Rico. Hablamos de la deuda de miles de millones que oprime a Puerto Rico. Durante los meses anteriores, Laura y yo habíamos cubierto los desenvolvimientos de la Junta de Control Fiscal, yo en ese momento para el diario digital Diálogo, y ella mucho más a fondo en el Centro de Periodismo Investigativo (CPI). Bourdain preguntaba sobre todo eso.

Algo más que debo mencionar. Gracias a Primo, entré en contacto directo en algunos asuntos de producción y terminé de “consultor” (“consultant”) de este episodio. Entre lo logrado estuvo que Bourdain fuera a Playuela y que saliera alguito de la lucha estudiantil de la IUPI, aunque fuesen par de cruzacalles.

Paréntesis: los que han trabajado en producciones así saben que la brega se puede poner complicada porque, al fin y al cabo, aunque los locales de la producción local o uno como consultant ofrezcan tal o cual ángulo, estos programas, repito, son productos audiovisuales, artículos de consumo mediático, y, por ende, ya llegan con sus visiones de cómo debe estéticamente correr la cosa. Por ejemplo, a mí me querían poner a comer cuajito en Villa Palmeras y yo no quería, porqué, carajo, yo soy de la Playa de Vega Baja, lo que quería era que vieran eran las necesidades del barrio Los Naranjos o que Tony comiera alcapurrias de las que hace mi vieja o que se bebiera un mojito de parcha en La Curvita. Intenté vender spots como El Refugio, el Boricua y el Vidy’s en Río Piedras, dónde he invertido muchas horas de mi vida, pero no lo compraron. Se tranzó por el Watu, porqué, coño, el sitio está bonito. Otra cosa, hay figuras como Bourdain, que, a pesar de su compromiso para darles voz a quienes no la tienen, son muchas veces víctimas de la adulación, aunque de eso hablaremos ya mismo.

Aquella conversación para la cámara con Bourdain duró como una hora. Fluyó muy bien, igual que los whiskies con coco del Watu. Lo que se presentó fue un buen compendio de lo que allí se habló, restando quizás el momento en que hablamos sobre cómo el creía que sería el desenlace de la Presidencia de Donald Trump, quien en aquel momento, a tres meses de haber juramentado, parecía loco por buscarse un tiro de alguno de los múltiples sectores que ofendía, o, al menos, ser acusado de algún chanchullo en ruta a una salida deshonrosa, a lo Nixon. En general, creo que tanto Laura como yo coincidimos en que el tipo fue tremendo entrevistador y estaba informado de todo tema que preguntaba. Además, se le agradece que haya venido a Puerto Rico a hablar de la crisis antes de María y que al salir el episodio como estaba pautado antes del huracán, en noviembre, lo promocionara en los medios con cariño particular, urgiendo al público a cooperar con la reconstrucción de Puerto Rico.

Ahora bien, cuando se acaba la filmación, Tony se quedó hablando con nosotros al menos otra hora y quizás con más candidez que durante la filmación.

“Ya me cansé del whiskey-coco, vamos a pedir cervezas”, dijo. Laura y yo nos miramos y reímos. Le cacheteamos un par de garets y siguió la tertulia. Su crew de producción lo rodeó. Todos querían fotos con Tony.

De hecho, uno ve los posts en las redes o lee tal o cual cosa y parecería que los mejores amigos de Bourdain viven todos en Puerto Rico, aunque es algo que me parece normal y que seguramente sucede en todos los lugares que visitó. Esto me causó algo de fobia social, fue medio pesado escribir la columna. Es que es un luto que quizás pueda empalagar. Es más, hasta pensé que si Bourdain se entera que al menos fueron 4645 los muertos por María, pediría que se enfocaran mejor en ese luto, porque si él hubiese venido pa’ Pueltorro seguramente buscaba darle voz a estos, que ya no pueden hablar.

Ya es normal que el efecto post-mortem de una figura tan inmensa sean estos tsunamis de reacciones en las redes sociales, algunas más fantasiosas que otras. Y aunque Tony nunca se negó a cualquier foto, yo me di cuenta ahora, luego de la tragedia, que su rostro en casi todas las imágenes con fans es más o menos el mismo. Lleva un amague de sonrisa que quizás dice mucho más. Un académico smirk, como dirían los anglosajones, que ni muestra felicidad ni mucha otra cosa que no sea lo necesario para complacer a un fan.

“Estábamos hablando de que con ustedes dos es con los que más ha janguiado. Se nota como que bien relax, bien chillin”, me dijo alguien de su crew. Yo no entendía. Realmente, nunca lo adulamos, más allá del selfie obligatorio. Uno como que se prepara pa’ estas cosas, para ir relax, y eso incluyó minimizar la información del individuo para que fluyera la plática. Pero ahora sé. Bourdain nunca tenía break de dejar de trabajar porque, quiéralo o no, tenía un personaje que cumplir. Lo consideran un justiciero en muchas formas, alguien que siempre buscó relatar las historias de quienes no pasan ese filtro del mainstream lindo de los medios. Pero eso debe haberlo drenado, al punto de quitarse la vida.

El autor junto a la periodista Laura Moscoso, del Centro de Periodismo Investigativo, al centro, y el productor local de Parts Unknown, José Abreu.
El autor junto a la periodista Laura Moscoso, del Centro de Periodismo Investigativo, al centro, y el productor local de Parts Unknown, José Abreu.

En estos días, y mirando lo que pasó con Harvey Weinstein y la ahora esposa de Tony, me tienta comprar las teorías de conspiración, que en el Internet se tirán a diez por chavos a ver cual pega. Respiro y hago como Benito: picheo y enrolo otra vez. La muerte es algo muy serio para despacharlo cual novela de Tom Clancy.

Supe hace poco que Bourdain tenía un pasado con opioides. Que luchó con el alcohol, con las pepas, con muchos demonios internos. El que conoce a uno, conoce a uno. Pero mejor mira a tu alrededor, escoge a alguna persona cercana que haya sufrido estas batallas. Hay más de uno – eso si no eres tú, persona que me lees – la que sufre de esto. Pichar como lo hizo Tony B es quizás lo más fácil, ante tanto mote fácil para mofarse de lo que sientas – desde ‘exageraciones’ hasta ‘changuerías’ – expresar cualquier badtrip cada vez parece costar más.

Mucho respeto para la memoria de Anthony Bourdain, para su proceso, el de antes y el de ahora. Mucho respeto para todos los que se mantienen fuertes en sus respectivas luchas personales. No es fácil esa brega. Ahí es que verdaderamente ubican las partes oscuras de cada cuál.